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Posimpresionismo

“Más allá del arte figurativo”

“La noche estrellada”, 1889. Vincent van Gogh.

En 1886, cuando se celebró la octava y última exposición impresionista, hasta los artistas más representativos del movimiento empezaron a sentir que éste tenía sus limitaciones. El impresionismo había ejercido un enorme impacto, tanto en el aspecto técnico como por su manera de emancipar el arte: dado que la perfección técnica no era necesaria, quedaba abierto el camino a artistas sin preparación formal. Y, el público estaba más preparado para apreciar los méritos de nuevas formas de expresión. Así surgieron varios movimientos muy diversos, pero casi todos ellos se pueden contemplar a la luz del impresionismo o como reacción contra él, por lo que se los suele agrupar bajo el encabezado de «posimpresionismo».

Muchas de las nuevas tendencias artísticas habían empezado a evolucionar hacia 1860, paralelas al impresionismo, pero su impacto no se sintió hasta después de la gran década del impresionismo, 1870-1880. Paul Cézanne (1839-1906), por ejemplo, expuso en la primera exposición impresionista de 1874, pero su obra no tardó en seguir un camino tangencial. Trabajó sin cesar y prácticamente solo en una nueva manera de ver el mundo, descomponiendo sus superficies en zonas planas y buscando la manera de plasmar un objeto en el lienzo como una imagen claramente bidimensional.

“Autorretrato”, 1879. Paul Cézanne.

“Autorretrato”, 1879. Debido a su influencia en el cubismo y la pintura abstracta, a Paul Cézanne se le ha llamado con frecuencia «el padre del arte moderno».

Los últimos años del siglo XIX fueron un período de «ismos», muchos de los cuales han caído en desuso: neoimpresionismo, cloisonismo, sinteticismo, luminismo, etc. Esto se debía a que una gran variedad de artistas de talento -en su mayoría franceses-­ buscaban un sucesor del impresionismo. Hacia finales de siglo resurgió el interés por el mundo de la imaginación, bajo la influencia de poetas franceses como Paul Verlaine (1844-1896) y Arthur Rimbaud (1854-1891), que seguían los pasos de su compatriota Charles Baudelaire (1821-1867). Volvía el romanticismo, con un nuevo rostro y un nuevo nombre: simbolismo.

Verlaine y Rimbaud

«El poeta se convierte en visionario mediante un largo, inmenso y premeditado trastorno de todos los sentidos, de todas las formas de amor, del sufrimiento, de la locura; se busca a sí mismo, agota en sí mismo todos los venenos para dejar sólo la quintaesencia ... el poeta es el auténtico Ladrón del Fuego Divino», escribió Arthur Rimbaud. Él y Paul Verlaine siguieron juntos esta estrategia.

Rimbaud escribió algunas de sus mejores obras a la edad de 15 años. A los 17 fue a París en busca de Verlaine, que ya se había ganado una reputación como poeta. Verlaine, que era un hombre casado, quedó hechizado por Rimbaud y se fugó con él a Londres, y de allí a Bruselas, donde se entregaron a las drogas, el libertinaje y la sobrecarga sensorial, en busca de una sabiduría visionaria.

“Un rincón de la mesa” (1872)

“Un rincón de la mesa” (1872), de Henri Fantin-Latour. A la izquierda aparecen sentados Verlaine (casi calvo) y Rimbaud (con el cabello revuelto).

Su relación terminó cuando Verlaine le pegó un tiro a Rimbaud en la muñeca en una calle de Bruselas, lo que le costó dos años de cárcel. Después de aquello, Verlaine pasó por un período de arrepentimiento, durante el cual escribió algunas de sus mejores poesías. Rimbaud, por su parte, dejó de escribir para iniciar una nueva vida como comerciante en África oriental. Dejó una obra abundante, escrita casi toda antes de cumplir los 20 años.

Vincent van Gogh y Gauguin

Dos de los pintores posimpresionistas más influyentes fueron prácticamente autodidactas. El holandés Vincent van Gogh (1853-1890) probó suerte como marchante de arte en Londres y como misionero entre los mineros belgas antes de dedicar su vida al arte. Animado por su hermano Theo, un marchante con contactos entre los impresionistas y la vanguardia, Van Gogh desarrolló un estilo muy personal, utilizando gruesas capas de pintura.

En 1888 Van Gogh se estableció en Arlés, y Paul Gauguin (1848-1903) fue a vivir con él. Gauguin se marchó tras una violenta pelea, después de la cual Van Gogh se cortó una oreja. Tras pasar una temporada en un sanatorio, la pintura de Van Gogh se volvió más frenética, revelando una gran identificación con las fuerzas turbulentas de la naturaleza. Enfermo, sin dinero y enloquecido, Van Gogh se mató de un tiro en 1890, a los 37 años de edad. Sólo había vendido un cuadro en su vida. Sin embargo, poco después de su muerte, su obra empezó a ser conocida y admirada, y Van Gogh se convirtió en el arquetipo del artista incomprendido, empujado por su arte a los límites de la locura. Su obra ejerció una influencia decisiva en el movimiento expresionista de principios del siglo XX.

