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Egipto: Legado cultural

 
 

Piezas de la colección privada del egiptólogo Jordi Clos. Museo Egipcio de Barcelona.
Piezas de la colección privada del egiptólogo Jordi Clos. Museo Egipcio de Barcelona.

Fueron los griegos, empezando por el famoso historiador Herodoto, quienes se maravillaron al descubrir Egipto y procura­ron asimilar su legado cultural. Ellos se encargaron de transmitirlo a la cultura universal. Entre los presocráticos, nume­rosos cultos del Alto Egipto dejaron su impronta y se transformaron en princi­pios filosóficos y religiosos que luego en­troncaron con el pensamiento de la Gre­cia clásica y se transmitieron a todo Occidente. También los judíos, cuya per­manencia en Egipto como esclavos forma parte de los primeros textos del Antiguo Testamento, asimilaron muchos elemen­tos de la cultura del Nilo.

Basta leer los escritos de Sigmund Freud acerca de la figura de Moisés para entender la profun­da vinculación que existe entre el culto del faraón y la primera religión monote­ísta. El cristianismo, forjado en el seno de las comunidades judías de la antigua Pa­lestina, también heredó rasgos importan­tes de la cultura egipcia.

Las pirámides

Símbolo por antonoma­sia del Antiguo Egipto, se levantan como testimonio eterno de ese legado, todavía por descubrir. En su perfil monumen­tal, de construcción aún hoy no del todo explicable para la ingeniería moderna, se proyectó un imperio teocrático, perfecta­mente organizado, cuya estructura social y política era, precisamente, "piramidal". Su dimensión colosal nos habla de reyes tan ricos y poderosos, que pudieron obli­gar a millares y millares de obreros y es­clavos a trabajar para ello año tras año, a extraer bloques de las canteras, a arras­trarlos hasta el lugar de la construcción y a colocarlos unos sobre otros con una maestría sin igual, hasta que la tumba estuviera dispuesta para recibir los restos mortales del faraón. La cúspide de la pirámide donde el faraón era sepultado indicaba el destino ascen­dente de su alma. Como las pirámides eran construidas durante la vida terrenal del faraón, su cúspide también recorda­ba al mundo de los vivos, en el que, des­de las alturas, el monarca regía el desti­no de todos los seres.

LA PIRÁMIDE DE KHEOPS: Entre todas las pirámides, sin duda hay una que es la más emblemática de todas: la pirámide de Kheops. Constituye una colosal obra de ingeniería, cuyos misterios aún no han sido develados por completo. Construida bajo el reinado de Kheops, entre 2551 y 2528 a.C., es la única de las siete maravillas de la Antigüedad que ha sobrevivido entera al paso del tiempo.

La pirámide Keops, el museo de la barca y El Cairo
La pirámide Keops, el museo de la barca y El Cairo.

Pinturas y dibujos
 
En las pinturas, con un realismo ingenuo, la imagen del faraón era reproducida en un tamaño más grande que el de los de­más. En Europa, durante la Alta Edad Me­dia y hasta el Renacimiento, las pintu­ras religiosas cristianas también echaron mano del mismo recurso: para expresar su grandeza, Cristo, la Virgen y los san­tos eran representados en un tamaño ma­yor que los demás seres.

Los dibujos y pinturas que decoran las pirámides se hallan entre las obras más bellas del arte egipcio. Todas ellas conju­gan una gran simplicidad y, al mismo tiempo, una innegable solemnidad. El ar­tista, convencido de que es inútil añadir más belleza y autoridad a su modelo, pre­cisamente por la condición superior de éste, procuraba ejercer un realismo natu­ralista o apelar al simbolismo geométri­co. Igualmente, la recreación de la natu­raleza y la proporción del conjunto se muestran perfectamente equilibradas.

Esta combinación de regularidad geo­métrica y de aguda observación de la naturaleza es característica de todo el arte egipcio. Donde mejor se puede estudiar­la es en los relieves y pinturas que se ha­llan en los muros interiores de las sepulturas. Cabe recordar que este arte no era producido para ser "gustado", sino que cumplía una función eminentemente re­ligiosa: las obras de arte, guardadas para siempre en el corazón de las pirámides, jamás serían contempladas por los mor­tales, sino sólo por el alma del muerto y por los dioses.

