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Egipto: La historia de tres imperios

 
 

“La eternidad del barro”

El Antiguo Egipto, una de las civilizaciones más antiguas de la humani­dad, continúa despertando en la actualidad la curiosidad y el asombro de los investigadores. A medida que las excavaciones arqueológicas, dotadas de tecnologías más modernas, avanzan hacia las entrañas del desierto, emergen nuevos testimonios de una grandeza aún no del todo conocida. Permanentemente, la información existente se transforma en nuevas incógnitas y nuevos motivos de estudio y especulación científica, filosófi­ca y artística. Pocas culturas como la egipcia han constituido un mundo tan compacto y cerrado, a pesar de haber estado, a lo largo de su historia, en estrecho vínculo con otros pueblos de Asia, África y Europa.

Egipto ofició varias veces de conquistador y, a su vez, fue conquistado, pero ninguno de estos cambios logró desplazar el sentido profundo de su idiosin­crasia, forjada hacia el año 3000 a.C. en el valle del río Nilo. Sus pirámi­des, no por nada convertidas en el sello emblemático del país de los faraones, constituyen la plasmación monumental de una particular visión del mundo. En efecto, se trató de un modelo social absolutamente estruc­turado jerárquicamente en castas y regido por una verticalidad absoluta, que se iniciaba en la figura del faraón, situado en el vértice superior del poder, y que bajaba hasta alcanzar una amplia base de campesinos y esclavos. La amalgama de esta "pirámide" social era una convicción religiosa que, tras integrar diversos panteones regionales, se organizó en un panteón único, cuya clave era el mismo faraón, que gozaba de una doble naturaleza, humana y divina. El colosal monumentalismo de la arquitec­tura y la escultura egipcias encarnaba esta vocación de grandeza y eterni­dad, que integraba tanto la vida terrenal como la de ultratumba.

Sin embargo, esta omnipotencia no se tradujo en asfixia ni parálisis. Al contrario, los antiguos egipcios revolucionaron la tecnología de su tiempo, desarrollaron la ciencia hasta límites asombrosos y se manifestaron artís­ticamente a través de una estética de sello inconfundible. Así como sus pirámides y obeliscos se convirtieron en un símbolo universal asimilado por todas las culturas del mundo, también la humanidad entera es deudo­ra de sus técnicas agrarias y constructivas, de sus amplios conocimientos matemáticos, de sus grandes desarrollos en el campo de la medicina y el dominio de la cirugía, de la belleza de sus estatuas, bajorrelieves y pin­turas murales, de la conmovedora excelencia de su literatura y de la profundidad de sus reflexiones filosóficas. La impronta de ese universo se adivina en muchas de las grandes convicciones religiosas y especu­lativas actualmente vigentes en todo el mundo.

Y todo empezó naturalmente, a orillas de un río, el sagrado Nilo. La periodicidad de sus crecientes, la cadencia de sus inundaciones y la fertilidad de su limo alimentaron, acunaron y ayudaron a sedimen­tar una civilización sin igual. Nunca un coloso con pies de barro se mantuvo tan firme resistiendo los embates del tiempo.

HISTORIA: 
“Los hijos del Nilo”

 Panorámica del río Nilo

Como ya señalaba el historiador griego Herodoto, "Egipto es un don del Nilo". Entre el 13.000 y el 10.000 a.C., el valle por el que transcurría este río fue regado por abun­dantes lluvias. Aumentó considerablemen­te el caudal del agua fluvial y proliferaron los pastizales. La transformación operada por los cambios climáticos tentó a nuevas especies animales, como diversas varie­dades de burros salvajes, y vegetales, co­mo el mijo, el sorgo y el arroz africano. También se apropiaron del nuevo ecosistema grupos humanos de cazadores y recolectores que descubrieron el arte de domesticar plantas y animales. El desarro­llo de la agricultura y la ganadería los lle­vó a cambiar la vida nómade por la seden­taria. Allí, en la etapa del Neolítico, en las pequeñas aldeas agrarias que se fueron conformando en el valle del Nilo, nació la civilización del Antiguo Egipto.

A finales de junio, regado por las fuer­tes lluvias monzónicas de Abisinia, el río crecía, adquiriendo un color verdoso de­bido a la cantidad de restos vegetales que sus aguas arrastraban. El deshielo de las montañas aportaba más agua, esta vez car­gada de arcilla rojiza, de modo que las cre­cientes culminaban en grandes inunda­ciones. Al retirarse las aguas, la tierra quedaba impregnada de limo, el mejor fer­tilizante que la agricultura podía reclamar. Los antiguos pobladores del valle también aprendieron a domesticar las crecientes, y desarrollaron sistemas de regadío que facilitaron el desarrollo agrario.

