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Grecia: Sociedad y vida cotidiana

 
 


Ilustración que recrea una jornada de mercado en el Ágora de Atenas en la antigua Grecia
 

Claves de la democracia

Los esclavos eran un sector muy amplio en la sociedad griega. Pero es importante destacar que lo eran en un grado mucho menor al alcanzado en el im­perio romano, quinientos años después. Los esclavos -en su mayoría, prisioneros de guerra- eran un subproducto de las campañas de conquista, y lo cierto es que los griegos no asumieron una ambición imperial y conquistadora sino hasta Ale­jandro Magno. De hecho, la economía de las ciudades griegas de los siglos VII y VI a.C. no requería de la mano de obra es­clava para su reproducción. El uso de esclavos sí era intensivo en las minas de Laurión, que explotaban los atenienses, y en las obras públicas. Pero la propiedad de la tierra y la ciudadanía nunca estuvieron separadas en el devenir de estas socieda­des. La misma polis regulaba que aquella condición no se perdiera.

La pequeña propiedad agraria

La mayoría de la ciudadanía de las polis estaba constituida por un campesino po­seedor efectivo de su tierra. Su autono­mía económica le permitía armarse co­mo hoplita, con su espada de hierro, su escudo, su yelmo y su lanza. Éste fue el prototipo del ciudadano medio que permitió el surgimiento de las democracias griegas. Es posible que este ciudadano tu­viera un esclavo o quizá dos, generalmen­te como criados incorporados a la econo­mía doméstica. Pero aún la clase media de las ciudades parecía no ser muy ostentosa: cinco esclavos declaró poseer Só­crates en el juicio -y uno de ellos ma­numitido-; tener siete asumía Aristóteles, y ambos personajes revestían una alta consideración en la sociedad ateniense. Indudablemente, existía una importan­te capa social de no productores que monopolizaban buena parte del excedente económico de la polis. Terratenientes y comerciantes, fundamentalmente, aunque muchos de éstos, llamados extranje­ros (metecos), estaban por nacimiento privados de la ciudadanía.


El hoplita griego era el defensor de la polis. Este nombre fue dado por su gran escudo redondo llamado hoplon.

Los conflictos por la posesión de la tie­rra y las rebeliones campesinas contra las oligarquías terratenientes fueron nu­merosos. Las distintas ciudades-Estado  griegas resolvieron este conflicto de varias formas. Hubo polis en las que se promulgaron leyes para la redistribución de tierras y la igualdad política; hubo otras, en cambio, en las que los terratenientes impusieron su voluntad sin contempla­ciones. Las primeras derivaron en demo­cracias, como la más grande de ellas: Ate­nas. El ateniense Solón, a principios del siglo VI a.C., logró imponer un programa de amplias reformas económicas, socia­les y políticas que marcaron el futuro de la polis. Allí se suprimió la esclavitud por deudas, que se habían convertido en endémicas en el campo, y quitó la sujeción del campesino al clan, uno de los princi­pales medios de concentración de tierras. También suprimió impuestos abusivos e hipotecas, pero fue con los tiranos que Atenas alcanzó la democracia.

Hacia el 527 a.C., Clístenes, derrotó en una guerra civil a las familias rivales y reimpuso la Constitución de Solón, reformando la es­tructura electoral. Trazó nuevas circuns­cripciones en número de diez y les asignó cincuenta representantes en la "bulé" -asamblea deliberativa- a cada una. De este modo, rompió la estructura de los li­najes ancestrales a los que la vieja cons­titución -la de Dracón- asignaba cien delegados por tribu.

Oligarquía y tiranía

Otras polis persistieron en el manteni­miento de las estructuras oligárquicas y prolongaron este conflicto. Entre ellas, el caso paradigmático fue el de Esparta. Allí, la conquista doria a fines del segundo milenio sometió a vasallaje a la población autóctona. Ya en el siglo VIII a.C., los espartanos se lanzaron a la conquista de to­da la Mesenia, convirtiendo a sus pobla­dores en ilotas (siervos). La sociedad espartana quedó restringida a esta élite invasora que, para poder mantener su dominio, democratizó internamente la distribución de tierras según leyes del legendario Li­curgo, asignando a cada igual el usufruc­to de un campo y de sus servidores ilotas. Dado que la tierra siguió estando en ma­nos de los mesenios y laconios, el régimen se asemejó más al señorío medieval que a la villa esclavista romana.


En la pirámide social de Esparta, los ilotas ocupaban la parte inferior, ya que, eran esclavos públicos que formaban parte de los bienes rurales de los espartiatas. No son estrictamente esclavos-mercancía, sino siervos que pertenecen al Estado.

