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Egipto: Mitos y creencias

 
 


Akhenatón y su familia adorando al dios Atón durante el período monoteísta del Antiguo Egipto

El mundo religioso de los anti­guos egipcios, por la multitud de creencias que conjugó y su prolongada permanencia en el tiempo, resulta complejo. De carácter po­liteísta, la religión oficial, como todos los credos, pretendía dar respuesta a todos los interrogantes de la vida, en especial el de la muerte. A diferencia de lo que ocu­rría en otras civilizaciones, como, por ejemplo, la griega, la religión egipcia no mostraba desarrollos míticos con rela­ción a los dioses, ya que sus deidades, por exigencia de la propia naturaleza teocrá­tica de la sociedad, tendían a revestir un carácter absoluto e inmodificable. Sí, en cambio, existían mitos referidos a los grandes procesos de la realidad, co­mo, por ejemplo, la creación del mundo.

En este caso particular, los antiguos egipcios otorgaban la primacía al dios Re, también denominado Re-Harakhty o Atum. El mito más difundido le confería la condición de creador del Universo a partir de su emergencia del caos. Tras ha­cer pie en un montículo que sobresalía de las aguas, con el barro mismo había cre­ado otra pareja de dioses -Shu y Tefenet- que, a su vez, habían dado a luz a Geb, dios de la tierra, y a Nut, diosa del cielo. Finalmente, los hijos de Geb y Nut -Osiris, Isis, Seth y Neftis- completaron la creación de los demás seres y elementos que constituyen el mundo. Otros relatos míticos, en su mayoría recogidos por el historiador Plutarco, refieren episodios de tipo dramático, como el del asesinato de Osiris por Seth, la concepción de Horus por su madre Isis, embarazada por el cuerpo difunto de Osiris, y la derrota de­finitiva de Seth a manos de Horus.

El ciclo solar alimentó numerosos re­latos míticos que, en realidad, constituí­an variaciones sobre una serie determi­nada de temas, como, por ejemplo, la sa­lida del sol, su travesía en barco a través de la bóveda celeste, su declinación, co­mo símil del envejecimiento de la vida, y su puesta, como símbolo de la muerte. Algunos mitos entraban en contradicción con otros. Mientras que, en el mito de la creación, Nut es nieta del Sol, en los mi­tos del ciclo solar Nut se convierte en su madre. Al amanecer, el sol salía de su bo­ca y, al atardecer, reingresaba en ella. En algunas variantes, Nut era reemplazada por la diosa Athor, por lo cual el ciclo so­lar revestía el carácter de renacimiento.


Dioses egipcios

Las diversas deidades mantenían una relación particular con cada aspecto de la realidad: por ejemplo, Re se asociaba con el sol; Athor, con las mujeres, y Ptah, con los oficios. Al mismo tiempo, cada dios poseía todo un entramado de atributos que excedía su función específica: por ejemplo, Re también se asociaba con el conjuro de las sequías; Athor, con la cos­mética, y Ptah, con el mercadeo callejero de diversos productos.

En su viaje por la bóveda celeste, el dios solar era acompa­ñado en su barca por una variada tripu­lación de deidades menores, que a menu­do personificaban otros atributos de su propio ser. En algún momento de su de­rrotero, cuando la fuerza del Sol mengua­ba, la barca era arrastrada por una jauría de chacales. Cuando el dios Sol emergía del horizonte, toda la creación se regoci­jaba. Era saludado por innumerables dioses y diosas, en una ceremonia que era presidida por el faraón. Como la huma­nidad era excluida de estos festejos, el fa­raón, por participar de la naturaleza di­vina y humana, oficiaba de intermediario entre los mortales y la divinidad.

Variantes regionales

Los dioses eran organizados de distinta manera en las diferentes regiones de Egip­to. Por lo general, se distribuían por trí­adas integradas por dos deidades mayo­res y una tercera juvenil. La tríada imperante en Tebas estaba constituida por Amón-Re, Mut y Khnos, las divinida­des de los tres santuarios principales de Karnak. Las tres divinidades respondían a un esquema de familia básico -padre, madre e hijo- y a las connotaciones má­gicas del número "tres". En Heliópolis, el dios Sol, cuyo culto fue desplazado por los de Re y Atum, se mantuvo de manera independiente. Se le atribuyeron dos esposas -Iusas y Athor-Nebethepet-, que personificaban elemen­tos sexuales propios del mito de la creación. En Menfis, los cuatro dioses princi­pales -Ptah, Sakhmet, Nefertem y Sokar- variaban en su asociación: los tres prime­ros integraban la tríada, mientras que So­kar, dios de la necrópolis de la ciudad, era asimilado a la figura de Otah.

