Los tratados de Utrecht

Conocidos también como “Paz de Utrecht”, fueron una serie de acuerdos multilaterales que pusieron fin a la guerra de Sucesión por el trono de España y que provocaron un cambio radical en el mapa europeo, en el que España y Francia fueron los grandes damnificados. El Tratado de Utrecht lo firmaron, el 11 de abril de 1713, los reinos de Francia, Inglaterra, Austria, Portugal, el ducado de Saboya y las Provincias Unidas de los Países Bajos.
Inglaterra fue la gran beneficiada de estos tratados: de España consiguió la isla de Menorca y Gibraltar, ambas ganadas durante la guerra, así como el comercio legal y sin trabas con las Indias españolas; de Francia consiguió los territorios americanos de la bahía de Hudson, Terranova y Acadia, algunas islas de las Antillas, además del llamado “asiento de negros” durante 30 años, un contrato comercial preferente para el tráfico de esclavos que hasta el momento solo tenían Francia y Portugal.

De esta manera, Inglaterra, aunque obtenía pocos territorios, se aseguró el aumento de su poderío naval y los numerosos beneficios que ello comportaba, y acabó con el monopolio español con sus colonias. Austria, por su parte, se comprometió a evacuar las zonas de Cataluña, lo que propició la caída final de Barcelona, e incorporó todas las posesiones españolas en la Europa Central: Milán, Nápoles, Cerdeña y los Países Bajos españoles. Saboya recuperó Saboya y Niza, pérdidas durante la guerra, y se quedó con Sicilia. Portugal, por su parte, recuperó también la colonia de Sacramento (en Uruguay).
Felipe V se vio obligado a renunciar al trono de Francia a cambio de ser reconocido como rey de España y de las Indias, de modo que a partir de ese momento solo contó con la península y los territorios de ultramar. El tratado de Utrecht acabó, pues, con la guerra de Sucesión que había asolado Europa, y con el poder hegemónico de España en Europa y en el mundo.

La incorporación de los Borbones a la corona española propició, con Felipe V, el inicio de importantes reformas sociales, políticas y económicas que modernizaron el Estado. Dichas reformas, inspiradas en el centralismo francés, llevaron de nuevo a España a un absolutismo monárquico, con la consecuente desaparición de las Cortes, de los Concejos y de los privilegios que hasta el momento tenían territorios como Valencia, Aragón, Cataluña y Baleares. No fue hasta las guerras que sacudirían Europa durante el siglo XVIII, que España lograría recuperar su prestigio político, militar y algunos de los territorios perdidos en el Tratado de Utrecht.