Pintura de la cámara funeraria de Tutankamon.
Pintura de la cámara funeraria de Tutankamon. En este mural está representado su enterramiento, donde el dios egipcio de la resurrección, le da la bienvenida.

Gracias al realismo que los caracteriza, los relieves y pinturas murales propor­cionan un reflejo extraordinariamente ilustrativo de cómo se vivió en Egipto ha­ce milenios. Sin embargo, los artistas egipcios poseían un modo de representar la vida real completamente particular. No les importaba la belleza sino la perfec­ción, acorde con la vocación de eternizar. Dibujaban de memoria y de conformidad con reglas estrictas, que aseguraban la perfecta claridad de todos los elemen­tos de la obra. Su método se parecía, en efecto, más al del cartógrafo que al del pintor. Esto afectó la representación del cuerpo humano.

Sabedores de que su tra­bajo estaba al servicio de la eternidad, apelaban a un trazo firme y un contor­no preciso. Por ejemplo, dado que la ca­beza del ser humano se ve y se reprodu­ce más fácilmente de perfil, no dudaron en dibujarla siempre de este modo. En cam­bio, los ojos, órganos de formato nítido y claro, siempre eran pintados como vistos de frente. O sea, el resultado era ojos en­teramente frontales en rostros dibujados de perfil. Sin embargo, la mitad superior del cuerpo, los hombros y el tórax eran reproducidos mucho mejor de frente, ya que así se podía representar los brazos al costado del tronco. Pero los brazos y los pies en movimiento eran representados con mayor claridad lateralmente. Por es­ta razón, en esas representaciones, las figuras humanas aparecen planas y, al mismo tiempo, contorsionadas.

Además, los artistas egipcios encontraban difícil representar el pie izquierdo desde afuera, por lo cual preferían perfilarlo claramen­te con el dedo gordo en primer término; así, ambos pies son representados de la­do. Al igual que con el tema de la perspectiva, los artistas del Nilo se limitaban a seguir una regla que les exigía insertar en la for­ma humana todo aquello que considera­ban importante. Lo estricto de las nor­mas también respondía a un pensamiento mágico: un hombre con sus brazos en es­corzo no aseguraba plenamente la tarea de llevar o recibir los dones que siem­pre implicaba este intercambio entre las almas de los difuntos y los dioses.

Pintura mural, Tumba de Sethi
Pintura mural, Tumba de Sethi. La Figuración y los elementos simbólicos. Predominan en la mayoría de las imágenes del arte egipcio.

El artista egipcio empezaba su obra di­bujando una retícula de líneas rectas so­bre la pared y distribuía con sumo cuida­do sus figuras a lo largo de esas líneas. Sin embargo, este sentido geométrico del or­den no le impedía observar los detalles de la Naturaleza con sorprendente exacti­tud. Cada pájaro, pez o mariposa apare­ce dibujado con tanta fidelidad, que los zoólogos y botánicos pueden incluso re­conocer cada especie.

La escritura

Del mismo modo, cada artista tenía que aprender el arte de escribir con absoluta claridad, a fin de grabar las imágenes y los símbolos de los jeroglíficos sobre la dura piedra, y siempre de la misma ma­nera. En un mundo acotado por la eter­nidad, nadie imaginaba ni pedía una for­ma de manifestación distinta u original. Al contrario, repetir era la condición pri­mordial de todo artista. Por ello, en el transcurso de toda su historia, el arte egip­cio sufrió muy pocas variaciones. Sólo se puede hablar de ligeras variantes regio­nales, pero la manera de representar al hombre y la Naturaleza continuó siendo, esencialmente, la misma.