 Tríada de Tebas

En casi todas las organizaciones del panteón oficial y de los panteones loca­les, las asociaciones de las divinidades so­lían responder a cierto sincretismo. En algunas regiones, Amón-Re era Amón en su aspecto de Re, y éste, en otros lugares, podía ampliarse hasta ser denominado Amón-Re-Atum. Por lo general, en todo el Antiguo Egipto predominaba el culto de Re, ya que respondía a la universali­dad del culto solar. Un caso distinto, por ejemplo, es el caso del dios Osiris, que en Abidos es identificado como Khentamentiu, acoplándose con un dios local de an­tiguo culto perteneciente al Bajo Egipto.

Todos los dioses mencionados, con­siderados deidades mayores, convivían con otras divinidades que sólo eran ob­jeto de culto en determinadas regiones y de manera muy restringida. Era el ca­so de Taweret y Bes, personajes de cul­to hogareño que se asociaban con la concepción de los hijos y el parto. Según di­versos relatos, Taweret era una mezcla de cocodrilo e hipopótamo, con pechos femeninos y un vientre gigantesco. Por su parte, Bes era un enano dotado de una inmensa cabeza, que a menudo era representado con una máscara.

Los dioses mayores

Los egipcios desarrollaron un sistema de creencias, mitos y rituales de gran complejidad, caracterizado por su diversidad y autonomía según los períodos dinásticos y las regiones en las que estaba dividido el imperio. Las primeras deidades tuvieron un carácter puramente local, y correspondían a poblados y grupos tribales independientes. Posteriormente, con la formación de los grandes estados en el norte y en el sur del territorio, las divinidades originarias fueron absorbidas y asociadas a los centros más desarrollados. Sobre estas bases y en un proceso de gradual integración, se fue constituyendo un panteón tan rico como amplio, con una particular presencia de figuras de origen agrario o proporcionadas por la naturaleza.


Representación del faraón Seti I ofrendando a los dioses Osiris, Isis y Horus.

OSIRIS, SEÑOR DE DIOSES: Dios de la resurrección y de la fertilidad del Nilo, presidía el tribunal que juzgaba a los muertos y determinaba el futuro del difunto. Su hermano Seth lo asesinó, cortando y esparciendo su cuerpo por todo Egipto. Isis recuperó todos los miembros menos el viril, pero con su magia le dio vida y quedó embarazada. Nació entonces Horus, quien vengó a su padre desterrando a Seth al desierto.

ISIS: Diosa de la maternidad y del nacimiento, su nomina­ción egipcia era Ast -"trono"-, siendo Isis un nombre de procedencia griega. Con la XVIII Dinastía, se impuso su representación más común: sentada y, por ser hija de Re, portando en su tocado un disco solar enmarcado por dos cuernos, atributos de la diosa Hathor. Hermana y esposa de Osiris, el templo más importante dedicado a su culto se hallaba en la isla de File. También se la veneró en Gizeh como Señora de las Pirámides.

Gracias a su magia y tras reunir los trozos esparcidos del cuerpo de Osiris, Isis logró revivir el miembro sexual de su esposo y quedó embarazada de él, dando a luz a un hijo, el dios Horus. Isis a pesar de su avanzada edad, siguió alimentando a su hijo Horus hasta que éste llegó a ser rey del imperio. El culto de Isis fue asimilado por los griegos, que en el período helenístico la identificaron con Deméter, y, posteriormente, por los romanos. Se supone que el origen de su culto se remonta a los pueblos de la Mesopotamia.

DIOSES HÍBRIDOS: Entre las numerosas divinidades híbridas se destacó Taweret, un híbrido de hipopótamo y mujer con zarpas de león y cola de cocodrilo. Era una de las diosas más populares, ya que en su función protectora se ocupaba de que la fecundidad y el embarazo llegaran a buen término. Su apariencia grotesca probablemente buscaba alejar a los espíritus malignos.

 Estatuilla de Taweret diosa del parto y la fertilidad

Los grandes mitos

La mitología del Antiguo Egipto se muestra dispersa y fragmentaria y cambia sus versiones según las diversas fuentes y las diferentes regiones del imperio. Más atento al culto de los dioses que a las hazañas que éstos habrían protagonizado, el país del Nilo no presenta un desarrollo épico como los antiguos griegos. Sin embargo, han llegado hasta nosotros algunos ricos y originales mitos. Los más destacados son los concernientes al mito de la creación, numerosos murales y grabados nos hablan de ellos.