De lo dicho puede extraerse la conclu­sión de que los tiranos fueron especial­mente benéficos para la tradición políti­ca griega, aunque en muchas ocasiones significaron, el inicio de guerras insensa­tas y la construcción de templos y pala­cios ostentosos. En cualquier caso, la de­mocracia aludida, dejaba fuera a la amplia mayoría de la población. En particular a las mujeres, recluidas en el gineceo.

Situación de la mujer griega

Aunque la literatura -abrumadoramente de procedencia masculina- la mencio­ne poco, parece que al menos la mujer de la polis no pasó excesiva necesidad. Se destaca su afición a las ropas costosas, los elaborados peinados y el intenso maqui­llaje con que buscaba diferenciarse de las esclavas. Hay ciertamente excepciones a esta censura impuesta sobre el género fe­menino. En principio, las prostitutas, aun­que en la mayoría de las ciudades griegas eran extranjeras y se encontraban con distintas formas de sometimiento, muchas conseguían amasar un patrimo­nio propio y no sujeto a la voluntad de un hombre. Por supuesto, muchas esclavas se en­contraban en esta situación y, entonces, su sometimiento se multiplicaba infinitamente. Pero existieron algunas pocas mujeres que suscitaron la admiración co­lectiva y gozaron de ciertas licencias y de una autonomía considerable. Es el caso de las hetairas, que conquistaron un espacio social considerable, acumulando en algunos casos fortuna y posteridad, como lo muestran con holgura las fuentes al re­ferirse a la beocia Friné, modelo de Praxíteles, verdadera identidad de la Afrodita de Cnido que adoraron los feligreses. Incluso algunas dejaron algunos textos y poemas de gran inspiración, como la mis­ma Aspasia de Mileto y Safo de Lesbos.


Autorretrato de Marie Bouliard retratada como Aspasia, 1794. Aspasia aparece en varias obras de la literatura moderna. Su historia de amor con Pericles ha inspirado a muchos poetas y novelistas de los últimos siglos.

La educación (“paidea”)

A pesar de la discriminación que pesaba sobre la mujer helena, la educación de los jóvenes era bastante igualitaria. Sólo en Esparta la educación se encontraba a car­go del Estado y, en este caso, era sobre todo un largo entrenamiento para el combate. Sin embargo, hasta la pubertad, los jue­gos y la actividad gimnástica conducida por preceptores eran comunes a ambos se­xos. Pero, posteriormente, se establecía una división que imponía al muchacho el ingreso en una orden militar masculina con una disciplina muy rigurosa y códigos y rituales muy estrictos. La joven era re­cluida y ya no participaba en las activida­des sociales sino muy escasamente.

Aunque polis como Corinto, Tebas o Atenas no tuvieran un sistema educativo público, el Estado sí se hacía cargo de la instrucción de los hijos de los ciudadanos muertos en combate. Lo común era que las familias tomaran un preceptor que se encargaba de la educación de los jóvenes de ambos sexos y, seguramente, las fami­lias más pobres estarían excluidas de to­da educación. Las asignaturas eran: las letras y la música, así como también la gimnasia, porque el cuidado del cuerpo era una preceptiva fundamental en una cultura que exaltaba la belleza humana.

En Atenas, los filósofos atraían a su alre­dedor un buen número de adeptos, pero, además, solían tomar a su cargo la edu­cación de un joven, previo acuerdo con sus padres, con el que establecían una re­lación muy íntima. En este caso asumían el título de pedagogos, título que se halla­ba regulado por muchas leyes civiles. En Atenas, desde la pubertad los varo­nes accedían al gimnasio, donde desarrollaban distintas disciplinas de entrena­miento competitivo. Sus sesiones eran presenciadas por un numeroso público adulto masculino (las mujeres tenían prohibido el acceso a esta institución), que disfrutaba de las evoluciones de los gimnastas.
 Platón era partidario de una educación impartida al aire libre, en grupos pequeños de jóvenes y en una relación de permanente diálogo.

Más que transmitir conocimientos, el maestro debía formar a los niños en el desarrollo y ejercicio de sus propias facultades intelectuales. El preceptor era más un orientador que un transmisor. Igual énfasis ponía Platón en la formación artística como "modeladora" del espíritu. Acorde con su teoría acerca de la existencia de las ideas como algo anterior a la realidad. Platón afirmaba que una buena educación era la que ayudaba al joven a "rememorar" en su mente las mejores ideas. Por eso el mejor preceptor debía ser un filósofo, conocedor por excelencia del mundo de las ideas.

