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Grecia: Mitos y creencias

 
 


Estatua de Zeus en Olimpia. Escultura crisoelefantina elaborada por el escultor clásico Fidias en el 436 a.C.

La religión griega era politeísta y antropomórfica. La leyenda sitúa en el Monte Olimpo, un macizo montaño­so de casi 3.000 m. ubicado en Te­salia, la residencia de sus dioses. La mitología cubre una extensa colección de relatos que explican el génesis del mundo y detallan la vida de una amplia diversidad de dioses, semidioses, héro­es y criaturas prodigiosas.

 Transmitidos oralmen­te durante siglos, muchos de ellos fueron orde­nados por Hesíodo en su célebre “Teogonía"; otros constan en miles de producciones literarias. Homero es tenido por el padre fundador de esta notable literatura. Sus poemas épicos, "La Ilíada" y "La Odisea", condensan innumerables relatos de la vida de los dioses y su intervención en la historia humana. Las leyendas acerca de la existencia de este poeta son numerosas e in­ciertas. Siete ciudades griegas reclamaron du­rante siglos el honor de haberlo visto mendigar por sus calles. Otras tantas se adjudican haberle visto nacer. La hipótesis más veraz es aquella que -por algunas modalidades de su escritura­- lo sitúa en el Asia Menor hacia el siglo IX a.C. Como tantos escritores de la Antigüedad, su exis­tencia es un verdadero misterio. Incluso se afir­ma que no sólo sus dos obras fundamentales pertenecerían a distintos autores, sino que ellas mismas contienen registros de épocas diversas.

En cualquier caso, es natural que más de cuatrocientos años después de escritos, la trans­misión oral haya deformado y enriquecido los poemas homéricos. Aunque los protagonistas son generalmente identificados como aqueos, a veces son llamados griegos, como a sus dio­ses se les asignan características diversas, así como sus enseres, armas y mobilia­rio de diferentes épocas. Se sabe más de Hesíodo. Según Herodoto, nació hacia el 860 a.C., da­to que apoyaría la hipótesis de contemporaneidad, aunque otros investigadores si­túan su nacimiento alrededor del año 750 a.C. y aun más tarde. El padre de Hesíodo emigró de Cume (Asia Menor) a Ascra (Beocia), donde se supone que nació su hijo. Se trasladó después a Orcomenos, donde murió. Por lo menos, su tum­ba era ubicada en dicho lugar en épocas poste­riores. El historiador Tucídides registra una tra­dición local de Locris, según la cual habría sido asesinado en el templo de Zeus Nemeo por los habitantes del lugar.

 “Hesíodo y la Musa”, por Gustave Moreau. Museo de Orsay, París.

Génesis de la mitología griega

Aunque no fueron contemporáneos, es evidente que participaban de un espíritu común. En su obra "Los trabajos y los días", Hesíodo desarro­lla un completo tratado sobre agricultura, que incluye un calendario, normas de administra­ción y comercio, elección de esposa, navegación y hasta educación de los niños. Su figura asume la estampa de un padre fundador de la vigoro­sa cultura helena. Pero es su "Teogonía" el es­cenario de la génesis del universo griego. Allí describe el nacimiento de los primeros dioses y desarrolla conceptos más cercanos a otras mi­tologías orientales y menos a la impronta común de las deidades helénicas.

Dice Hesíodo: "Ante todo, existió el Caos. Después Gea, la tierra, de ancho pecho. Por úl­timo Eros, el más hermoso entre los seres in­mortales". Y establece que del Caos nacerán Ere­bo, que preside el infierno, y la negra Noche. De los amores de la Noche con Erebo nacerán a su vez el Éter y el Día. También la Noche engendrará a la Suerte y a Thánatos, el espíritu de la muerte; alumbrará a Hipnos, que enloquecerá a los hombres con sus sueños; a Momo, el sarcasmo; a las Hespérides, que cuidan las manza­nas de oro y los árboles que las producen más allá del Océano; también a las Moiras y las Ceres, demonios vengadores que persiguen a los culpables; a Némesis, azote de los hombres, y también al Engaño, la Ternura, la maldecida Ve­jez y, por último, a Eris y la Discordia.
 Gea, por Anselm Feuerbach (1875). Fresco del techo de la Academia de Bellas Artes de Viena.

Gea parió a un ser tan grande como ella: Ura­no, el cielo estrellado, "para que la contuviera por todas partes, y fuera una morada segura y eterna para los bienaventurados dioses". Dio origen a las montañas y los bosques, que habi­taron las Ninfas, y al océano, al que los griegos llamaron Ponto y después Thalassa. Para Hesíodo el espacio contenía en germen todo lo que había de constituir el universo. Gea y Urano eran el origen de la dinastía divina de Ios uránidas. Sus descendientes tendrán la categoría antropomórfica que se atribuye a la mitología griega. De ellos nacerán los titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión y Japeto; sus seis hermanas, las Titnides -Tea, Rea, Temis, Mnemosine, Febe y Tetis- y más tarde, los Cíclopes y los Gigantes de cien brazos y cincuenta cabezas.

