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Aztecas: Historia

 
 

Los señores del valle

Mapa aztecas mayas
Expansión del Imperio azteca a finales del siglo XV

Mesoamérica fue en tiempos pre hispánicos un foco de desarrollo y florecimiento de importantes culturas. De hecho, de su seno derivaría una de las más grandes civilizaciones de la historia: la azteca.

Olmecas, primera cultura mexicana, zapotecas, cultura contemporánea a la anterior, y toltecas y mixtecas se fueron sucediendo y desplazando al tiempo que dejaban las huellas de su paso por el valle de México. Su arquitectura, su lengua, su artesanía y sus extraordinarios centros urbanos, como Teotihuacán y Tula, fueron una clara expresión de sus rasgos más significativos. Sobre este rico conglomerado cultural forjado en apenas dos siglos, los tenochcas, más conocidos como aztecas, tras superar una primera etapa signada por las migraciones y el nomadismo, llegaron a constituirse como los “Señores del Valle” y ejercieron desde allí su liderazgo hasta la llegada de los conquistadores españoles.

Respetuosos de la autonomía de las zonas que conquistaban, su imperio representó una verdadera confederación que llegó a incluir treinta y ocho estados en su período de mayor esplendor. Sus conquistas los llevaron a conformar una sociedad en la que una casta de poder y riqueza, integrada por los jefes guerreros, ejercería el dominio sobre el resto de la población.

Historia: “De la tribu al imperio”

El término Mesoamérica es empleado por historiadores para referirse a la región de América Central, poseedora de una ci­vilización muy desarrollada antes de la conquista española. Puede apreciarse en ella una uni­dad cultural y religiosa por encima de la diversidad de pueblos, lenguas y estilos artísticos. Los olmecas constituyeron una de las primeras grandes culturas preclásicas que contuvieron muchos de los ras­gos propios de las civilizaciones posterio­res. De ella derivan el desarrollo de una escritura jeroglífica, la existencia de un ca­lendario y la práctica ritual del juego de pelota.

Los Olmecas se establecieron alrededor del año 1250 a.C. y su declinación data aproximadamente del 500 a.C. De una rama de esta cultura preclásica se desarrolló una majestuosa civilización ritual llamada Teotihuacán, que fue superada por sus contemporáneos del sur sólo por su mayor adelanto en la escultura y en el calendario religioso.

Teotihuacán fue la primera civilización verdaderamente ur­bana de México. Por razones no del todo claras hasta ahora, aunque cada erudito tiene sus propias teorías, las culturas clásicas llegaron a su fin en toda Mesoamérica; primero en Teotihuacán alrededor del siglo VII, y dos siglos más tarde en otras regiones.

Teotihuacán
Vista actual de la antigua cuidad de Teotihuacán: Teotihuacán fue el nombre empleado por los mexicas para identificar a esta ciudad construida por una civilización anterior a ellos y que ya se encontraba en ruinas cuando la vieron por primera vez.

Hubo entonces una época de di­ficultades, decadencia y mucha emigra­ción. En el valle de México se presentó un gran influjo, primero de los pueblos otomíes y después de los nahuas (toltecas). Estos últi­mos, los toltecas, se establecieron en Tu­la y tras presionar a las poblaciones autóctonas fundaron el primer imperio mi­litarista posclásico, poco después del año 900 de nuestra era. Para la misma época otro pueblo, el de los mixtecas, llegado des­de el occidente hasta Oaxaca, ocupó Mon­te Albán en plena decadencia y desplazó a los zapotecas.

Dos siglos después hubo una nueva serie de invasores, entre ellos los chichimecas, que fundaron un centro pro­pio en Tenayuca, y más tarde en Texcoco. El empuje de los chichimecas causó la destrucción del centro tolteca y con ello su de­clive. De este modo, la ciudad de Tula que­dó desprotegida y expuesta a nuevas inva­siones. Sin embargo, el prestigio de la cultura tolteca sirvió para que los principales linajes del periodo posclásico preten­dieran estar emparentados con la anti­gua nobleza tolteca.

Así, en medio de la gran agitación en el valle causada por un ir y venir de pueblos, el establecimiento de pequeñas ciudades-Estado que rivalizaban unas con otras por la supremacía política, no impidió que se realizara un activo intercambio cultural. A la postre, los aztecas llegados hacia el siglo XII chocarían con sus vecinos pero demos­trarían ser mejores guerreros y lograrían dominar no sólo el valle, sino todo el centro de México, de costa a costa.