La vivienda

Al igual que en la ciudad, el conjunto de edificaciones se conformaba entorno al ágora –lugar público donde se reunían los ciudadanos de la polis para debatir y tomar decisiones-, la vivienda de los antiguos griegos se organizaba en torno al espacio abierto de un patio central. Las casas solían ser de adobe, y no de buena calidad, en Grecia se daba más importancia a la vida pública que a la privada. Durante el período helenístico, la pérdida de vigencia del ágora como institución democrática plasmó un nuevo tipo de ciudad y también  de vivienda. El conflicto entre el mundo de la vivienda (la familia) y el del ágora (la sociedad) alimentó grandes tragedias, como “Antígona”, de Sófocles.

 Vivienda griega

Ocio y esparcimiento

Además de las numerosas ceremonias y fiestas públicas en honor de dioses y dio­sas, a los ciudadanos enriquecidos les estaba reservada la participación en banquetes. Estas reuniones privadas, que fueron inmortalizadas por los textos de Platón y Jenofonte, se encontraban animadas no sólo por los manjares y vinos que el anfitrión ofrecía, sino por la participación de bellas hetairas que entretenían con poemas y cantos, de aulétrides que suministraban la música de sus flautas y de efebos que atendían las particulares inclinaciones de algunos comensales.

Las mujeres -las nativas y las li­bres- también se hallaban excluidas de estos encuentros, aunque participaban en forma entusiasta de las ceremonias pú­blicas y de otras muy complejas y exten­sas sólo reservadas a su sexo. Es el caso de algunos cultos dionisíacos y los renom­brados "misterios de Eleusis". En estas fiestas, las mujeres de cualquier edad se recluían lejos de la mirada masculina y gozaban así, durante un breve período, de una libertad desusada que se expresaba a través de multitudinarias reuniones camaraderiles que combinaban comida, bebida y bromas fraternales.

 
Grabado de Deméter y Perséfone celebrando los misterios de Eleusis. Eleusis era una pequeña ciudad agrícola cerca de Atenas. Donde se honraba a Deméter diosa de la agricultura y la fertilidad, y a su hija Perséfone secuestrada por Hades dios del inframundo.

Ciudadanos y esclavos

La esclavitud fue un elemento decisivo en el desarrollo de la Grecia Antigua. Fue considerada por los griegos no solamente como indispensable, sino también como natural: incluso los estoicos o los primeros cristianos no la pusieron en entredicho. Aristóteles fundamentaba filosóficamente su existencia, a partir de que negaba la condición humana del esclavo. No existían actividades para esclavos propiamente dichas: cualquier actividad podía ser realizada por un esclavo, excepto la política. Ésta estaba reservada para el ciudadano. En realidad, para los griegos, la política era la única actividad digna de un ciudadano, mientras que las tareas laborales eran más apropiadas para quienes no lo eran.

El ágora, equivalente de la plaza pública de los actuales centros urbanos, era el escenario emblemático de la democracia de la polis. Allí se debatían los grandes problemas de la ciudad y se tomaban las grandes decisiones. Sin embargo, sólo participaban de dicha institución democrática quienes eran ciudadanos. Los no ciudadanos quedaban excluidos, empezando por los esclavos. Así, es como la famosa democracia griega era, ante todo, un ideal político más que una realidad.

 
Reconstrucción del Ágora, en el centro de la ciudad griega.

El extranjero que se establecía en Atenas –denominado “meteco”- estaba autorizado a ejercer el comercio. En algunos casos, cuando el desarrollo de su actividad comercial así lo exigía, era autorizado a tener esclavos, tal como lo establecía la constitución de Solón. En este caso, sus impuestos eran más elevados.

Tiranía y libertad

Tirano es el nombre que, en las ciudades griegas de la Antigüedad clásica, se daba a quien ocupaba el poder no por elección de los ciudadanos, sino por la fuerza. La época de los tiranos se extendió a lo largo del siglo VI a.C. y duró hasta las Guerras Médicas. Contrariamente a lo que pudiera parecer, los tiranos accedían al poder basándose en el apoyo popular, el del pueblo llano o las capas inferiores del “demos” (“pueblo” en griego), título del que sólo eran merecedores los varones libres, excluyendo a mujeres, esclavos y metecos. La figura del tirano surgió en un momento en el que el poder no estaba en manos de los ciudadanos, sino de la oligarquía o la aristocracia. En Atenas, Pisístrato y sus descendientes, los “pisistrátidas” Hipias e Hiparco, son el ejemplo de estos gobernantes.