Los asen­tamientos más avanzados obtuvieron ex­cedentes de producción que incentivaron el comercio y, al mismo tiempo, la hege­monía sobre las aldeas más atrasadas. Por las excavaciones arqueológicas, se sabe que, entre el 4000 y el 3000 a.C., cobra­ron perfil propio los enclaves de al-Badari, al-Fayum, al-Amrah, Nagada, al-Kab y Gerzeh, entre otros. Los objetos excava­dos hablan de un gran desarrollo de he­rramientas y armas.


Los graneros fueron de vital importancia desde el desarrollo de las primeras aldeas

Alrededor del 3.000 a.C., el desarrollo económico generó una revolución urba­na: las aldeas más poderosas se convirtie­ron en ciudades, en las que empezaron a distinguirse formas elementales de con­trol social, o sea, de Estado. En las ciu­dades se construyeron palacios, necrópo­lis para la familia real, templos, casas de sacerdotes y militares, y centros de aco­pio de granos y mercancías.

Imperio Antiguo: “Unificación de conflictos”

En los comienzos de este período fueron trazados los rasgos básicos de toda la his­toria de Egipto. El centro de poder se tras­ladó de Nejen (Hieracómpolis en griego) a Menfis, situada donde el Nilo se abre en varios brazos y configu­ra el delta. La monarquía adquirió un mar­cado carácter militar y religioso, cuya cús­pide se encarnaba en el faraón. La política fundamental apuntaba a mantener la uni­dad entre el Alto y el Bajo Egipto, repeler el acoso de las tribus nómadas y mante­ner activas las minas de oro y piedras pre­ciosas. Esta política se consolidaba con la asimilación de simbolismos propios del Alto y del Bajo Egipto, como la corona ro­ja del sur y la blanca del norte.

 Ubicación del Bajo y el Alto Egipto

Al parecer, en el Bajo Egipto hubo cons­tantes focos de resistencia a la unificación. Se hicieron muy evidentes bajo el reinado del faraón Adyib, que debió enfrentar fuer­tes rebeliones. Bajo el gobierno del faraón Jasejem, el enfrentamiento revistió el ca­rácter de una guerra santa entre los segui­dores del dios Horus y los del dios Seth. Los rebeldes del Bajo Egipto llegaron a atacar la ciudad de Nejen (Hieracómpolis), antiguo centro religio­so del Alto Egipto. Finalmente, se impuso el faraón Jasejem, victoria que ratificó con el cambio de su nombre: Jasejem, que sig­nificaba "Poder Único", se convirtió en Jasejumuym, que significaba "Poder Doble".

Alrededor del 2000 a.C., durante el rei­nado de Pepi II, la situación política se deterioró gravemente: las fuertes sequías y la disminución del caudal del Nilo ge­neraron hambrunas que culminaron en levantamientos populares. La invasión de tribus procedentes de Asia agudizó el fin de la monarquía menfita. Actoes, conoci­do como Jety I, monarca de la ciudad de Heracleópolis, dio un golpe de estado y depuso a Neferikara, último rey de Men­fis. En el 2020 a.C., Mentuhotep II, de Tebas, conquistó Heracleópolis y unificó to­do Egipto bajo su mando. Fue el comienzo de lo que se conoce como Imperio Medio.

Imperio Medio de Egipto

Mentuhotep II reforzó el ejército y reor­ganizó el sistema administrativo. Forta­leció el cargo de visir -especie de primer ministro- y nombró gobernadores, suje­tos directamente a su mando, en los dis­tintos distritos del Imperio. Además, ins­tauró un Consejo de Grandes, asesor de su gobierno. Se proclamó hijo de Ra, dios del Sol y deidad suprema del panteón. Centró sus campañas militares contra Nubia, restableció las rutas comerciales y re­activó la explotación minera.

Los conflictos sucesorios debilitaron a la nueva monarquía, de modo que, a me­diados del año 2000 a.C., el visir Amenemhat ocupó el trono. A los veinte años de su reinado, para evitar los tradiciona­les conflictos de sucesión, Amenemhat I asoció al trono a su hijo Sesostris I, jefe de las tropas que combatían en Nubia. Instalado en el trono, éste lanzó una cam­paña militar contra la región de Kush y se apoderó de las minas de oro, cobre y pie­dra de alabastro y diorita. Esta fuente de riqueza permitió la expansión de la agri­cultura en la región del actual lago de El Fayum, situado al oeste del Nilo a partir de uno de sus brazos.

El gran desarrollo de esta región, convertida en granero del Imperio, llevó a Amenemhat III a cons­truir allí su propio complejo funerario y erigir dos estatuas gigantescas a la entra­da del canal que unía el lago con el río. En esta etapa, Egipto amplió sus rutas co­merciales a partir del mar Rojo, donde el principal cliente era Punt -en la actual Somalia-, productor de incienso.