El proceso de expansión

El asentamiento en esta región de los tenochcas, o mexicas, nombre que a sí mismos se daban los aztecas, no fue sencillo dado que gran parte de las tierras fértiles estaban ya ocupadas a su llegada, y en principio debieron contentarse estable­ciéndose en los terrenos pantanosos que allí abundaban. Quizás haya sido esta ad­versidad la que los impulsó a desarro­llar su ingenio para sacar provecho de tie­rras tan marginales. Los orígenes de este pueblo no son del todo claros. Según dis­tintos investigadores constituían una pe­queña tribu que habiendo sido expulsados de varios sitios llegaron al valle de México como pueblos nómades tras ha­ber recorrido el norte de Mesoamérica, buscando un sitio donde vivir. Así forma­ron parte de oleadas de inmigraciones que fueron ocupando la región. Finalmente, se asentaron alrededor del lago Texcoco.

 Mapa expansión azteca
Mapa de la expansión del imperio azteca

Del vasto conjunto migratorio, el gru­po conformado por los mexicas fue el que sobresalió por sus cualidades guerreras, las que debió poner a prueba para enfrentarse a veci­nos hostiles. Primero fueron mer­cenarios de pueblos que ya habi­taban la zona, pero poco a poco iniciaron una espiral de dominio que los convertiría en los señores del lugar. En el curso de los siguien­tes dos siglos lograrían fundar un impe­rio poderoso.

Conflictos

Instalados hacia el año 1267 en Chapultepec, sobre la orilla occidental del lago Texcoco, la vida de los mexicas no pare­ce haber tenido grandes sobresaltos. Pero posteriormente comenzaron a te­ner conflictos de dimensiones cada vez mayores con sus vecinos más próximos. Según algunas investigaciones, la base de dichos conflictos estaba en la costum­bre, bastante extendida entre los jóvenes mexicas, de allegarse a las poblaciones cercanas para robarles sus mujeres. La situación llegó a tal extremo, que poco después las comunidades cercanas se unieron para ponerles fin a tales desmanes. Los resultados no pudieron ser más funestos para los mexicas, quienes en 1298 fueron completamente derrotados.

Consecuencia inmediata de aquellas ac­ciones fue la reducción a un estado de servidumbre de todos ellos en territorio de Culhuacán, salvo los que pudieron refugiarse en unos islotes en medio de la laguna. Posteriormente, los esclaviza­dos lograron evadir a sus captores y, unidos a los refugiados en la laguna, formalizaron la constitución de una comu­nidad urbana: Tenochtitlánciudad de los mexicas de Tenoch” en honor a uno de sus principales jefes.

La historia de su ascenso

Casi cien años después de su llegada al valle habían abandonado su estructura tribal para dar paso a una más compleja, respetuosa de la autonomía de las zonas que controlaban, pero al mismo tiempo imponiendo a éstas ciertas normas de cumplimiento obligatorio, como pagar tributo y aportar soldados para interve­nir en las guerras que libraban. Al aumentar en número, los aztecas es­tablecieron organizaciones civiles y militares superiores. Para comienzos del si­glo XV, la región había transformado totalmente su aspecto. La primitiva aldea del pantano se había convertido en una ciudad “Tenochtitlán” cuya fundación data de 1325.

Entre 1427 y 1440, bajo la jefatura del ha­bilidoso Itzcóalt, los aztecas se liberaron primero de los tepanecas y luego funda­ron una triple alianza con otros jefes locales gobernantes de las ciudades-Estado vecinas de Texcoco y Tlacopan. Cada una tenía su propio territorio y entre las tres formaron el corazón del Imperio Azteca. Entre 1440 y 1469, bajo Moctezuma I, la ciudad de Tenochtitlán logró la primacía dentro de esa alianza y extendió su dominación desde las costas del Pacífico hasta las del Atlántico. Fue así como los aztecas ampliaron su poder y pasaron a liderar el imperio y a recibir más tributos que sus aliados. Los jefes siguientes continuaron las conquistas y con Moc­tezuma II, quien gobernó desde 1502, la zona de influencia de los aztecas alcan­zó en el sur hasta los territorios de los mayas y hacia el norte sometieron parte de Michoacán.

Triple alianza azteca

La Conquista y el fin de un Imperio

En febrero de 1519, Hernán Cortés partió de la isla de Cuba con destino a Yucatán. Nueve meses más tarde arribó al valle de México, donde se encontró por primera vez con Moctezuma. Un año más tarde, los aztecas habían sido conquistados a sangre y fuego, y tras la matanza y destrucción de su capital, sus tierras y riquezas eran incorporadas a la corona española. La conquista estuvo marcada por hechos en los que la realidad y la leyenda se confunden en un mismo acontecer.

Los conquistadores contaron con dos elementos para superar su inferioridad numérica. Por un lado, acordaron una alianza con los totonacas -pueblo enemigo y sojuzgado de los aztecas- a cambio de una posterior libertad de su pueblo, condición que no respetaron. Por otro lado, su tecnología y su poder de fuego superaron ampliamente a los de sus adversarios. Los caballeros de espada constituyeron una fuerza temeraria. Hábiles en la guerra y bien protegidos, causaron estragos entre las fuerzas aztecas aliadas. Los totonacas aportaron a Cortés no menos de 13.000 guerreros y también se sumaron otros de pueblos vecinos. Al principio, los totonacas de Cempoala y después los nahuas de Tlaxcala se aliaron a los “enviados de Quetzalcóatl”, no solo porque fueran los enemigos de la Triple Alianza, sino fundamentalmente porque estaban convencidos de la transgresión filosófica-religiosa y la profecía del regreso de Quetzalcóatl.

