Roma monárquica: Otros pueblos itálicos

En el período neolítico, Italia estuvo habitada por poblaciones pre-arias. Fueron las grandes migraciones de los pueblos indoeuropeos que tuvieron lugar a partir del II milenio a.C. y en los siglos sucesivos las que redefinieron el mapa étnico de la península Itálica. En el momento de la fundación de Roma, en el norte de Italia se encontraban los lígures (aunque más hacia el noroeste, en un territorio que se extiende hasta parte de la actual Francia meridional) y los vénetos (más hacia el noreste). Provenientes seguramente de Iliria, los vénetos habían llegado en torno al año 1000 a.C., y desarrollaron una floreciente cultura llamada “atestina”, de Ateste, su principal población.
En el centro de la península, en los territorios que corresponden aproximadamente a la actual Toscana, había surgido la civilización etrusca, la más potente y avanzada de Italia en aquella época. La región de los Apeninos, al este de Etruria y desde Umbría hasta Calabria, estaba ocupada por un mosaico de pueblos itálicos, que se componía de una gran variedad de poblaciones de origen indoeuropeo (umbros, oscos, picenos, sabinos, samnitas, lucanos, brucios, daunios, lapigios), fuertemente divididas entre sí desde el punto de vista político, aunque unidas por vínculos religiosos, y que con el tiempo irían delimitando sus propias zonas de influencia.

Uno de los grupos más importantes fue el de los samnitas, que habitaron en el Samnio (en las zonas interiores de la Campania, en la Italia central), pues aprovecharon los contactos con etruscos y griegos para desarrollar una civilización más evolucionada que la de otras etnias vecinas. Más adelante, en el siglo IV a.C. se levantaron en armas contra el poder emergente de la ciudad de Roma, aunque sin éxito.
Otro grupo étnico relevante fue el de los latinos, del que surgiría la futura potencia de Roma. Situados en el sur del Tíber, los latinos estaban divididos en pequeñas comunidades llamadas “populi”, que se integraban en una liga político-religiosa, la Liga Latina, y compartían una lengua común. En el siglo X a.C. su centro más importante era Alba Longa, ciudad de la que, según la leyenda, era originario Rómulo, el fundador de Roma.

A este mosaico de poblaciones que habitaban la península Itálica habría que sumar los italiotas, las poblaciones griegas que se habían establecido a partir del siglo VIII a.C. en el sur, donde fundaron las colonias de la Magna Grecia. Esta región se convertiría en el centro neurálgico del tráfico y de intercambios comerciales, y estaba destinada a ejercer una gran influencia sobre la cultura de los pueblos con los que entraron en contacto.
