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Aztecas: Legado cultural

 
 

Piedra de Moctezuma I
Piedra de Moctezuma I. Piedra labrada que se conoce como Temalacatl Cuauhxicalli y reseña las conquistas de Moctezuma I sobre los pueblos del Valle de México. La pieza se descubrió en 1987 y se llevó al Museo Nacional de Antropología e Historia para su restauración y exhibición.

El desarrollo de las civilizaciones mesoamericanas presenta una serie de rasgos culturales comunes que las caracterizaron, entre los que se destacan el uso de calendarios, el conocimiento de sistemas de numeración y escritura pictográfica, y una cosmovisión religiosa basada en el culto y el ritual sacrificial. Olmecas, zapotecas, totonecas y mexicas o aztecas, entre otros, supieron legar a la humanidad centros urbanos y creaciones artísticas que aún asombran por su magnificencia.

Los aztecas reconocieron el valor de la habilidad en los oficios y usaron los productos de éstos para honrar a los dioses, que para ellos eran los intermediarios entre el hombre y el infinito poder del Universo. Su arte fue pujante en arquitectura y en escultura, aunque menos notorio en pintura y dibujo. El legado cultural de este pueblo sobrevivió al tiempo, la exactitud de su calendario, sus templos ceremoniales, sus jardines flotantes y su arte colorido constituyen apenas una muestra de su inestimable aporte.

Escultura azteca

Las piezas escultóricas mexicas se carac­terizan por conservar el mismo sentido de la proporción evidenciado en la arquitec­tura. Maestros en el manejo de grandes y pequeñas proporciones, las piezas más pe­queñas exhiben la misma dignidad de las tallas más voluminosas que se hallaban en los templos. Sobresale en la escultura mexica, una equilibrada combina­ción entre realismo y simbolismo, de carácter monumental, pletórica en figuras híbridas donde lo humano y lo animal se conjugan con singular creatividad.

Esculturas aztecas
Coatlicue (diosa tierra), Quetzalcóatl (dios principal) y un hombre sosteniendo un fruto del árbol del cacao, respectivamente, son muestra de la escultura del pueblo mexica.

Las grandes esculturas reproducen ge­neralmente águilas, jaguares y serpien­tes, pero sobre todo representa­ciones de los dioses. Igual que los antiguos egipcios, pudie­ron mover gigantescas estatuas sin con­tar con carros ni animales de tiro. La producción escultórica azteca revela una curiosa relación entre realismo y simbolismo. Ejemplo de ello es la representación de Coatlicue, diosa de la Tierra, donde el cuerpo de forma humana se complementa con garras de águila como pies, y la falda compuesta de serpientes entrelazadas. En el pecho luce un cráneo colgado del cuello, a manera de collar. El rostro, finalmente, son dos cabezas de serpiente viéndose una a la otra.

Las Cabezas de piedra, características de la cultura olmeca, constituyen su legado más destacado. Por lo general predominan las formas redondeadas, pero el rasgo común es la monumentalidad de su tamaño, alcanzando algunas de ellas los 4 m de alto. Se admite que representaban a figuras divinas o a gobernantes. También fueron utilizadas como tronos en las regiones de La Venta, San Lorenzo, Tres Zapotes y Cobata.

LA PIEDRA DEL SOL

Las esculturas aztecas se caracteriza­ban por la actitud feroz y severa de los dioses tallados en piedra o en materia­les volcánicos. La más famosa es la Pie­dra del Sol, esculpi­da en una roca de basalto de olivino. Comenzó a labrarse bajo el reinado de Axayacatl, en 1449, y se terminó tres décadas más tarde. Sus medidas son asombrosas: 3,5 metros de diámetro y 24 toneladas de peso. En su centro se halla la imagen del Sol, con rostro feroz, rodeado por los puntos cardinales y los cuatro soles o edades del mundo. Además están esculpidos los veinte signos de los días junto con gran­des serpientes.

La Piedra del Sol
La Piedra del Sol. Su verdadero nombre es "Cuauhxicalli", que significa “receptáculo del Águila”. Fue hallado en 1790 en la actual Plaza de la Constitución de México, DF, y trasladado al Museo Nacional de Antropología en 1964.

