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El Derecho a la Vida

 
 

El Derecho a la Vida

La Declaración Universal de Derechos Humanos, en su artículo tercero, proclama que todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona. Se parte de la base que todos los seres humanos nacen libres e iguales y no es lícito excluir a nadie. El significado más evidente de la proclamación del Derecho a la vida, es el derecho de cada uno a no verse privado de ella por la voluntad arbitraria de otros o de los poderes establecidos.

La historia ha mostrado que distintas instancias del poder se han atribuido la facultad de decidir sobre el derecho de sus súbditos a seguir viviendo. La existencia ininterrumpida de guerras, de tiranías y de agresiones confirma que la proclamación del Derecho a la vida no es en vano, puesto que sigue siendo un principio continuamente violado. En ética, el fin no justifica nunca el empleo de medios violentos. Ninguna idea, ninguna causa, justifica el sacrificio de la vida de una persona. Pero el crimen, la agresión y la violencia llegan a cuestionar la validez ética de lo que parece justo.

Esqueletos de las víctimas del genocidio armenio
Esqueletos de las víctimas del genocidio armenio, exterminio de dos millones de personas, por el gobierno de los Jóvenes Turcos en el Imperio otomano, desde 1915 hasta 1923.

El derecho de todo individuo a la vida va seguido de la proclamación del derecho a la libertad y a la seguridad, puesto que son complementarios. El derecho a la seguridad que permite moverse y actuar con libertad sin que la vida peligre por ello. Una vida auténticamente humana no puede verse privada de libertad. Esa libertad es la que dota a la vida de una dignidad especial. La dignidad que obliga a considerar a cada individuo como un fin en sí mismo, y no sólo como un objeto susceptible de manipulación por otros.

La vida de cada persona tiene un valor por sí misma que nadie tiene derecho a revocar. Esto conlleva a condenar como éticamente inadmisible la pena de muerte. Acabar con la vida de otro hombre, por indigna e innoble que sea, es atreverse a juzgarle como no merecedor de la humanidad, privarle definitivamente de la posibilidad de salvarse, considerar que su trayectoria vital está irremediablemente perdida. La dignidad atribuida al ser humano radica precisamente en la flexibilidad de su ser, en su capacidad de ser muchas cosas distintas, en poder escoger su forma de vivir y su especial manera de existir. Esta capacidad es a lo que se llama libertad.

Países que aplican la pena de muerte
Países que aplican la pena de muerte

Se puede entender la vida humana como un proyecto que se llenará de contenidos, los cuales podrán o no estar de acuerdo con las normas morales, pero será un proyecto, en cualquier caso. Cada persona diseña su vida según criterios más o menos éticos. Pero lo que no puede hacer nadie es dejar de tener proyectos, sería como dejar de vivir. Una vida con sentido, bueno o malo -moral o inmoral-, es una vida que trasciende la animalidad y adquiere la condición básica de su identidad como vida humana.

Para que el individuo pueda realizar ese proyecto, lo primero que necesita es tener autonomía, libertad. Pero también necesita unas determinadas condiciones de vida: las condiciones que permiten distinguir la vida de los seres humanos de la vida animal. Esas condiciones no han sido siempre las mismas, ni son las mismas en todas partes. Lo que se entiende en unas sociedades por condiciones de vida humana o «calidad de vida», puede ser diferente de lo que entienden otras sociedades. Las necesidades varían y crecen de acuerdo con el desarrollo general de una cultura. Pero esas variaciones no modifican la tesis esencial: siempre se ha podido distinguir la vida humana de la que no merece ese nombre, aunque la vivan seres humanos.

La Libertad Iluminando al mundo
Todo individuo tiene derecho a la vida, la libertad y la seguridad, sin exclusión de raza, sexo o religión. “La Libertad Iluminando al mundo” o Estatua de la Libertad es el símbolo más emblemático de este pensamiento.

La justicia aspira a que la dignidad sea un bien para todos. Y a lo que aspira toda vida humana es a ser feliz. Para que todos los individuos puedan orientar sus vidas hacia ese fin que es la felicidad conviene que haya justicia, que estén mínimamente garantizadas la libertad y la igualdad de todos. Cuando un individuo no puede siquiera satisfacer sus necesidades básicas, carece de la condición fundamental e imprescindible para la felicidad. La vida que no es puramente vegetativa o animal tiene otras exigencias, y son esas exigencias las contenidas en el Derecho a la vida.

Si se pudiera determinar científicamente qué es el ser humano y qué necesita, sabríamos con certeza qué debemos hacer para tener una vida digna. No sólo no nos ponemos de acuerdo sobre ese ser del hombre, sino que, a medida que ha avanzado el pensamiento y ha progresado moralmente, saberlo es cada vez más difícil. Los griegos limitaron la finalidad del ser humano a la de ser un excelente ciudadano. El pensamiento cristiano hizo depender el ser humano de la voluntad divina. En cambio, la modernidad proclama, por encima de todo, la individualidad de la persona: el individuo es un ser fundamentalmente libre, con derecho a elegir su propia vida.

calidad de vida
Ni siquiera es posible fijar cuáles son las necesidades fundamentales de la vida humana, puesto que también las necesidades crecen, cambian y se sofistican.

Son las desigualdades y las diferencias las que ponen de manifiesto que unas formas de vida son materialmente más dignas que otras. Cuando se habla de “calidad de vida” se entiende que el desarrollo económico y tecnológico no siempre implica un desarrollo humano. El medio ambiente se ve deteriorado, los bosques desaparecen, el agua no es pura, el aire es irrespirable, la vida urbana es caótica y ruidosa, el campo no es un meandro de tranquilidad, podemos comer de todo, pero no sabemos qué comemos; se pide calidad porque ya se tienen demasiadas cosas y se exige ahora, que sean buenas. Se exige calidad en los productos y en los servicios públicos o privados.

Gracias a la técnica, la vida humana es ahora más larga, se envejece con más lentitud y se vive mucho más. Por eso se apoya la idea de una vida de calidad que sirva de freno a lo que, en realidad, nos perjudica. La generalización que precisan las leyes científicas choca con la individualidad que convierte a cada vida humana en algo propio y cualificable subjetivamente. Por eso la defensa de una vida digna y de calidad, debe ir unida a la máxima libertad para decidir, si se da el caso, sobre el fin de la misma. Dejarlo en manos de Dios, o de la técnica, puede parecer la inhibición de una capacidad específicamente humana.