La saga de Cronos

El último titán de la dinastía fue Cronos (el Tiem­po). Ya le habían predicho a Urano que uno de sus hijos acabaría con su reino, por lo que aquél procedió a hacerlos desaparecer apenas naci­dos. Dice Hesíodo que Gea, cansada de parir sin gozar de los nacimientos, concibió la idea de cas­trar a su marido. Cuando propuso a los uráni­das sobrevivientes su proyecto, éstos se horro­rizaron y sólo su hijo menor, Cronos, se apuró a aceptar la hoz de acero que su madre le ofre­cía para el sacrificio.

Dice la Teogonía: "El gran Urano llegó seguido de la Noche y, animado de deseo amoroso, se tendió cuan largo era sobre la Tierra. Entonces, su hijo lo cogió con la ma­no izquierda y, blandiendo con la diestra la enor­me hoz, larga y acerada, cortó con rapidez los genitales de su padre". Arrojó al mar estos despojos, pero las agitadas olas del mar los retuvie­ron a flote mucho tiempo, hasta que, transformados en blanca espuma, se acercaron a la playa, dando origen a la hermosa Afrodita, la diosa del amor. Otras obras la hacen hermana de Zeus, pero la "Teogonía" la hace predecesora de todos los dioses olímpicos.


“La castración de Urano”, fresco de Giorgio Vasari y Cristofano Gherardi. 1560. Museo del Palacio Viejo en Florencia, Italia.

Cronos tomó a Rea, su hermana, por esposa, pero repitió el periplo de su padre. Incluso és­te, que no había muerto, le advirtió que un hi­jo suyo lo destronaría. Cronos, entonces, tomó la resolución de comerse a sus hijos apenas Rea los engendraba. Estos hijos serán los principa­les dioses del Olimpo.

Los prodigios de Zeus

El prodigio de su supervivencia se atribuye a Zeus, el menor de los dioses. En un estado de angustia similar al de su madre, Rea decidió pro­teger a su último vástago y le dio a Cronos una piedra envuelta en los ropajes del niño, que és­te engulló sin dudarlo. Entretanto, la madre es­condió a su hijo en la isla de Creta para evitar que se cumpliese el terrible destino. Allí lo con­fió al cuidado de Melisa y Adrastea, las hijas de Meliso, el rey de Creta. Pero su verdadera no­driza fue la cabra Amaltea, un animal fabuloso, de aspecto tan aterrador, que los propios Tita­nes no lo podían mirar.

La leyenda cuenta que, una tarde, Zeus, ya un niño inquieto y vigoroso, saltó sobre ella y le arrancó uno de sus cuernos. Con él agradeció a las hijas del rey por sus cui­dados. Este cuerno, a un simple deseo de su po­seedor se llenaba de todos los bienes de la tie­rra. He aquí el origen del famoso cuerno de la abundancia, símbolo de la fertilidad y abundan­cia. También la piel de la cabra le fue de utili­dad. Como nada podía atravesarla, Zeus se la re­galó a su hija Atenea, diosa de la sabiduría y protectora de Atenas.


Óleo en lienzo de Jacob Jordaens “Infancia de Zeus”. Museo del Louvre, París.

Zeus encabezó la larga batalla contra el rei­no de su padre. Con la ayuda de Gea, los titanes y otros monstruos que ella había engendrado, finalmente lo derrotó. Metis, la hija del Océano, le suministró un brebaje que Zeus le hizo beber a Cronos. Así le provocó el vómito, con lo que volvieron a la vida sus hermanas Hestía, Deméter y Hera, y sus hermanos Hades y Poseidón, con quienes repartirá los tres reinos principa­les: el mar para Poseidón, la tierra de los muer­tos para Hades y el cielo para sí, donde reinará eternamente. Tomó por esposa a su hermana Hera, diosa del amor conyugal, y les entregó a los hombres el cuarto y último reino: la tierra.

Los dioses del Olimpo

Desde allí debe seguirse la genealogía de los hijos de Zeus con diversas mujeres mortales e inmortales: Apolo, dios de la belleza y de la gracia; su hermano Hermes, el bribón más ingenioso del entero Olimpo; Ar­temisa, la recatada virgen cazadora, que recorre los bosques con su cofradía de mujeres; la ya mencionada Pa­las Atenea, que nace íntegra de la cabeza de Zeus; el jovial Dionisos, que regala a los hombres la vid y su sagrado zumo; el belicoso Ares, dios de la gue­rra amado por Afrodita, y también sus hermanas Deméter, diosa de la fecundidad, y Hestía, divi­nidad del fuego y del hogar.

