Winston Churchill

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El último león del Imperio Británico

Winston Churchill fue un militar, estadista y escritor británico, especialmente recordado por su mandato como primer ministro (1940-1945) durante la Segunda Guerra Mundial.

Winston Churchill  Winston Churchill.

Winston Leonard Spencer Churchill, nació en el palacio de Blenheim, el 30 de noviembre de 1874; por aquel entonces propiedad de su abuelo, séptimo duque de Marlborough. Su padre Lord Randolph Churchill era un aristócrata cultivado y de brillante trayectoria parlamentaria, mientras que su madre Jenny Jerome, fina y educadísima, era hija de un magnate de las finanzas norteamericanas.

A pesar de estos buenos auspicios, la infancia y primera juventud del futuro estadista fueron accidentadas. Como su vida académica no había sido precisamente destacada, se dedicó a la milicia y viajó alternativamente a Cuba, India Británica y Suráfrica donde, si no brilló como soldado, hizo méritos como corresponsal de guerra.

Palacio de Blenheim
Palacio de Blenheim, donde residieron los ancestros de Wiston Churchill

Puesto que su actuación en Suráfrica tuvo ribetes heroicos -aprehendido en acción militar, se fugó un mes después espectacularmente-, Churchill pudo volver a Inglaterra para dedicarse a la política y ganó un puesto en el Parlamento; sin embargo divergencias con sus antiguos copartidarios, los conservadores, lo llevaron a protagonizar una escena picaresca, al pasarse repentinamente al Partido Liberal, en cuyas filas hizo rápidamente carrera y, a los treinta y un años, fue nombrado ministro del Interior, cargo desde el cual tuvo que afrontar numerosas dificultades. Desde 1911, como comprendiera que la Primera Guerra Mundial era inminente, se dedicó a trabajar por el rearme inglés; y por su meritoria e insólita predicción fue premiado con el cargo de ministro de la Marina, pero infortunadamente cayó al poco tiempo por la destrucción de una flota británica.

Repetidos fracasos y el alejamiento de ambos partidos tradicionales lo llevaron al borde del ostracismo; pero, al advertir la amenaza nazi, volvió a la palestra, denunció violentamente la conciliación con Hitler, y los acontecimientos le dieron la razón. En 1940, fue nombrado premier y, como tal, dirigió a su país durante la Segunda Guerra Mundial, lo cual le valió la inmortalidad.

Terminada la conflagración, junto con los estadistas norteamericanos, planteó la estrategia de la llamada «guerra fría». Admirado por todos, se retiró de la política en 1955. No obstante, continuó escribiendo, fumando, bebiendo y, ante todo, comiendo con exuberancia hasta el día de su muerte, el 24 de enero de 1965.

Influencia del ambiente en su formación

Churchill a los 7 años Churchill a los 7 años.

Winston Churchill no hizo su carrera. La recibió de herencia, con la naturalidad pedante y amanerada de los aristócratas, cosa lógica, por cierto; más si se tiene en cuenta que su padre, Leonard Spencer Churchill, era un hombre extraordinariamente rico, de sangre azul y de notables dotes políticas, y que, a la vez, su madre, introvertida y mujer de gran temperamento, era hija de un financista norteamericano, quien, a falta de apellidos ilustres, tenía una muy respetable cuenta corriente. El ambiente familiar, pues, creó las condiciones para que con el devenir de la madurez Winston se convirtiera en un gran hombre de Estado.
 
Como estudiante
 
La inteligencia, empero, no se hereda. El encantador niño, ¡horror!, lo destruía todo; no aprendía nada y, en fin, en suma no era realmente nada simpático. En los primeros dos colegios en donde estuvo, Ascot y Harrow, de cuerpo mas no de alma, Churchill sólo acumuló azotes, gritos y recriminaciones. De Ascot, después de todo, tuvo que retirarse. Del otro instituto, Harrow, salió peor librado pues, aparte de los golpes, adquirió un título equivalente al «más tonto de los tontos».
 
Finalmente, cuando se tuvo que matricular en otro centro, Sandhurst, donde a fuerza de constancia llegó a lo mediocre, ya toda su familia se había acostumbrado a la idea de que Winston se dedicaría a algún ejercicio aristocrático que no exigiera casi inteligencia, ya fuera el ejército o el whisky. Y, no se trata de ningún secreto, en realidad se dedicó a ambos.
 