La invención de la escritura, produci­da alrededor del 3000 a.C., condicionó profundamente la historia del Antiguo Egipto. En cierta medida, extendió a otros sectores la posibilidad de participar en la vida pública. El ama­nuense o escriba se constituyó como una casta privilegiada. Tras un período de for­mación y aprendizaje, estos funcionarios ascendían en la escala social. Eran los encargados de escribir los textos sagrados, las cartas, los informes y los censos. Lo hacían sobre papiro, con palillos especiales para escribir en negro y en rojo. Se formaban en escuelas especiales adscriptas a los templos, ya que su oficio era considerado de naturaleza religiosa. Era común que los escribas heredasen el cargo y proviniesen de un mismo linaje.

Estatua de un escriba egipcio. Museo de Louvre, París
Estatua de un escriba egipcio. Museo de Louvre, París.

El centro de producción escrita era lla­mado "Casa de la Vida", anexo a cada tem­plo. En él, los escribas hacían copias de todo tipo de escritos tradicionales. Esta tradición se mantuvo casi ininterrumpi­damente hasta el siglo III d.C., aunque fueron pocos los textos que sobrevivieron a la transmisión de la escritura jeroglífi­ca a la demótica o popular. Hacia el fi­nal de esta tradición, algunas obras lite­rarias se hicieron familiares en sectores más amplios, aunque fueron prohibidas y destruidas por la Iglesia Católica cuan­do el cristianismo se convirtió en la reli­gión oficial de Roma. La escritura en egip­cio demótico, que corresponde a la lengua hablada de los siglos VII a VI a.C., suplan­tó al egipcio imperial tardío, que se man­tuvo como escritura oficial.

La distancia entre la lengua escrita y la hablada se acrecentó cada vez más. En el siglo II d.C., algunos textos egipcios de ti­po mágico empezaron a ser escritos con caracteres griegos. A partir del siglo IV, esta fusión dio origen al idioma copto, que se convirtió en el idioma del Egipto cris­tiano, que poco a poco cedió al árabe después del 640 d.C.

Los jeroglíficos: Casi todas las civilizaciones antiguas coinciden en atribuirle a la escritura un origen divino, tan importante fue su invención para su desarrollo. Igual creencia existió en el Antiguo Egipto. Según los habitantes del Nilo, una deidad llamada Thot, a veces masculina y otras, femenina, entregó el conocimiento de la palabra escrita a los seres humanos. Con cabeza de ibis, ave zancuda de pico largo con punta encorvada y obtusa, Thot era el guardián de los signos escritos. Por eso mismo, unos pocos elegidos sabían leer y escribir. Su dominio estaba reservado a una casta de funcionarios: la de los escribas.

Representación de una conversación a través de jeroglíficos.

La escritura hierática: Por la dificultad intrínseca de los jeroglíficos -entre otras, la de su lentitud- surgió la escritura hierática. Sus caracteres se fueron alejando del dibujo jeroglífico original y empezaron a aparecer ligados entre sí, dos innovaciones a las que se une, a partir del Imperio Nuevo, la costumbre de colocar puntos rojos de apreciable tamaño como signo diacrítico separador de frases. Su naturaleza cada vez más cursiva y sencilla facilitó la difusión del arte de la escritura entre sectores más amplios. La casta de los escribas se abrió a personas de extracción social más popular.

Papiro Ebers
Papiro Ebers. La escritura hierática permitía a los escribas escribir de forma rápida, simplificando los jeroglíficos.El Papiro Ebers es uno de los más antiguos tratados médicos conocidos. Fue redactado en el antiguo Egipto, cerca del año 1500 a.C.

La arquitectura

En una sociedad estrictamente jerarquizada y regida por una marcada verticalidad, cuya cúspide era el faraón, la arquitectura no podía dejar de tener proporciones colosales e intentar plasmar simbólicamente el poder omnímodo que la sustentaba. Las pirámides, las esfinges, las estatuas gigantescas, los inmensos templos, absolutamente todo estaba al servicio de quien regía los destinos de sus súbditos, el orden cósmico y la vida de ultratumba. Todo el imperio respondía a una vocación de grandeza.

COMPLEJO ARQUEOLÓGICO DE ABU SIMBEL: Es un complejo de dos templos excavados en la roca. El templo mayor es uno de los mejor conservados del Antiguo Egipto. Debido a la construcción de la presa de Asuán y el consecuente incremento del nivel del Nilo, fue necesario reubicar varios templos, incluidos los de Abu Simbel, porque se levantaban a orillas del río. Un equipo internacional de ingenieros y técnicos especializados se encargó de par­tir las construcciones en grandes bloques y volver a montarlas en un lugar seguro.