La Piedra del Sol, exhibe un resumen del infinito universo azteca, representando su cosmología y las edades del mundo. Esta pieza monolítica tiene grabada sobre su superficie un resumen del conocimiento que de astronomía y de la ciencia del tiempo habían alcanzado los Anahuacas en miles de años. Además muestra en términos calendáricos, su percepción del universo y la concepción del mundo, el cual dividieron en 5 grandes eras o soles temporales. Cada era o sol llevó un nombre de la cuenta del Tonalpohualli de acuerdo al día en que éste llegaba a su fin, así las cuatro eras ya terminadas o completadas se nombraron con los nombres de 4 Agua, 4 Lluvia, 4 Viento, 4 Jaguar, y finalmente la última era o Quinto Sol lleva por nombre el de 4 Movimiento o "Nahui Ollin", nombre del día en que terminará.

Disco central del calendario azteca en la Piedra del Sol.
Disco central de la Piedra del Sol. En el centro se encuentra el rostro del dios de Sol Tonatiuh, dentro del glifo "movimiento" (Ollin), con sus dos manos. En cada mano, sus garras apresan un corazón humano. Los cuatro cuadrados que rodean la deidad central representan los anteriores Cuatro Soles.

Calendarios mexicas

Los aztecas contaron con dos tipos de calendarios, que utilizaron tanto para optimizar y sistematizar sus ciclos de producción económica como para regular sus actividades religiosas. El calendario solar o civil, proporcionaba las coordenadas de tiempo para realizar las siembras y las cosechas. El calendario místico o sagrado, en cambio, era utilizado para realizar predicciones, establecer horóscopos y señalar cuáles eran los días más afortunados. El primero estaba dividido en 365 días, mientras que el segundo en 260. Cada 52 años, estos dos ciclos diferentes se alinean, causando que los aztecas llevaran a cabo el Festival del Fuego Nuevo para evitar el desastre durante este evento, conocido como Xiuhmolpilli, o "agrupación de años".

Calendario civil o solar

El año solar era la base del calendario civil mediante el cual los mexicas determinaban la profusión de ceremonias y rituales relacionados con los ciclos agrícolas. Asociaron los meses del año con sus principales actividades económicas y sociales, y por lo general estaban determinadas por las estaciones. El calendario estaba compuesto de 18 meses llamados metztli de 20 días cada uno. Cinco días componían una semana y de éstos, el quinto día, tianquiztli, era dedicado al mercado. El año se completaba a 365 días con la adición de 5 días llamados nemontemi (días vacíos), en estos días cesaba toda actividad normal, eran dedicados al ayuno y la abstinencia.

Meses del calendario azteca: El calendario solar marca y da nombre al mes con la festividad o ceremonia que se lleva a cabo durante ese período. En la siguiente tabla están explicitados el número, símbolo y nombre del mes, con su significado, los dioses a quienes se dedica, y la fecha de la ceremonia central.

Meses del calendario azteca

Calendario sagrado o místico

La disposición del calendario místico o sagrado azteca concebía un año de 260 días, a cada uno de los cuales se asignaba una fecha por la combinación de uno de los 20 signos de los días y un número de 1 a 13, representado por puntos, de modo tal que era imposible confundir dos días del ciclo anual. Por lo tanto, el almanaque estaba compuesto de 20 semanas de 13 días. Cada uno de estos días se dividía en 13 horas diurnas y 9 nocturnas. El calendario sagrado, era especialmente im­portante por su aplicación en las artes de la adivinación. De hecho, el destino de una persona dependía de las buenas o ma­las cualidades que se le atribuían a la fe­cha de nacimiento.

20 glifos que representan los 20 días del mes azteca
20 glifos que representan los 20 días del mes azteca.

La combinación de los dos calendarios, el solar y el sagrado, dio lugar al calendario redondo de cincuenta y dos años. El tiempo y el destino de los hombres y de la sociedad eran considerados cíclicos. Al final de cada período de cincuenta y dos años renacían simbólicamente el tiempo y el mundo, por lo que se celebraba la te­rrible "Ceremonia del Fuego Nuevo".

Calendario azteca
Calendario Azteca

El arte azteca

En sus orígenes producto de la amalgama de diversos estilos exportados por los pueblos precedentes y vecinos, finalmente llegó a expresar algunas destacadas características propias. Orfebres, textiles y ceramistas, sus principales producciones fueron joyas y utensilios de uso cotidiano. Aunque austeros en el recurso de la policromía, sus creaciones fueron ciertamente expresivas.

