Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús

Uno de los ejemplos más significativos de los cambios que se produjeron en la Iglesia católica durante el siglo XVI es la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola. Aunque la Iglesia de Roma optó por una postura defensiva ante lo que consideraba los ataques de los protestantes, también se produjo una respuesta original a las expectativas de cambio de los fieles en el seno de la Iglesia. Así, surgieron voces, como la de los jesuitas, que reclamaban una reforma dentro de la institución y que deseaban poner fin a la ignorancia de buena parte del clero y a los abusos de los obispos.
Ingleses y franceses en América

Todas las mercancías que iban y venían en galeones entre los continentes americano y europeo por la ruta del Caribe suponían un suculento botín para piratas y corsarios. Durante el gobierno de la reina Isabel I (1558-1603), la construcción naval tuvo un importante peso para la economía inglesa. Y los corsarios representaron uno de sus principales clientes. De hecho, la Corona inglesa no cesó de alentar a piratas como Francis Drake y John Hawkins pues, en aquellos tiempos, estos tenían autorización del estado para sustraer las mercancías a naciones enemigas (patente de corso).
Italia y el Renacimiento

En el siglo XV las ciudades estado italianas estuvieron gobernadas por un grupo de clanes familiares que controlaban férreamente el poder en un país dominado por la intriga política, las ansias de riqueza y la corrupción. Bajo el control de los Albizzi, los Medici o los Colonna, entre otros, clanes rivales entre sí y dotados de poderosos ejércitos, las ciudades estado italianas entraron en el Renacimiento.
James Cook llega a Australia
En 1768 la Royal Society (la academia de ciencias británica) decidió organizar una expedición al Pacífico para documentar el tránsito de Venus sobre el Sol desde la isla de Tahití. La expedición la encabezaba James Cook (1728-1779), un prometedor navegante y cartógrafo que había trabajado para la Armada Real inglesa en las colonias americanas. Una vez cumplido el primer objetivo de la misión, la expedición continuó hacia el sur con el propósito de encontrar el continente austral, Terra Australis (la Tierra del Sur), un supuesto continente aludido en textos de filósofos griegos (Aristóteles y Erastótenes), que solía dibujarse en los mapas marítimos desde el siglo XV y cuya existencia también sospechaba la Royal Society.

La administración de las colonias en América

Tras el descubrimiento europeo del continente americano, portugueses y españoles empezaron a colonizar las regiones de América Central y del Sur. Los españoles crearon numerosas colonias de poblamiento que, ya en el siglo XVIII, dieron lugar a una considerable población criolla. Los indígenas, por el contrario, fueron explotados sin miramientos y se boicoteó cualquier iniciativa encaminada a la protección, como la de las “reducciones” de los jesuitas en Paraguay (asentamientos alejados de los centros españoles, y que fueron el resultado de una estrategia de evangelización donde los indígenas vivían de su trabajo de la tierra sin ser sometidos a esclavitud). Las reducciones fueron atacadas con frecuencia porque obstaculizaban los propósitos expansionistas de los europeos, y fueron eliminadas por completo a mediados del siglo XVIII.
La amenaza otomana

Altanero, pero cauto, gran diplomático, aunque ambicioso, Solimán el Magnífico (1494-1566) fue el gobernante del Imperio otomano en su época de mayor gloria. Tras la conquista de Constantinopla (1453), el avance del Imperio otomano amenazaba a la Europa cristiana. Solimán había heredado un imperio próspero, con una gran capacidad militar y con una capital cosmopolita, Estambul, ciudad altamente poblada (cerca de 700.000 personas a finales del siglo XVI) y bastión del islam sunita. Su poderoso puerto, llamado Cuerno de Oro, era un punto estratégico del comercio terrestre, puesto que allí convergían las rutas de los mercaderes orientales que abastecían a gran parte del mundo conocido.
La conquista de las civilizaciones americanas

Tras el encuentro con los europeos, las antiguas civilizaciones de América sufrirían las consecuencias del expolio y la intolerancia cultural y religiosa de los conquistadores. El descubrimiento de América supuso el colapso demográfico de los pueblos nativos, que se vieron diezmados por las brutales condiciones de trabajo impuestas, por las guerras y por las enfermedades epidémicas que llegaron de Europa.
La Constitución de Prusia

Los Tratados de Utrecht no solo tuvieron consecuencias para vencedores y vencidos. También fueron el escenario para que Leopoldo I, gran emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, concediera a Federico I (por haber accedido a ser su aliado contra Francia en la guerra de Sucesión española) la oportunidad de coronarse como rey de Prusia. Este nombramiento, a priori inofensivo, supondría en muy pocos años el enfrentamiento entre las dos dinastías más poderosas del continente, los Habsburgo (Austria) y los Hohenzollern (Prusia) y la transformación total del statu quo centroeuropeo.
La Contrarreforma y el Concilio de Trento

Ante la irrupción de la Reforma y las doctrinas protestantes, los exponentes de la Iglesia católica vieron peligrar el catolicismo en Europa, y entendieron el riesgo que comportaba para la estabilidad política. Por ello, solicitaron un concilio que lo renovase y afianzase. En 1545, el papa Pablo III convocó en Trento, Italia, el decimonoveno concilio ecuménico de la Iglesia católica con el objetivo de reafirmar los principios del catolicismo y sanar la herida que se había creado en el seno de la cristiandad. Este proceso es conocido como la Contrarreforma.
La decadencia del Antiguo Régimen
La denominación "Antiguo Régimen", creada por los revolucionarios franceses de 1789, se refiere al sistema político de las monarquías absolutas que imperó en buena parte de Europa durante la edad moderna hasta el estallido de la revolución, pero también durante esta y después. Concretamente, fue el historiador Alexis de Tocqueville quien la acuñó en su tratado El Antiguo Régimen y la Revolución. Se extendió entre los siglos XV y XVIII por toda Europa, y alcanzó su apogeo con Luis XIV (el Rey Sol) en Francia (1643-1715). En este sistema político absolutista la voluntad del monarca era la ley, no limitada por ningún tipo de control parlamentario o constitucional. El poder real era, pues, mucho más omnívoro y concentrado que el de las monarquías parlamentarias o limitadas existentes en Inglaterra y Holanda, las cuales habían pasado con anterioridad por un proceso de transformación modernizador.