EL MITO DE LA CREACIÓN: Como toda cosmogonía, la de Egipto daba una explicación totalizadora de la vida. Sostenía que el mundo había surgido de un conflicto suscitado entre los dioses. Sin que se conozca el porqué del enfrentamiento, Shu, el dios del aire, había tomado a Nut, deidad del cielo, entre sus brazos, separándola de Geb, que estaba a cargo de la tierra. Así quedaron diferenciados el plano superior e inferior, al tiempo que, sobre el cuerpo de Nut, empezó a navegar la barca de Osiris Re.

EL MITO DE OSIRIS: Nut, deidad asociada con la nocturnidad, tuvo dos hijos y dos hijas: respectivamente, Osiris, Seth, Isis y Neftis. Osiris convirtió a Egipto en una gran nación. Seth, envidioso, lo despedazó. Isis, viuda de Osiris, juntó sus restos y lo embalsamó. Así fue como Osiris se convirtió en rey de la tierra de los muertos. Más tarde, Horus, hijo de Osiris e Isis, derrotó a Seth. Los faraones se consideraban descendientes de Horus.

 Tríada de Osorkon II, con Osiris en medio de Isis y Horus (924-909 a.C.).

Los dioses locales

El panteón egipcio contempla divinidades de relevancia local y regional que, en numerosos casos, trascendieron su limitación geográfica inicial para ser consagradas en todo el territorio de Egipto e incluso más allá de sus fronteras. Tal fue el caso de Horus, venerado primero en el Bajo Egipto, y cuya influencia se extendió por todo el Mediterráneo. Algunos dioses locales fueron absorbidos por otros de mayor poder, formándose dioses compuestos en un complejo proceso conocido como sincretismo. De esta manera, varias divinidades menores fueron adoradas en los mismos lugares que los dioses que los asumieron, difundiéndose su culto por todo el país.

HORUS: Era llamado el dios unificador, dios del cielo la luz y la bondad, era hijo de Isis y de Osiris. Después de que el malvado Seth, dios de la oscuridad y del mal, asesinara a Osiris, Horus vengó la muerte de su padre y lo mató. Fue venerado en todo Egipto, solía ser representado como un halcón o como un hombre con cabeza de halcón. Dios celeste y sanador, Horus era respetado como el iniciador de la civilización egipcia e invocado en casos de enfermedad y conflictos legales. Sus principales templos estaban en Edfu y Letópolis.


Vista actual del Templo de Horus

BASTET, BAST O BES: Era la diosa guardiana del hogar y como tal simbolizaba la armonía y la felicidad. Representaba los cálidos rayos del sol y sus efectos benéficos. En su honor se consagraba una gran fiesta popular donde lo común era el canto, la danza y la embriaguez, para que la diosa se mostrara feliz y alagada. Era representada como un gato doméstico, pero cuando estaba enojada adoptaba la forma de una mujer con cabeza de leona.

 Estatuillas de bronce de la diosa Bastet

El culto de los muertos

Al igual que en otras religiones, el tema de la muerte era central. Las regiones inferiores del mundo albergaban el reino de los muertos. También en este capítu­lo existían versiones diversas según las distintas regiones y la preexistencia de cultos anteriores a su incorporación al im­perio. La supervivencia después de la muerte estaba garantizada para el faraón y su familia, pero los demás seres de los estamentos inferiores debían asegurarse la vida de ultratumba por medios mági­cos y a través de numerosos rituales. En efecto, el tránsito al más allá, que se re­alizaba en barca, estaba lleno de acechanzas y peligros, que debían ser conjurados.

Para los sectores más afortunados so­cial y económicamente, la preparación para la existencia de ultratumba formaba parte de prácticamente la totalidad de la vida y se centraba en la construcción y el acondicionamiento de la sepultura de la manera más idónea. El destino feliz pa­ra todo egipcio consistía en lograr iden­tificarse con el mundo de los dioses, en especial con Osiris, y el menos grato, no llegar a ascender a la barca que lo lleva­ba al otro mundo y permanecer dando vueltas en la Tierra, por lo general mero­deando su propia tumba. Según los mi­tos fúnebres, la barca que conducía a los muertos hacia el más allá podía alber­gar miles de muertos -en tiempos de gue­rra, por ejemplo, cuando la mortandad era multitudinaria-, ya que sus dimen­siones eran gigantescas.