“El dormitorio en Arlés” (primera versión), 1888. Vincent van Gogh.

“El dormitorio en Arlés” (primera versión), 1888. Vincent van Gogh vivió en esta modesta habitación de Arlés, donde se trasladó con la intención de fundar una colonia de artistas. Además de pintar los campos de la Provenza, Van Gogh retrató también los objetos cotidianos que le rodeaban.

Gauguin era francés, pero se había criado en Perú. Trabajó en la Bolsa hasta 1883, cuando abandonó el trabajo y la familia para dedicarse a pintar. Una de las principales influencias en sus comienzos fue el pintor Émile Bernard (1868-1941), al que conoció en Bretaña. A Bernard se le atribuye la invención de la técnica del cloisonismo, que descompone las imágenes en zonas de color rodeadas por fuertes contornos, como en las vidrieras de colores.

Gauguin pintaba de memoria, y su obra se fue volviendo cada vez más estilizada y colorista, con connotaciones simbólicas. En la última década de su vida, que pasó en Tahití y otras islas del Pacífico sur, estos elementos se combinaron con un exotismo sensual. Aunque era muy admirado por los simbolistas, murió en la pobreza en las islas Marquesas.

“Arearea”, 1892. Paul Gauguin.

“Arearea” es una obra de Paul Gauguin realizada en 1892, durante su estancia en Tahití. También se conoce informalmente como «El perro rojo». Desde 1961 está el Museo de Orsay de París.

El impacto de la fotografía

«La fotografía es un descubrimiento maravilloso, una ciencia que ha atraído a los más grandes intelectos, un arte que apasiona a las mentes más sagaces... y que puede practicar cualquier imbécil», escribió uno de los pioneros de esta técnica, Nadar (Gaspard-Felix Tournachon, 1820-1910). Hacia 1860 la fotografía estaba ya bien establecida. Casi todo el mundo se hacía retratos fotográficos a bajo precio y adquiría como recuerdo fotografías de paisajes.

La fotografía de guerra comenzó con Roger Fenton (1819-1869) en la guerra de Crimea (1853-56), y continuó con las impresionantes fotografías de la guerra civil norteamericana (1861-65) realizadas por Matthew Brady (1823-1896) y su equipo, que hicieron llegar a los hogares las brutales realidades de la guerra, o al menos de sus consecuencias, ya que aquellas antiguas fotografías precisaban de mucho tiempo de exposición. El equipo fotográfico fue muy voluminoso hasta 1888, cuando George Eastman (1854-1932) inventó la película de celuloide y la primera cámara Kodak.

Secuencias fotográficas de Eadweard Muybridge.

Las secuencias fotográficas de Eadweard Muybridge (1830-1904) revelaron por vez primera los auténticos movimientos de personas y animales e influyeron mucho en artistas como Edgar Degas (1834-1917), que las utilizó para sus pinturas de carreras de caballos.

Rodin

Cuando Auguste Rodin (1840-1917) presentó en el Salón de París de 1877 una estatua de bronce titulada “La Edad del Bronce”, que representaba a un hombre desnudo, los críticos le acusaron de hacer trampas, por haber sacado un molde de un modelo vivo. Las esculturas de Rodin tenían un realismo sin precedentes, un naturalismo que rara vez se había visto en la escultura desde la época clásica.

Sin ayuda de nadie, infundió nueva vida a la escultura francesa, estancada en la ejecución de monumentos públicos históricos y sicofantes. Aunque contó con grandes subvenciones estatales, Rodin fue siempre un artista polémico. La estatua de mármol titulada “El beso” (1886), representa a una pareja besándose apasionadamente; es descaradamente sexual y es, a la vez, clásica y totalmente moderna.

Pero Rodin no era simplemente realista: sus esculturas poseen una poesía elegante y un acabado vigoroso; su costumbre de dejar partes de la estatua sin terminar, a la manera de Miguel Ángel, les confiere, además, la frescura de una obra en progreso. Estos hábiles toques contribuyen a añadirles emoción y dramatismo, como en “Los ciudadanos de Calais” (1894), un retrato de grupo de los seis ciudadanos que se ofrecieron como rehenes a Eduardo III de Inglaterra para poner fin al asedio de su ciudad.

La obra maestra de Rodin iba a ser un par de puertas de bronce titulada “Las puertas del Infierno” (1880-1917), encargado por el Museo de Artes Decorativas de París. Se trataba de un ambicioso proyecto que incluía 186 figuras y que no llegó a terminar, aunque de él salió una de sus esculturas más célebres, El pensador (1904).

Simbolismo

El simbolismo aportó el sabor dominante a la vanguardia durante las dos últimas décadas del siglo XIX. Abarca un conjunto de obras enormemente variado, cuyo elemento común es la reacción contra el realismo: como en la era romántica, el mundo de la imaginación volvía a ocupar el centro de interés; y la manera de expresarlo no era el retrato directo, sino la evocación.