Como militar
 
Si bien nunca fue un militar destacado, ni se preocupó por serlo, estuvo como aventurero en Cuba, India y Suráfrica, llevando a las filas sentido común, buen humor y estupenda extravagancia, tres virtudes que en política lo llevarían a la cima.
 
Fue en este período cuando Churchill inició su carrera en las letras, faceta ésta de su personalidad que quizá no se ha relevado en todo su valor. Era un cronista magnífico que, con insoportable suficiencia, señalaba los defectos y debilidades del ejército imperial inglés. Esto, sumado a su reconocida audacia, le dio una aureola de heroísmo muy útil para sus propósitos. Por lo tanto, como militar, Churchill era buen periodista.
 
Pasó al Partido Liberal apenas inició su carrera política
 
Después de su vida militar en India y Cuba, Churchill pasó a Suráfrica, de donde retornó a Inglaterra convertido en una especie de héroe, y fue elegido por el Partido Conservador para ir al Parlamento. No transcurrió mucho tiempo antes de que en una de sus veleidades típicas, se pasara al Partido Liberal.

Es muy difícil explicar esta maniobra, hecha a plena luz del día. En todo caso, hay que admitir que Churchill era un prestidigitador genial. El pretexto fue el tema del librecambismo y las reformas sociales -Churchill se ponía tanto de parte de uno como de otro-, pero, en perspectiva, resulta tremendamente falso, puesto que nuestro hombre abandonaría años más tarde esas buenas causas. Es posible que haya querido ir con la corriente, considerando que, de quedarse en la caverna conservadora, perdería todos sus votos.
 
Era buen orador

Winston Churchill

Muy favorables a sus designios eran sus notables dotes oratorias. Empero no hay que imaginarse a Churchill como un dechado de elocuencia, al menos en el sentido tradicional. Su pronunciación dificultosa de las eses, o seseo, lo molestaba en todas sus intervenciones. Era apenas medianamente fogoso y, como sus fracasos académicos le habían creado un complejo, aderezaba los discursos con citas latinas traídas de los cabellos, produciendo un efecto divertidísimo y nada brillante. Sin embargo, compensaba estas flaquezas con una agresividad verbal incomparable, con la preparación de verdaderas piezas oratorias muy bien pulidas y con un poderosísimo carisma.
 
Su atractivo

Aún hoy, es difícil contemplar una foto de Churchill sin sonreírse, porque en cada una siempre se ve la imagen de un gordito afable, con una inolvidable expresión de hombre que está en paz con su estómago y su conciencia, a lo cual sumaba Churchill su sentido del humor realmente poco común.
 
A más de esto, Churchill era un excéntrico de pésimo gusto. La gente se reía a sus anchas cuando lo veía en traje de pintor, tocado con una inmensa boina de cuadros o un sombrero semitejano. Los soldados subordinados a él se abismaban al saber que enjabonaba su descomunal panza en una tina, mientras a pocos pasos ellos se batían a muerte. Había algo más que valor o exhibicionismo en todo esto, un toque demencial o grotesco que, como no era fingido, lo hacía indefectiblemente simpático.
 
Fue puritano
 
En el sentido moral, Churchill era un individuo chapado a la antigua, con todo lo bueno y lo malo que esto implica. Por ejemplo, se opuso al sufragio femenino, por lo cual fue golpeado, arañado y hasta azotado por mujeres con mentalidad un poco más moderna. Sea lo que fuere, Churchill fue famoso por su extremada discreción en los asuntos personales, y parece haberse comprobado que jamás engañó a su mujer -con la que fue feliz- de obra, palabra o pensamiento. Impoluto y muy estricto, pues odiaba incluso los chistes un poquitín subidos de tono, sufrió mucho al tratar a Roosevelt, quien condimentaba los temas más serios con anécdotas picantes y hasta escabrosas.
 
Otra suerte corrieron sus hijos y nietos, pues éstos carecían del discreto conservatismo de gran señor que caracterizaba a Sir Winston. Por ejemplo, su hija Sarah, aparecía cada tanto en las páginas de la prensa amarilla londinense. Motivo: ebriedad.