Entre el momento de la muerte y la eventual incorporación al mundo del más allá, que algunos papiros describen como "el paseo por los senderos perfectos del poniente", se interponía un juicio, del cual, por supuesto, estaba exento el fa­raón.

En el grabado anterior, se nota como el corazón del difunto era coloca­do en el platillo de una balanza. Como contrapeso, en el otro platillo se situa­ba Maat, que encarnaba la rectitud y el orden. Maat era representado de diver­sas maneras: como un jeroglífico, una pluma de avestruz o la figura de una dio­sa -la diosa Maat- con una pluma en la cabeza sujeta con una cinta. El pesaje, que se llevaba a cabo en presencia de Osiris y cuarenta y dos jueces, era presidido por Thoth, dios de la sabiduría y la jus­ticia. Cuando los platillos se equilibraban en un mismo nivel, el muerto era re­cibido por el dios Osiris. Cuando este equilibrio no se terminaba de establecer, el difunto tenía la oportunidad de efectuar su descargo acerca de cómo se ha­bía comportado en vida. En to­das las representaciones del juicio hay un monstruo de na­turaleza femenina que es denominado "Devorador de los muertos" y que se encargaba de engullir a quienes no supera­ban la prueba. La aniquilación del fallecido era vista como una segunda muerte.

En los libros funerarios, es­tos muertos eran registrados con todo tipo de condenas, por­que simbolizaban una amena­za constante para los vivos. Para atenuar todas estas graves contingen­cias, los enterramientos eran acompa­ñados con un gran acopio de bienes ma­teriales, desde alimentos hasta piezas de orfebrería. En consecuencia, los más ri­cos tenían más chances de ser reci­bidos por Osiris que el resto de los mortales. Algunos egipcios de fortuna construían en sus tumbas grandes estatuas, para que el alma las habitase mientras durase el juicio y, de este modo, evitasen tener que merodear hasta obtener la sentencia favorable.

La mis­ma momia, envuelta con sumo cuida­do y protegida por numerosos amule­tos, servía para proteger al difunto de cualquier eventualidad en su tránsi­to hacia el más allá. El mantenimien­to del cuerpo, debidamente embal­samado y sepultado, ayudaba al mantenimiento del alma en el otro mundo. En todas las sepul­turas se han encontrado nume­rosas figurillas conocidas co­mo “shawabty”. Eran estatuillas pequeñas, capaces de realizar todos los es­fuerzos necesarios, inclu­so físicos, en función de ayudar al muerto a seguir normalmente su derrotero de ul­tratumba, rumbo a los brazos de Osi­ris. Estos shawabty debían sacrificar su "vida" para aliviar la segunda muer­te del difunto, que siempre se asociaba con el peligro y el sufrimiento.

Libro de los Muertos

El Libro de los Muertos es una obra formada por un conjunto de sortilegios o fórmulas mágicas que, en el ritual religioso del Antiguo Egipto, ayudaban al alma -Ka- del difunto en su tránsito hacia el más allá, a fin de que superase el juicio de Osiris y alcanzase con éxito la vida eterna en el mundo ultraterrenal. Su aparición data del Imperio Nuevo, pero sus orígenes se remon­tan a los Textos de las Pirámides del Imperio Antiguo y a los Textos de los Sarcófagos del Imperio Medio. El Libro de los Muertos contiene textos funerarios de todas las épocas del país del Nilo. Sólo se conocen 192 capítulos pero su extensión es muy desigual y no existe un solo papiro que los comprenda a todos. La extensión de los papiros variaba según el poder adquisitivo de cada difunto. Una vez que se fue popularizando, las versiones más económicas eran realizadas “en serie” por los templos y luego rellenadas con el nombre del comprador.

Eran denominadas “confesiones negativas” a las declaraciones de inocencia que alegaba el alma del difunto en defensa de su acceso al más allá. Estas creencias revelan que la muerte era también vista como un acontecimiento moral. Osiris era el dios que presidía el tribunal que juzgaba el alma del difunto, porque al morir, el alma debía superar un juicio. La “balanza” decidía su suerte, en uno de los platillos era puesto el corazón del difunto. El alma –Ka- del difunto era llevado a bordo de una barca hasta fundirse con el Ka de Osiris.

Ritos de momificación

 
Los canopes eran vasijas especiales para depositar las vísceras –excepto el corazón- que se extraían del cadáver en el momento de la momificación, también iban dentro de la tumba del difunto.