Máscaras

Una de las mayores expresiones del arte mexica está reflejada en la confección de máscaras, cuyo empleo estuvo circunscripto al universo de las representaciones religiosas y las ofrendas funerarias. Tributarios de la tradición de olmecas y teotihuacanos, quienes las realizaron en piedra y jade y decoraron con turquesa, los aztecas se esmeraron en el singular diseño en mosaico que caracteriza su producción. Por lo general eran de grandes dimensio­nes y de madera, representaban animales de gran fuerza. Se las utilizaba en las ceremonias públicas, en las festividades religiosas y en el curso de las batallas. Las máscaras también personificaban  a sus divinidades y con ellas decoraban templos, palacios y hogares. También sirvieron para cubrir los rostros de sus muertos.

Los aztecas mostraron una inclinación por la combinación de unos pocos colores por pieza o uno mismo en diferentes tonos. Para decorarlas, cortaban en pequeños trozos las piezas de turquesa, hueso y concha, que luego pulían y colocaban con una resina vegetal en superficies, por lo general, de madera o barro. El jade fue uno de los materiales más empleados por los aztecas para la confección de sus mascarillas mortuorias. La elección tenía mucho de pensamiento religioso, ya que el jade estaba asociado a la vegetación y el agua, y por lo tanto a los ciclos vitales.

Máscaras aztecas Máscara de Jade del Dios Totec Máscara de Tezcatlipoca
Máscara del dios Quetzalcóatl           Máscara de jade del dios Totec                 Máscara de Tezcatlipoca

Literatura y escritura

Dado que no tenía un método efectivo de escritura, la literatura azteca quedó limitada a la efímera producción oral. Esen­cialmente de carácter pictográfica, hay so­bradas evidencias de que estaba progresando hacia la fonética silábica. Como carecían de alfabeto, la representación de un animal o de un elemento u objeto podía combinarse con la de otros para dar un tercer significado. Por ejemplo escribí­an el nombre de su capital, Tenochtitlán, dibujando una piedra ("tena"), de la cual brotaba un cactus de nopal ("notchli").

Lo que hoy se conoce de la literatura azteca, en realidad, procede de los textos en alfabeto latino que se escribieron a partir del siglo XVI. Por ellos se sabe que conocieron la prosa, siendo los géneros más cultivados la historia y los discursos educativos. La poesía no les fue ajena y tenía que ver con las grandes celebraciones, ocasiones en las que se la declamaba acompañada de música. De hecho, había un poema para cada ocasión: la guerra; el culto a los dio­ses y el recuerdo de su historia; además, la poesía expresaba los distintos estados de ánimo, como así también el erotismo.

Medicina


En términos generales, puede afirmarse que se destacaron en medicina y en el ma­nejo curativo de las hierbas. Si bien la ma­gia y la medicina estaban muy relaciona­das, bajo los ritos había conocimientos muy sólidos. De tal manera, sus medica­mentos eran eficaces, especialmente las infusiones y fomentos. Las fracturas su­fridas por los guerreros por el uso de las mazas eran reducidas mediante el uso de clavos intraóseos.

Temazcal

El baño daba origen a un ritual, en el que hombres y mujeres se bañaban jun­tos. Por ese motivo los españoles prohi­bieron los baños de vapor. Además, el contraste entre la higiene de aztecas y europeos era extraordinario. El encendi­do de sahumerios de copal por parte de los indígenas cuando estaban en presen­cia de los conquistadores fue atribuido por algunos autores a que los aztecas creían ver en los españoles a dioses. Por el contrario, otros creen que lo hacían pues no podían soportar el hedor que despren­dían los cuerpos de éstos, poco afectos a la higiene.

Tanto hombres como mujeres practi­caban la medicina. Las últimas, en espe­cial, se dedicaban a los partos. También deben haber practicado la odontología: se hallaron cráneos con deformaciones provocadas en los dientes, así como implantes en ellos de piedras finas.

Farmacopea natural

Los aztecas poseían alrededor de mil dos­cientas plantas de uso medicinal. Los curanderos y herboristas se abastecían en los mercados de las hierbas curativas que otorgaba la naturaleza, cuya atenta observación les había permitido conocer per­fectamente las propiedades terapéuticas de las plantas, los animales y los minera­les, así como las enfermedades en que se debían aplicar. La existencia en la región de gran can­tidad de animales sumamente agresivos, sumado al carácter mortífero del veneno, los obligó, además, a elaborar remedios contra sus picaduras.

Según un dicho popular azteca, ha­bía dos clases de serpientes: las buenas y las malas. Para las mordeduras de ser­piente aplicaban distintos antídotos con éxito desigual. Los ungüentos y las pócimas no siempre sanaban al atacado, pe­ro podían por lo menos aliviar los efectos del envenenamiento. A pesar de la peligrosidad de estos animales, los europeos se asombraron al observar que las boas eran animales de compañía.