Vista panorámica del complejo arquitectónico Abu Simbel
Vista panorámica del complejo arquitectónico Abu Simbel, a orillas del lago Nasser en Nubia, al sur de Egipto. En él se observan la entrada a el Templo Mayor considerado como el más hermoso de todos los edificados durante el gobierno de Ramsés II, y el Templo Menor dedicado a su esposa Nefertari.

Arte y artesanía
 
En el Antiguo Egipto, el concepto de artista no existía. Los carpinteros, pintores y escultores eran considerados artesanos. En sus talleres se construían muebles, estatuas, toneles, joyas, diversas vajillas y toda clase de elementos para los diferentes usos. Cada artesano en su oficio era un especialista, pero, en todos los casos, y en especial en las grandes obras, todos debían trabajar en equipo. Ninguno firmaba las obras en cuya construcción participaba, ya que su desempeño artístico y técnico respondía al cumplimiento de algún mandato religioso, de inspiración divina. Por eso, se sabe muy poco de los nombres de quienes poblaron Egipto de maravillas que aún hoy asombran por su complejidad y belleza.

El Calendario

Concebido en el tercer milenio a.C., es el primer calendario solar de la historia. El orto helíaco de Sirio casi coincidía con el solsticio de verano. Ese día comenzaba el año. Pero los egipcios descubrieron que cada cuatro años la salida de Sirio se retrasaba un día. Ese cuarto día adicional fue incorporado por la Reforma de Canopus, que estableció que el calendario fuese atrasado un día cada cuatro años.

Orto helíaco

La representación astrológica del calendario egipcio se encontró esculpida en forma circular, en el techo del pórtico de una cámara dedicada a Osiris en el templo de Hathor de Dendera, en Egipto, lo que lo hizo llamar popularmente el zodiaco de Dendera. En él se muestra un planisferio o mapa de las estrellas con 12 constelaciones zodiacales de la banda, que forman 36 «décadas» de diez días cada uno, y los planetas. El calendario egipcio se basó en ciclos de 30 días y en el orto helíaco de la estrella Sothis (Sirio).

El círculo sostenido por cuatro pilares del cielo en forma de mujeres, entre las que se insertan seres con cabeza de halcón. En el primer anillo, 36 seres simbolizan los 360 días del año egipcio quedando 5 1/4 días epagómenos sin nombre (funestos). En el círculo interior, se encuentran las constelaciones, mostrando los signos del zodíaco. Algunas de éstas están representadas de la forma habitual griega como, por ejemplo, Aries, Tauro, Escorpión, Capricornio, mientras que otros se muestran en la forma habitual de Egipto, como Acuario, que está representado como el dios de las inundaciones Hapy, sosteniendo dos vasos de los que brota agua.

Zodiaco de Dendera  Zodiaco de Dendera
Zodiaco de Dendera

Conclusión sobre el fin del imperio egipcio

Durante el transcurso del s. XVIII a.C., entre la XIII y la XVII Dinastías, los hicsos avanzaron sobre el imperio y accedieron al poder, pero se caracterizaron por hacer grandes aportes a la cultura egipcia, desde nuevas técnicas de tejidos y modelos de carros, hasta la lira y el laúd. Fruto de esta renovación, en 1450 a.C. nació el Imperio Nuevo. El faraón Ahmosis expulsó a los hicsos y Akhenatón construyó una nueva capital en Tell el-Amarna. Las dinastías siguientes, hasta completar la Dinastía XXX, no pudieron mantener el poder faraónico. Los nubios, los griegos y los persas conquistaron sucesivamente el territorio, reduciendo su capacidad de decisión propia. En 332 a.C. Alejandro Magno conquistó Egipto y fundó Alejandría. Sus sucesores iniciaron una etapa de gran debilidad política, pero de un singular esplendor cultural. En el 30 a.C. Egipto cayó en poder de Roma y ya no se recuperó.

 
 
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