El Mediterráneo en el siglo VI a.C.

Durante el siglo VI a.C. la cultura romana no es la única floreciente en el Mediterráneo. Atenas, Tiro o Babilonia, por ejemplo, se erigen como otros importantes centros de poder político-cultural, comercial y militar, respectivamente. En la Atenas arcaica sobresale la obra de un grandísimo personaje, Solón, que entre 594 a.C. y 593 a.C. fue el artífice de una reforma legislativa que se puede considerar el primer paso hacia una constitución democrática.

A partir de su intervención en la vida política de su ciudad, que produjo un empuje de fundamental importancia hacia la estructuración de la polis, la situación ateniense, con Solón, cambió radicalmente. Su proyecto fue estímulo, conciencia y razón de una clase dirigente en transformación, de una sociedad cuyos problemas sociales, políticos y religiosos eran fuente de tensiones y conflictos. Sin lugar a dudas uno de los aspectos más revolucionarios de la reforma de Solón fue la promulgación de una legislación que, por primera vez en la historia de las polis, fue puesta por escrito.

Por su parte, en las costas del actual Líbano empezó a despuntar el predominio comercial del pueblo fenicio, que abocado al mar empezó a establecer vínculos mercantiles con los distintos reinos del Mediterráneo. Las primeras colonias fenicias que se establecieron en Occidente partieron de Tiro, una ciudad que soportó asedios y dominios políticos sin apenas cambiar su tradición respecto al comercio marítimo.
Entre las primeras colonias fenicias destacan Gades (Cádiz), fundada ya hacia el año 1100 a.C., o Lixus (Larache), en la costa atlántica del actual Marruecos. En el año 814 a.C. los fenicios fundan Cartago (un importantísimo enclave que, más adelante, hará sombra a la propia Roma), y a partir de aquí se van estableciendo nuevas colonias en el sur de la península Ibérica y por todo el norte de África, con lo que, ya en el siglo VI a.C., consiguieron un predominio comercial sobre las regiones del sur del Mediterráneo.

En la baja Mesopotamia, sobre las ruinas del Imperio asirio, resurge la potencia de Babilonia, que alcanza la cima de su esplendor durante el reinado de Nabucodonosor II (630-562 a.C.), el soberano más importante de la dinastía neo-babilonia. Nabucodonosor sube al trono en el año 605 a.C., tras la muerte de su padre Nabopolasar y pasará a la historia por haber sometido al reino de Judea, destruir el templo de Jerusalén y deportar a los hebreos a Babilonia. Su actividad en el ámbito de la política interior se encaminó a la reestructuración del reino, pavimentando las carreteras, reconstruyendo los templos y adornando Babilonia con lujosas obras urbanísticas y arquitectónicas, como la famosa torre de Babel, un zigurat con una altura de 90 metros, o los famosos Jardines Colgantes, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.
