Roma republicana: La amenaza gala

A principios del siglo IV a.C., una grave amenaza ponía en peligro la supervivencia tanto de etruscos como de romanos. A lo largo de los siglos anteriores, habían llegado en sucesivas oleadas desde los Alpes grupos de guerreros semibárbaros que habían acabado por establecerse en el valle del río Po y ocupar los asentamientos etruscos al norte de los Apeninos. Eran los celtas, o galos, como les llamaron los romanos.

Haciendo honor a su tradición seminómada, en el año 390 a.C. las tribus galas comandadas por Brenno descendieron hasta Etruria, saqueando a su paso pueblos y ciudades, hasta penetrar en el Lacio e invadir la misma Roma, no sin antes haber derrotado a su ejército en el río Alia (un afluente del Tíber). Del fervor y la violencia gala solo se libró el Capitolio, la alta y fortificada parte de la ciudad, que fue asediada durante dos meses.

En este asedio a Roma, la toma del Capitolio se vio frustrada gracias a las famosas ocas sagradas de Juno. Al parecer, el azar había propiciado que los galos descubriesen un pasaje secreto que conducía directamente desde el templo de Carmenta hasta la colina del Capitolio. Una avanzadilla se introdujo en él, recorriéndolo a gatas para eludir la vigilancia de los vigías romanos y conseguir penetrar en el emplazamiento fortificado. Pero no contaron con las labores de vigilancia de unos guardas inesperados: las ocas sagradas de Juno. Al ver a los galos, las ocas empezaron a graznar ruidosamente, llegando incluso a despertar al ex cónsul Marco Manlio (famoso precisamente por su sueño profundo), que pudo así organizar rápidamente la resistencia y rechazar a los galos.

Sin embargo, la Galia Cisalpina (es decir, los territorios galos al norte de la península Itálica) siguió siendo durante mucho tiempo un territorio extraño para los romanos. El primer tratado de alianza se firmó en 331 a.C., aunque las tribus galas de las Marcas y de Emilia solo se convirtieron en socii de Roma en el siglo III a.C. Dos siglos después (concretamente, en 59-52 a.C.) fue Julio César quien consiguió conquistar toda la Galia Transalpina (cuyas fronteras, a grandes rasgos, eran los Pirineos por el oeste y el Rin por el este), y quien extendió a los galos la ciudadanía romana. César recogió todas sus experiencias en las batallas contra los galos en “De bello gallico”.

De entre los grandes personajes galos destaca Vercingetórix, el caudillo que consiguió unir a la mayoría de las tribus galas para enfrentarse al invasor romano. Utilizando la táctica de “tierra quemada" consiguió algunos éxitos iniciales, aunque su mayor triunfo lo logró en la batalla de Gergovia (junio de 52 a.C.). Sin embargo, cuatro meses después fue vencido en Alesia. Tras ser encarcelado, murió ejecutado seis años más tarde.