Winston Churchill

Predijo la I Guerra Mundial

Ante todo, Winston Churchill era un gran pragmático. Por eso, si para acumular votos, objetivo más realista que ningún otro, predicó la mutilación del presupuesto de guerra entre otras muchas reformas sociales, cuando empezó a darse cuenta del rearme europeo decidió que Inglaterra debía, también, preocuparse del abastecimiento de su ejército y, así mismo, comprendió que, inevitablemente, y por raro que pudiera parecer en vista del antagonismo histórico de las dos potencias, el aliado continental de Gran Bretaña sería Francia. Y no sólo captó el quid del asunto -¡del cual había comenzado a hablar en 1900!-, sino que supo adelantarse a la «forma» que asumiría la conflagración mundial. Según Churchill, Inglaterra estaría a salvo al contar con una marina poderosa, predominaría la guerra de trincheras, la guerra sería larga y costosa, y la utilización de un carro de combate podría ser decisiva. La visión extraordinaria de este hombre sirvió mucho a su país, que entró a pelear completamente preparado y pertrechado.
 
Los tremendos fracasos que casi acaban con su carrera política

Se ha querido condenar o justificar a Churchill por el llamado «descalabro de los Dardanelos» lo cual, traducido a buen romance, quiere decir la virtual destrucción de una flota punitiva enviada por el entonces ministro del Almirantazgo, ¡a manos nada menos que de los turcos!, derrota ésta que dejó muy maltrecho el orgullo británico en 1915.
 
Si bien buena parte del fracaso se debió a negligencias administrativas e ineptitud de la oficialidad, lo cierto es que toda la maniobra estuvo planeada con poca prudencia. Churchill fue fulminantemente destituido y, al poco tiempo, hacía las veces de coronel y se fue haciendo famoso como excéntrico; un excéntrico venido a menos, claro está.

Su actividad ministerial después de la I Guerra Mundial

«Las desgracias no vienen solas», decía otro gran inglés; y tenía razón, porque si Churchill terminó siendo perdonado -esto en sí puede considerarse una desgracia- y recuperó su dignidad ministerial, su paso por varios gabinetes no resultó muy airoso.
 
En 1919, accedió al ministerio de Guerra, donde, además de preconizar un recorte del presupuesto para el armamento del que se tendría que arrepentir después, preparó y defendió con monstruosa tenacidad la invasión de catorce naciones a la recién constituida Unión Soviética. Luego pasó al ministerio de Colonias -la intervención en la URSS fue aplastada-, cargo desde el cual perdió a Irlanda del Sur y Egipto. A renglón seguido, propuso una intervención en Turquía, pero su propuesta fue desoída en el Parlamento. A estas alturas ya era tan impopular que perdió su silla en la Cámara. Pese a todo, volvió a la carga en el ministerio de Finanzas, que manejó con magistral y condescendiente estupidez, pues se peleó con todos: con los obreros, con los economistas, incluido el famosísimo Keynes, y no realizó ninguna obra constructiva.
 
Se enfrentó a los nazis
 
Churchill era, a finales de la década del veinte, un proscrito. Los conservadores desconfiaban de él porque se había pasado al partido liberal; los liberales, porque los había abandonado al crear un «partido constitucionalista»: y los constitucionalistas no existían.
 
Así, cuando ya su carrera política parecía liquidada, su rápido viaje por Alemania, en 1932, le dio nuevos alientos. Es verdaderamente conmovedor ver cómo este viejo zorro, acostumbrado a las más oscuras maniobras y nada progresista, se impresionó realmente con los horrores del régimen nacionalsocialista. Y, como siempre, se lanzó con furia y obstinación contra «el enemigo», esta vez «el cabo Hitler», llamando a la nación a que despertara de su letargo político y se preparara para enfrentar el peligro nazi, pero se le respondió con sonrisas de condescendencia.
 
El papel que jugó Churchill durante la II Guerra Mundial

Conferencia de Yalta, 1945
Conferencia de Yalta, febrero de 1954. Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Joseph Stalin en la conferencia que definiría el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría.

Indudablemente, el de una figura de primera categoría. Cuando al fin se hizo claro que los estúpidos acuerdos de Munich firmados por Chamberlain eran perfectamente inútiles, todos los ojos se tornaron hacia Churchill; mas si lo eligieron primer ministro, estaba claro que por cualquier fracaso le torcerían el cuello; empero éste no existió, por lo menos en el sentido político, porque Churchill fue un antinazi combativo como el que más, y sobre esta base ayudó a constituir una alianza mundial capaz de hundir la amenaza fascista. Igualmente, no menos brillante fue su gestión interna; logró unir a Inglaterra como un solo hombre para resistir la agresión dirigiéndola con calma, habilidad y buen humor.

En el aspecto estrictamente militar, es indudable que no se tomaba ninguna decisión -feliz o infortunada- que no fuera sometida a su criterio, pero la conducción efectiva de la guerra estuvo en manos de dos talentosos profesionales, el mariscal Montgomery, inglés, y el general Dwight “lke” Eisenhower, norteamericano, y quien luego fue presidente de los EE.UU.
 