Aunque produjeron numerosas bajas entre las fuerzas conquistadoras, los arcos y flechas de los aztecas no bastaron para cambiar el curso de las batallas. Sus mazas de obsidiana resultaron más eficaces en los combates cuerpo a cuerpo, pero la notable desigualdad con el poder de fuego español se mantuvo y selló finalmente su suerte. Los cañones terrestres de los conquistadores, como las culebri­nas y pedreros, eran potentes pero difíciles de transportar en la selva y terrenos accidentados. En cambio, los falconetes iban montados en las naves, y resulta­ban mucho más eficaces. Los aztecas se aterraron al ver a la caballería española. Según los cronistas, creyeron que se trataba de seres mitad humanos y mitad dioses. Los soldados españoles tuvieron una absoluta superioridad sobre los aztecas también en armas defensivas: cascos, corazas y escudos metálicos les permitieron encarar sin mayores temores y riesgos tanto cargas de caballería como luchas cuerpo a cuerpo.

Llegan los conquistadores a Tenochtitlán

El jefe azteca Moctezuma II creyó ver en el conquistador español al mismísimo dios Quetzalcóatl en persona, quien según la leyenda había prometido regresar. Esto explica la manifiesta sumisión con la que fue recibido. Moctezuma salió al encuentro de Cortés con sus mejores galas y colmado de presentes para el visitante.

Hernán Cortés al encuentro con Moctezuma II
Hernán Cortés junto a Malinche en su encuentro con Moctezuma II

Según la tradición, Moctezuma complació a Hernán Cortés en cada una de sus solicitu­des y reclamos, e incluso llegó a alojarlo junto a sus hombres en el lujoso palacio de Axayácatl. Sin embargo, sus actitudes y costosos obsequios sólo lograron excitar aún más la ambición de los conquistadores. Ya vencido, el soberano azteca aceptó ser bautizado y declarado súbdito de España. Sobre su muerte hay varias versiones, pero la más difun­dida señala que el 1 de julio de 1520, en un intento por sofocar un tumulto, Moctezuma instó al pueblo a retirarse. La población vio en ello una complicidad con los españoles, por lo que le arrojaron piedras y flechas que lo hirieron mortalmente.

Malinche: ¿Traidora o heroína?

Tras su avasalladora y exitosa campaña contra los mexicas, Hernán Cortés recibió numerosas ofrendas, tanto en especies, oro y mujeres. Entre éstas se hallaba una joven y bella mexica de nombre Malintzin o Malinche, que luego fue bauti­zada como Marina. Muy pronto la joven se destacó por el conocimiento que tenía tanto de varias lenguas locales como así también de la geografía regional. Estas capacidades la hicieron muy valiosa ante los ojos de Cortés, quien envió a educarla en el castellano. Así, Malinche resultó ser una ayuda fundamental para el con­quistador, como intérprete y como con­sejera. Además se convirtió en su amante.

Una vez acabada la conquista, Cortés decidió casarla con uno de sus capita­nes, no sin antes reconocer al hijo nacido de su relación con ella, Martín Cortés (uno de los primeros mestizos de México). En la historia de México Malinche se conver­tirá en un símbolo del indio seducido y abandonado, dando lugar al término “malinchismo” con el que se señala la entrega a lo que viene de fuera y la incapacidad para valorar lo propio. Esa imagen ha sido utilizada, además, para considerar a la mujer como símbolo de traición y también de su poder. Esta visión del papel de Malinche ha sido muy cuestionada y actualmente ha dado lugar a una nueva valoración. Desde esta otra mirada, Malinche en verdad renunció a su propia libertad para evitar, con sus consejos al conquistador, mayores masacres y atro­pellos contra los pueblos indígenas.


"Cortés y la Malinche" en un mural de José Clemente Orozco, del Colegio San Ildefonso. Representa el mestizaje en el Nuevo Mundo.

En el momento de la in­vasión española (1519-1521) el auge de los aztecas como gran potencia aún no llevaba un siglo de existencia. Su reino se componía de treinta y ocho provincias ciu­dades que, aunque sujetas al pago de tri­butos, conservaban su autonomía admi­nistrativa. Incluso muchas ciudades-Estado, como Tlaxcala, tenían, aún bajo jurisdicción azteca, su independencia política. De este modo el imperio no era una formación es­tatal unitaria. Por ello, aunque los azte­cas ejercieron hegemonía sobre ese vasto conjunto, no lograron superar la estructura federal.

Fuente: Grandes Civilizaciones de la Historia. Editorial Sol 90, Barcelona, 2008.

 
 
 
 
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