Solón el Arconte: Nacido en Atenas en 640 a.C., fue elegido “arconte”, título con que se designaba a los principales magistrados de la polis griega. Al poco tiempo de ocupar este cargo, Solón promulgó una constitución donde dividía a los pobladores de la ciudad en cuatro clases de ciudadanos, según criterios de riqueza personal y no de nacimiento. Con esta disposición Solón logró debilitar el poder de la nobleza surgida alrededor del “basileus” o rey, que era de carácter hereditario. Murió en Chipre en 558 a.C. Las leyes redactadas por Solón constituyeron la base de la democracia ateniense, y en la actualidad, representan uno de los precedentes más prestigiosos de ordenamiento político.


Solón, considerado uno de los siete sabios de Grecia puso coto a las pretensiones oligárquicas y consolidó la figura del ciudadano como elemento decisivo de la actividad política.

La constitución anterior a la de Solón y que éste reformó había sido redactada por Dracón. Los demás sabios a quienes, según la leyenda, debió convencer Solón para que su reforma constitucional fuera aprobada, fueron: Tales de Mileto, Quilón de Esparta, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, Cleóbulo de Lindos, y Periandro de Corinto.

El ejército griego

Un fragmento atribuido a Heráclito afirma: "Debe el pueblo luchar tanto con la nave de guerra como con la ley". Esto significa que el universo griego, distinguido por el desarrollo de la política como rasgo esencial del habitante de la polis, no excluía la guerra, sino que la incluía como parte de la política. Para abonar esta convicción estaban los poemas homéricos, punto de referencia mítico de toda la cultura griega. En estos textos fundacionales la guerra no sólo impregnaba la vida de aqueos y troyanos, sino la de los mismos dioses, que combatían por uno u otro bando y celebraban el culto a los héroes.

A diferencia de Esparta, que era una sociedad totalmente militarizada, la organización ateniense contaba con un cuerpo militar profesionalizado, autónomo de la sociedad civil. Una de las grandes preocupaciones de los atenienses consistía, precisamente, en cómo evitar que la activi­dad política, que debía ser regida por la razón -el famoso "logos"-, no se viese interferida o condicionada por la fuerza de las armas. Bajo el gobierno de Pericles, la democracia permitía la participación de los militares en las decisiones políticas, pero no como profesionales de la guerra, sino como ciudadanos.


"La furia de Aquiles" de Giovanni Battista Tiepolo

El heroico Aquiles apodado “el de los pies ligeros” por su velocidad en la batalla, se convirtió en el héroe por excelencia para los griegos. Figura sin par en la guerra de Troya, arriesga su vida en el combate al mismo tiempo que es capaz de manifestar sentimientos de amor y de amistad. Sólo el dolor por la muerte de su amigo (o primo) Patroclo lo hizo volver al combate.

El puerto

Civilización nacida de un nutrido universo de penínsulas e islas, Grecia le debe al mar buena parte de su extraordinaria existencia y desarrollo. Mercaderes y colonizadores, los griegos fueron expertos marinos y dominaron todos los secretos de la navegación. Sus puertos, diseminados a lo largo del Mediterráneo y el mar Negro, fueron referentes de una colonización exitosa, basada en una prolífica política de intercambio de mercancías, entre las que destacaban las especias y los esclavos. También a los puertos llegaron las artes, pensamientos e inventivas de otras culturas, como el alfabeto fenicio y la escultura egipcia.

Construidas con madera curvada, las naves griegas fueron ganando con el tiempo espacio en sus bodegas y rapidez en los desplazamientos. Es que el comercio ultramarino, base de la colonización, requería de ambos elementos para afianzar su área de influencia. Diversos descubrimientos arqueológicos permiten sostener que los griegos utilizaban barcos de remos con grandes tripulaciones, además de barcos a vela de diferentes diseños y dimensiones, según se tratara de transporte de mercaderías, soldados, colonos o importantes personajes de la alta sociedad.

Siendo de tanta trascendencia en la organización y desarrollo de su sociedad, el mar tuvo un lugar de privilegio entre las creencias míticas de los griegos. De hecho, uno de los dioses más poderosos de su panteón divino era Poseidón, deidad del mar. También adoraron a una multitud de seres acuáticos, como las nereidas, y recrearon en sus expresiones artísticas a diversas criaturas marinas, como caracoles, pulpos y delfines. Por ello, la construcción de la civilización griega es impensable sin la previa conquista del arte de la navegación, lo que les permitió el descubrimiento de tierras y riquezas en una amplia zona de los mares Mediterráneo y Negro. De esta manera, extendieron su influencia hacia el Asia Menor, en el este; las costas sicilianas e, incluso, francesa y española, en el oeste; los extremos del mar Negro, en el norte; y la costa de Libia, en el sur. En todas estas regiones, los griegos fundaron colonias y ciudades-Estado.

Fuente: Grandes Civilizaciones de la Historia. Editorial Sol 90, Barcelona, 2008.

 
 
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