Oquichpatri
Un médico mexica informa a una mujer de las propiedades curativas de la raíz del Oquichpatri, utilizada para prevenir enfermedades. Códice Florentino.

Astronomía

La astronomía, al menos en sus formas más incipientes, ya existía cuando los aztecas llegaron al valle de México. Basa­da en la exactitud de las mediciones, estaba estrechamente ligada al calendario. No obstante, lo que resulta especialmente meritorio es que esta ciencia se desarrolló sin contar con otros soportes que la experimentación. En efecto, los aztecas no disponían de instrumentos ópticos ni de cálculo, por lo que la precisión de sus datos se debía fundamentalmente a la ob­servación paciente, ayudada nada más que de líneas visuales. Aun así, los azte­cas elaboraron el calendario de 365,2420 días, más preciso que el europeo de Gre­gorio XIII, de 365,2425 días.

Sistema numérico

El sistema numérico empleado por los aztecas era relativamente sencillo y se fundamentaba en un registro vigesi­mal, indicando cantidades hasta veinte con el número necesario de puntos. También empleaban una bandera para indicar veinte, re­pitiéndola para representar cantidades hasta cuatrocien­tas unidades. Un signo que re­presentaba un abeto expre­saba por sí solo cuatrocientas unidades. Ocho mil unidades, o sea 20x20x20, se indicaban por un costal debido al contenido casi inconta­ble de granos de cacao que podían caber en él.

Representación numeral azteca
Representación numeral azteca.

Los códices

Los códices constituyen el testimonio más directo de la cultura mexica. Narran la historia de sus dinastías, cultos religiosos y guerras. Estaban elaborados en papel amate y piel de venado. Los códices se convirtieron en emblemas de la cultura azteca, ya que develaron los elementos esenciales de su sociedad y su desarrollo. Confeccionados como manuscritos pictográficos, combinaban el dibujo con el texto en náhuatl. Se los clasifica en prehispánicos y coloniales; los primeros fueron realizados sobre papel de amate, piel de venado, tela de algodón y papel de maguey; los segundos, en papel europeo, tela industrial y pergamino. Se conservan unos 500 códices, la mayoría en México.

La palabra códice proviene del latín (codex) y su significado está asociado al libro manuscri­to. Por lo general se le suele agregar un nombre referido al lugar de su hallazgo, a su propietario (Códice Borgia) o a la autoridad que lo encargó (Códice Mendoza). Las temáticas que abordan constituyen un documento histórico, social y cultural único, que nos permite conocer acontecimientos que van desde la migración originaria de los aztecas hasta aspectos de su vida social y cotidiana.

Museos

Buena parte de las producciones culturales de las civilizaciones mesoamericanas se perdieron durante la conquista y posterior colonización española de su territorio. Sobrevivientes a la barbarie y al latrocinio, miles de piezas recuperadas en los sitios arqueológicos hoy gozan de la protección de instituciones especializadas en su conservación y en la difusión de su desarrollo. El Museo Nacional de Antropología de México y el del Templo Mayor constituyen las dos más importantes, a la vez que ofician como fuentes de difusión de los logros alcanzados por aquellas culturas.

Museo Nacional de Antropología de México

Museo Nacional de Antropología de México
Museo Nacional de Antropología de México

Conformado por salas dispuestas de manera cronológica y cultural, el museo alterna interiores y exteriores (un gran patio central y pequeños jardines). Cada uno de estos espacios puede ser recorrido como si fuera un museo propio, dada la especialidad de sus contenidos. El primer piso está especialmente dedicado a las etnias de México. Posee un auditorio, biblioteca, un área audiovisual y una sala de exhibiciones temporales.

Museo del Templo Mayor

Entrada al Museo del Templo Mayor Templo Mayor de Tenochtitlán
Entrada al Museo del Templo Mayor y vista de las ruinas del Templo Mayor de Tenochtitlán.

Inaugurado en 1987, está enclavado en el corazón del centro histórico de la ciudad de México. Cuenta con ocho salas y un vestíbulo de exposiciones temporales que recrean de manera simbólica el Templo Mayor de Tenochtitlán. Su patrimonio suma miles de piezas recuperadas de los más importantes centros arqueológicos. Además, el Museo del Templo Mayor brinda numerosos servicios y asesoramientos a especialistas y cuenta con un completo acervo bibliográfico, fototeca y archivo arqueológico.

 
 
 
 
 
 
 
 

Edad Antigua