Los iniciadores del movimiento fueron poetas, y en 1886 Jean Moréas (1856-1910) publicó un manifiesto titulado “Le Symbolisme”. Stéphane Mallarmé (1842-98), uno de los principales exponentes del simbolismo, declaró que el objetivo del poeta «no es pintar la cosa, sino el efecto que produce», lo cual se puede aplicar igualmente a la obra de los pintores y compositores simbolistas. La música de Claude Debussy (1862-1916) y la poesía de Charles Baudelaire (1821-1867), Paul Verlaine (1844-1896) y Arthur Rimbaud (1854-1891) contribuyeron a imponer el espíritu, y los efectos producidos varían desde la suave evocación de sensaciones hasta potentes imágenes de misticismo religioso, sensualidad y erotismo.

Los pintores simbolistas utilizaban una enorme variedad de técnicas, antiguas y modernas. El arte de Paul Gauguin (1848-1903) evolucionó a partir de la estilizada técnica conocida como cloisonismo, mientras que Odilon Redon (1840-1916) pintaba imágenes oníricas en tonos suaves y acuosos. En cambio, Gustave Moreau (1826-1898) adoptaba un enfoque mucho más clásico, pintando escenas bíblicas y de la antigüedad ambientadas en nebulosos palacios bizantinos y plasmadas con una primorosa combinación de precisión académica. Pierre Puvis de Chavannes (1824-1898) inventaba escenas del mundo clásico en un estilo naif, y creaba el ambiente onírico con colores muy diluidos. Jean Delville (1867-1953) pintaba imágenes muy pulcras y coloristas de cuerpos contorsionados que sucumbían a bellos demonios. Fernand Khnopff (1858-1921), con su tranquila y prosaica descripción de lo extraño, sugería un febril mundo interior, lleno de tensión sexual reprimida.

“Caricias” (1896), de Fernand Khnopff.

“Caricias” (1896), de Fernand Khnopff, combina la sensualidad y el mito, explorando las mismas zonas de la mente humana que Sigmund Freud investigaba en Viena en la misma época.

El simbolismo fue más una actitud mental que un movimiento, y a él contribuyeron cientos de creadores sumamente individualistas. Sobrevivió como corriente artística hasta 1910.

Los nabíes

En 1888 un joven miembro del efímero movimiento sinteticista de Paul Gauguin, llamado Paul Sérusier (1865-1927) pintó “Paisaje: el bosque del Amor”, una obra prácticamente abstracta que fascinó a un grupo de artistas que la vieron como una especie de presagio del arte del futuro y la rebautizaron como “El talismán”. Esto animó a Sérusier a formar una sociedad secreta de pintores de ideas similares, que se llamó «los nabíes». El grupo incluía a Maurice Denis (1870-1943), uno de los adalides del movimiento simbolista, a Pierre Bonnard (1867-1947) y a Édouard Vuillard (1868-1940).

Su empresa común consistía en investigar maneras de interpretar la realidad tridimensional en una superficie plana, a la manera de Cézanne. Tal como lo explicó Denis, «un cuadro, antes de ser un caballo, un desnudo o un tema anecdótico, es esencialmente una superficie plana cubierta de colores dispuestos en cierto orden». Este concepto prefiguró gran parte del arte de principios del siglo XX. La obra de Sérusier y Denis poseía cualidades místicas y religiosas. Bonnard y Vuillard estaban más interesados en los patrones y aspectos pictóricos, y adoptaron un estilo posimpresionista muy distintivo. Los nabíes expusieron juntos durante la última década del siglo, pero el grupo se dispersó a partir de 1900.

“En la habitación”, (1904). Édouard Vuillard.

“En la habitación”, (1904). Édouard Vuillard demuestra cómo se puede organizar una orgía de colores y patrones hasta transformarla en un armonioso diseño bidimensional.

Puntillismo

Para imitar el efecto de la luz tal como la perciben los ojos, los impresionistas idearon una técnica a base de puntos de color brillante. A partir de 1880, el pintor francés Georges Seurat (1859-1891) sostuvo que esta técnica tenía una base científica y que los impresionistas no la habían llevado suficientemente lejos. Estaba convencido de que, llevando la técnica a su conclusión lógica en el estudio, el impresionismo podría imitar mejor la luz y, lo que es más, adquirir las cualidades monumentales del arte clásico.

Aplicando las teorías sobre el color del químico Eugene Chevreul (1786-1889) y otros autores, Seurat desarrolló una técnica de pintar sólo con colores puros del espectro, organizados en miles de puntitos, que el ojo combinaba al mirarlos a cierta distancia.

“Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte”, (1884-1886). Georges Seurat.

“Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte”, (1884-1886). A Georges Seurat le fascinaba la vida moderna, y en especial las actividades recreativas de la burguesía. Esta pintura, icono del puntillismo, representa una tarde de domingo a orillas del Sena.

Referencia:
STEWART, R. (2002). Ideas que transformaron el mundo. Círculo de Lectores.