Entre los hijos de Zeus también destacan los héroes y algunas otras criaturas prodigiosas. En­tre los primeros, el más grande es sin duda He­racles. Su madre es Alcmena, esposa de Anfi­trión. Ausente éste con motivo de una guerra lejana, Zeus se presenta ante Alcmena asumien­do el aspecto y los modos de su marido. Ésta no sospecha, y el rey del Olimpo goza en el lecho de su anfitrión de una noche que "hace durar tanto como tres noches ordinarias". Finalmen­te, el hijo de estas noches hizo famoso a su padre formal y puso orgulloso a su padre verdade­ro. Heracles es el héroe por excelencia de mu­chas de las más celebradas páginas de la lite­ratura griega y universal. En la cultura occidental es conocido como Hércules.
 “Hércules y la Hidra”. Antonio Pollaiuolo

El oráculo de Delfos

Los santuarios eran en general sitios de adivinación, en los cuales un oráculo -por lo general a cargo de una sacerdotisa- satisfacía las preguntas de los peregrinos. Olimpia era famosa porque allí, cada cuatro años, se celebraban los juegos que involucraban a centenares de polis. Pero el más famoso era el santuario de Apolo, en Delfos, en el cual el oráculo se expedía tras el examen de vísceras de animales sacrificados y la observación de las llamas del fuego.

El topónimo "Delfos" -nombre de una ciudad griega hoy inexistente- proviene de "Delfinés", que era el nombre del dragón mitológico que reinó en la región, al pie del monte Parnaso, antes de la llegada de Apolo. Éste dio muerte al dragón y se apoderó de su sabiduría, que era infinita. El vínculo entre el dragón, ser mítico de origen asiático, y Apolo sirve a los antropó­logos para rastrear los orígenes orientales del oráculo de Delfos, el mayor centro religioso del mundo helénico. De las rocas del Parnaso brotaban varios manantiales, que formaban distintas fuentes. Entre éstas, la más famosa era la de Castalia, que estaba rodeada de un bosque de laureles en el cual, según la creencia, habitaba Apolo, dios al cual estaba consagrado el culto. El oráculo era consultado antes de tomar grandes decisiones.

La pitonisa era elegida indepen­dientemente de su condición social. Sólo se le exigía llevar una vida virtuosa. Los consultantes tenían con ella una entrevista unos días antes de que se celebrase el oráculo y le exponían sus problemas. La pitonisa descifraba la "respuesta" de Apolo. Si el resultado no concordaba con la interpretación de la pitonisa, el error era de ella, pero nunca del oráculo, en el cual los griegos depositaban una fe absoluta. Por diversas descripciones y testimonios se sabe que la pitonisa estaba sentada en un alto trípode y mascaba hojas de laurel de manera casi permanente, lo cual generaba en ella un estado psicofísico propicio para la exaltación. El historiador Herodoto se refiere a algunas pitonisas y comenta en varias ocasiones que, al responder, Apolo hablaba por su boca y que, por ese motivo, la respuesta era pronunciada en verso. Jenofonte popularizó la respuesta a una de sus consultas: "Si eres humano, piensa en cosas humanas". La pitonisa develaba el oráculo sólo el día siete de cada mes, porque se consideraba que el día siete era el nacimiento de Apolo. Los consultantes eran de todo tipo, desde gente muy pobre hasta reyes. Todos, antes de ver a la pitonisa, celebraban un sacrificio en el altar que se hallaba en la entrada.


Egeo, mítico rey de Atenas, consultando a la Pitonisa –quien está sentada en el trípode de bronce- en el Oráculo de Delfos.

Los grandes mitos

Es difícil establecer el origen de un mito, pero, en general, su forja siempre incluye, entre otros aspectos, el entrecruzamiento de elementos históricos, convertidos en materia épica, y elementos cosmogónicos, mediatizados por creencias religiosas. Los grandes protagonistas de los mitos griegos animan narraciones de acciones memorables, en las cuales, de una manera u otra, existe una intervención divina. Los héroes de estos mitos, que se destacan por su arrojo y temeridad, son capaces de incurrir en el desafío a algún dios, lo que, por lo general, les granjea el apoyo de otro. Pero, si hay un elemento que caracteriza al héroe mitológico griego, es su relación con la muerte. No titubear ante el momento final de la vida es parte de su naturaleza más esencial y, en este sentido, se convierte en un referente modélico.


 

Fuente: Grandes Civilizaciones de la Historia. Editorial Sol 90, Barcelona, 2008.

 
 
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