Los antiguos egipcios creían firmemente en la vida del alma en el más allá, que constituía una especie de segunda vida después de la terrenal. Para que este tránsito fuese exitoso, era fundamental que el cuerpo abandonado por el alma fuese conservado con el máximo de integridad. El proceso de embalsamamiento y momificación del cadáver respondía a esta creencia. Había distintas técnicas en función de las circunstancias que rodeaban a la muerte -natural, en combate, por accidente, por asesinato...- y también en función del poder económico del difunto. Los procesos de embalsamamiento duraban unos setenta días, en cuyo transcurso se llevaban a cabo distintas ceremonias religiosas.

El muerto era enterrado con varios objetos cotidianos, para tener a su alcance las mismas comodidades que las que había gozado en la Tierra. En las tumbas se han hallado hasta maquetas de viviendas y de todo tipo de elementos de mobiliario. En casi todas las tumbas se encuentran pares de sandalias, destinadas a facilitar el desplazamiento del difunto hasta el trono donde se encuentra el dios receptor. También barcas en miniatura, con igual función.

La fisonomía de los ataúdes y sarcófagos fue modificada a lo largo de la historia del imperio, aunque mantuvo sus dos formas básicas: la rectangular y la antropomorfa. Esta última era una ampliación natural de las primitivas máscaras que cubrían la parte superior del difunto y se fabricaban de madera o piedra y, en el caso de los reyes, de oro.

La tumba de Tutankhamón

El 4 de noviembre de 1922, el investigador británico Howard Carter, en su recorrido por el Valle de los Reyes, realizó un hallazgo que conmovió a la arqueología: la tumba del legendario faraón Tutankhamón. Por la cantidad y el valor de los objetos encontrados, el hecho constituyó uno de los grandes hitos de la egiptología. Miembro de la XVIII Dinastía, Tutankhamón gobernó desde 1333 hasta 1323 a.C. Su nombre, que significa "imagen viva de Amón", se asocia con grandes acontecimientos religiosos, como la supresión del culto al dios Atón y su reemplazo por el de Amón. Fue un paso decisivo en la consolidación de la unidad, siempre conflictiva, entre el Alto y el Bajo Egipto.

La tumba es un  pequeño hipogeo de 108.83 m2, que ya había sufrido varios intentos fallidos de saqueo. Su altura máxima es de 3.68 m. y su anchura máxima de 7.86 m. comprende seis secciones: escalera, pasillo, antecámara, cámara funeraria, sala del tesoro y anexo. En 1922, tras diez años de búsqueda, Howard Carter, encontró esta tumba y tardó más de seis años en extraer todas las maravillas que atesoraba. El 6 de marzo de 1924 entró a la cámara funeraria y halló cuatro sarcófagos, en uno de ellos la momia de Tutankhamón.

EL VALLE DE LOS REYES: El faraón Thutmosis I, de la XVIII Dinastía, fue el primero en ordenar la construcción de su hipogeo en el Valle de los Reyes para evitar los expolios. En el valle, destino final de los gobernantes del Imperio Nuevo, se han localizado 62 tumbas, la última fue la de Tutankhamón. El valle que se halla en la orilla occidental del Nilo, cerca de Tebas, alberga tumbas reales y privadas.


Vista actual del Valle de los Reyes

La ciudad de los muertos

El valle de Gizeh es una inmensa necrópolis situada en la orilla occidental del río Nilo. Alberga las tres pirámides más destacadas del Egipto faraónico: la de Kheops, la de Kefrén y la de Micerino. Cada pirámide forma parte de un complejo mortuorio, en el que a excepción de la Gran Esfinge, escultura existente en la de Kefrén, se repiten los mismos elementos. Además, en el valle están el Gran Templo, la llamada “Ruta de Procesión”, la mastaba del dignatario, el templo funerario propiamente dicho y una pirámide secundaria.


Complejo funerario de Gizeh

Templos funerarios

Existieron en Egipto tres formas de construcción de los templos funerarios:

MASTABA: Las primeras tumbas de los nobles egipcios eran cámaras funerarias subterráneas, sobre las cuales se construía una capilla de una sola planta destinada a las ofrendas y a los rituales religiosos.

PIRÁMIDE: Surgió de la superposición de distintos pisos en las mastabas. La pirámide de Dashur, una de las más antiguas, atestigua los problemas iniciales para dar con la forma piramidal definitiva.

HIPOGEO: Fue la respuesta de los faraones tebanos al saqueo de los tesoros que guardaban las pirámides. La cámara funeraria y la capilla eran escondidas en cuevas cavadas bajo tierra o en la roca viva.

Fuente: Grandes Civilizaciones de la Historia. Editorial Sol 90.

 
 
 
 
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