Roma republicana: Comercio de esclavos

El comercio fue sin duda el motor que llevó a la Antigua Roma al esplendor imperial, y los esclavos jugaron un doble papel en esta iniciativa económica. Por una parte, el comercio era próspero gracias al trabajo duro y gratuito de estos sirvientes. Por otra, los propios esclavos eran objeto de transacciones económicas y propiciaban la búsqueda de nuevas rutas comerciales.
Los romanos trazaron una serie de itinerarios por el Mediterráneo con la finalidad de adquirir siervos, aunque el comercio con otros pueblos dejó pronto de ser la principal fuente de esclavos para la sociedad romana. A partir de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C., en que se enfrentan Roma y Cartago), los botines de guerra romanos incluyeron una multitud de esclavos.

Efectivamente, la expansión de Roma por el Mediterráneo trajo consigo hordas de prisioneros de guerra que se vendían en subasta y acababan convertidos en esclavos, es decir, hombres, mujeres y niños sin libertad que podían ser golpeados, maltratados e incluso asesinados por su patrón. Cualquier familia de clase media tenía de uno a dos esclavos en casa. Se cree que a finales del siglo I a.C. en la Italia romana los esclavos llegaron a ser el 35% de la población total.
En este contexto, los mercados de esclavos eran todo un espectáculo. No solo los particulares pujaban por ellos. También el estado buscaba siervos en estas subastas. Los elegidos por el estado eran afortunados, pues los servi publici no tenían un trabajo tan duro como los esclavos privados (se encargaban del cuidado de edificios públicos o ejercían de sirvientes de magistrados y sacerdotes), ni estaban tan expuestos a un patrón.

Unos y otros debían someterse a la humillante escena de la venta en el mercado. Dichas operaciones estaban reguladas por edictos que trataban de proteger a los compradores contra los fraudes. Entre otras cosas, estos edictos emitidos por ediles exigían que el vendedor de esclavos declarara si este había intentado acabar con su vida en algún momento, qué enfermedades había sufrido, cuál era su lugar de origen, si era novato o tenía experiencia (se valoraba mejor a los novatos, al considerar que tendrían menos vicios adquiridos), o qué defectos físicos tenía (el comprador podía exigir que la persona en venta se desnudara). Estas informaciones se resumían en un cartel que el esclavo o esclava debía llevar colgado del cuello cuando le tocaba el turno de subir a la tarima para exhibirse.
Una vez cerrado el trato, se documentaba la compra-venta y el esclavo pasaba a ser propiedad de su nuevo patrón, quien tenía la potestad de decidir sobre su vida y sobre la de sus hijos, y que era asimismo el único que podía concederle la manumisión, es decir, otorgarle la libertad.
