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Diplomacia secreta y espionaje

La ausencia de instancias supranacionales que pudieran mediar entre estados y el fracaso de los intentos por establecer marcos de encuentro entre ellos (como los congresos de paz de Cambrais y Soissons) motivaron que, en el siglo XVIII, la diplomacia se revelara como un elemento clave en la relación entre países europeos. Esta diplomacia, sin embargo, atendía solo a los intereses nacionales, sin mostrar reparos ante el juego sucio. Como había afirmado el diplomático inglés sir Henry Wotton un siglo antes: «Un embajador es un hombre honesto enviado al extranjero para mentir por el bien de su país».

Gabinete de los Despachos
Gabinete de los Despachos. Vista actual del gabinete de los Despachos en los apartamentos interiores del rey, 2012, Versalles, palacios de Versalles y Trianón. Luis XV utilizó esta sala para un propósito personal: pasaba horas examinando cartas e informes de sus agentes secretos que había colocado en diferentes tribunales de toda Europa para estar siempre informado. El Rey escribía instrucciones en esta sala y debido a este tipo de actividad delicada, la sala también se conocía como el asiento alto del "Secret du Roi".

Aun así, la diplomacia en este siglo fue más allá de la simple mentira, pues las cortes europeas crearon o refinaron entonces los departamentos de inteligencia y espionaje. Francia fue el Estado que más empeño puso en la organización de estos servicios secretos. En el siglo anterior, Luis XIII ya había creado un aparato de inteligencia, y su hijo Luis XIV había continuado con la tarea: su principal logro había sido la creación del Grand Chiffre, un código de cifrado para las comunicaciones secretas que se mantendría indescifrable durante más de dos siglos. Pero fue Luis XV quien consagró definitivamente este tipo de actividades: institucionalizó los Cabinets noirs (servicios de interceptación de cartas enviadas por o dirigidas a personas consideradas de interés) y, sobre todo, dividió los canales diplomáticos del país entre los oficiales y los secretos. Su sofisticado departamento de diplomacia secreta fue conocido como el Secret du Roi y actuó al margen de la diplomacia oficial. Contó con los servicios, entre otros, del célebre espía Chevalier d'Eon, también conocido como Mademoiselle Beaumont, que se infiltró en la corte de Isabel I de Rusia haciéndose pasar por una mujer y realizó numerosas tareas de espionaje en toda Europa, a veces como hombre y a veces simulando ser del otro sexo.

Chevalier d'Eon
Ilustración de 1777 del espía francés Chevalier d'Eon­Mademoiselle Beaumont, que pasó los últimos 33 años de su vida en Londres bajo apariencia femenina. Su sexo se convirtió incluso en motivo de apuestas.
A inicios de siglo la mayoría de grandes estados disponía de departamentos de criptología a imitación de los Cabinets noirs franceses. Uno de los más conocidos era la Geheime Kabinettskanzlei austríaca, que interceptaba a diario la correspondencia dirigida a las embajadas en Viena, abría las cartas, las copiaba, colocaba nuevamente los sellos fundidos sobre los sobres y los devolvía al servicio de correos, para que se entregaran a los destinatarios como si nada. Además de suministrar valiosa información al emperador de Austria, el servicio permitió vender noticias a otros estados. En Inglaterra, John Wallis creó la Black Chamber en 1701, y también Alemania y los Países Bajos, entre otros, formaron sus propios servicios secretos. Todos estos procesos serían deplorados durante la Revolución francesa, pero tanto los líderes revolucionarios como Napoleón los utilizarían, y se mantendrían durante buena parte del siglo XIX.
Referencia:
Emse Edapp, S.L. (2016). Edad Moderna II. Siglos XVIII y XIX. Bonalletra Alcompás.