Los triunfos de Churchill como escritor
 
Winston Churchill era un estupendo escritor. Gracias a esto, obtuvo el Premio Nobel de la Literatura, en 1953. Indudablemente, la más conocida de sus obras es las Memorias. En realidad, produjo verdaderos monumentos de literatura histórica. Así, por ejemplo, tenemos la Historia de los pueblos de habla inglesa, de cuatro tomos, alrededor de la cual hay una curiosa anécdota: Churchill la terminó con el asesinato de Lincoln, pero como se había comprometido a «llegar» hasta los acontecimientos más modernos, tuvo, pues, que continuar su trabajo a regañadientes... Igualmente famosa es Marlborough, su vida y su época, uno de sus primeros libros, donde describe las hazañas del duque de Marlborough, antepasado suyo. Churchill producía sus obras por medio del dictado, ingiriendo grandes cantidades de licor ya altas horas de la noche, mientras que sus sufridos secretarios cabeceaban...

Fue un destacado estratega militar

Winston Churchill

Bueno, esto ya hace casi parte de la leyenda; mas como quiera que no, tampoco hay que desanimarse porque Churchill no haya sido, además, el jefe en el campo de batalla; con sus realizaciones políticas en los casi seis años de guerra mundial tenía suficiente para inmortalizarse.
 
Realmente, el estadista contaba con generales sumamente bien preparados, y con unas fuerzas armadas respaldadas por su pueblo y de muy alto nivel combativo. La victoria británica, pues, no debe atribuirse a la genialidad de un hombre. Máxime teniendo en cuenta que cuando se le dio la oportunidad de dirigir una operación, la apertura del segundo frente en Europa, tuvo un rotundo fracaso, pues concentró fuerzas en Italia que no pudieron avanzar sino hasta muy desarrollado el proceso de absoluta descomposición del fascismo. Sobre esto, algunos dicen que ciertas consideraciones políticas turbias enceguecieron la capacidad guerrera del premier inglés, quien además tenía que coordinarse excesivamente con los arrogantes militares norteamericanos, quienes tenían la sartén por el mango, al abastecer a Inglaterra con armas y víveres.

Sus relaciones con los Aliados no eran buenas

A De Gaulle lo despreciaba; en cambio, estimaba a Roosevelt, pero durante el largo período en que éste se ancló en la neutralidad, anduvo sin ningún aliado occidental. En cuanto a Stalin, lo admiraba y repudiaba vivamente a la vez, en perfecta reciprocidad de sentimientos. Verdaderamente, Churchill no pudo menos que sentir admiración por este puñado de grandes políticos que, haciendo a un lado antipatías personales, nacionales y político-ideológicas, fue capaz de aliarse para sacar adelante una causa generosa, aunque se ha querido ver en los distintos acuerdos de los «tres grandes» una especie de banquete de tres cubiertos con el mundo por menú. Mas por idealista que fuere tal interpretación es francamente ingenua. Es obvio que potencias con intereses tan encontrados tenían que ventilar sus diferencias a puerta cerrada. Sobre estas reuniones hay muchas anécdotas, pero todas coinciden en señalar que Churchill y Stalin eran los negociadores más obstinados y combativos mientras que, a menudo, Roosevelt adoptaba un tono conciliador.

Fue, después de la derrota de Alemania, el arquitecto de la «guerra fría»
 
Lo primero que hizo fue empezar a combatir a la URSS, su aliado de ayer, y estrechar en cambio, relaciones con los norteamericanos. Empero, tuvo que sufrir en 1946 aún una derrota humillante a manos de los laboristas, que ha recibido muchas explicaciones; la más lógica es que el país, cansado y devastado, quería un gobierno nuevo, ajeno a los ajetreos militares.

En todo caso, Churchill siguió con exasperante devoción la defensa de su nueva causa: el aislamiento del campo socialista, separado del «mundo libre» por una «cortina de hierro», célebre expresión que él mismo acuñó; la alianza y subordinación de Europa a los EE. UU. y, finalmente, la creación de un sistema paneuropeo, económico y político. Es ésta, a no dudar, tal vez la única de sus últimas orientaciones que perduró.

Referencia:
CONGRAINS, E. (1983). Colosos de la Humanidad. Vida y Obra de políticos y gobernantes. Bogotá, Editorial Forja.