 Mapa de anexiones en el Imperio Medio, e invasión de los hicsos

Entre 1800 y 1500 a.C., diversos pue­blos nómades de la periferia, en especial libios y asiáticos, incursionaron en Egip­to. En su mayoría, fueron englobados ba­jo el nombre de "hicsos". Alrededor de 1720 a.C., bajo el reinado de Sebekhotep IV, los "hicsos", dirigidos por Salitis, se apoderaron del territorio de Avaris, a pocos kilómetros de Qantir (hoy Tell el-Daba). Tras expandirse por el delta orien­tal, se apoderaron de Menfis. Esta situa­ción se revirtió cuando Ahmosis I logró expulsar a los "hicsos" del delta, volvió a restaurar el dominio egipcio y creó lo que se conoce como Imperio Nuevo.

Imperio Nuevo de Egipto

Faraón entre 1550 y 1525 a.C., Ahmosis I avanzó sobre la actual franja de Gaza y, al mismo tiempo, sobre Nubia. Su hijo Amenofis I, que gobernó entre 1524 y 1504 a.C., extendió las fronteras hasta Canaán y Siria. El sucesor, Tutmosis I, que ocu­pó el trono entre 1504 y 1492 a.C., a tra­vés de una hábil política de alianzas con los diversos pueblos que iba encontran­do a su paso, llegó hasta la Mesopotamia.

 Imperio Nuevo de Egipto

La legitimidad del faraón se lograba mediante el matrimonio de éste con su hermana. De este modo, se buscaba man­tener pura la descendencia del fundador de la dinastía. Tras la muerte de Tutmosis II, sin descendencia legítima mascu­lina, ascendió al trono Hatshepsut, su me­dia hermana y esposa real. Con el apoyo del clero de Amón, se proclamó faraón, desplazando a Tutmosis III, hijo de Tutmosis II y de una de sus segundas espo­sas. Éste sólo pudo gobernar de hecho cuando murió Hatshepsut. A partir de entonces, Tutmosis III, será uno de los faraones más poderosos de Egipto y durante su mandato, su imperio alcanzará su mayor extensión territorial. Morirá en 1425 a.C. tras 54 años de reinado. 

En función de los conflictos políticos y religiosos que no dejaban de enfrentar al poder central con múltiples intereses lo­calistas, entre 1352 y 1335 a.C., Amenhotep IV sustituyó el culto de Amón por el de Atón. También cambió su nombre por el de Akhenatón ("Servidor de Atón") y el de Tebas, la capital, por el de Akhet-Atón ("Horizonte de Atón"), para termi­nar por trasladarla a un nuevo emplazamiento en el-Amarna, en la región central del imperio. Esta medida política y reli­giosa exacerbó el enfrentamiento con la casta sacerdotal, que reivindicaba el cul­to a Amón, de gran prédica entre la población.

La represión del amonismo fo­mentó la alianza del clero con las tribus nómades "hicsas", cuya beligerancia con­dicionaba la vigencia de las rutas comer­ciales y que siempre procuraban incursionar en el valle del Nilo, o sea, en el corazón de Egipto. La ofensiva de las tri­bus hititas, procedentes del reino de Hatti, en la Anatolia central, puso en peli­gro la integridad imperial. Tutankhatón, sucesor de Akhenatón, cambió su nom­bre por el de Tutankhamón, restablecien­do el culto a Amón. Egipto entró así en una nueva etapa de estabilidad.

 Máscara funeraria de Tutankhamón. Museo Egipcio de El Cairo

Esta circunstancia culminó con la en­tronización de la dinastía Ramésida, cu­yos miembros, como fue el caso del fa­raón Ramsés I, antiguo visir militar, aprovecharon la ofensiva asiría contra el reino de Hatti para recuperar los terri­torios en manos de los hititas, en especial la región de Kadesh.

Los “tiempos oscuros”

Durante los siglos XIII, XII y XI a.C., el área de Asia Menor y la cuenca medite­rránea se vio trastrocada por fuertes con­flictos. Hatti ocupó Chipre en procura de cobre, material imprescindible, junto con el estaño, para la fabricación de bronce. Le tocó a Merenptah (1213-1203 a.C.), hi­jo y sucesor de Ramsés II, afrontar estos "tiempos oscuros". Durante las décadas siguientes los conflictos se intensificaron. Estalló la "Guerra de los Impuros", una especie de guerra santa entre rebeldes se­guidores del dios Seth, con centro en Heliópolis, y el clero tebano, devoto de Amón.

La rivalidad entre las dos creencias po­sibilitó la formación de otros centros de poder. La ciudad de Heracleópolis se hi­zo fuerte en el nacimiento del delta. Hermópolis, en alianza con tribus libias, hegemonizó la región central de Egipto, al tiempo que, en 725 a.C., cobró autonomía Letópolis, situada en Sais, la isla más oc­cidental del delta. El destino del Antiguo Egipto quedó sellado. En 716 a.C., Piye, rey de Kush (Nubia), instauró en Tebas a una princesa de su familia y la proclamó Suprema Adoratriz de Amón.

 Shepenupet II. Suprema Adoratriz de Amón

La nueva dinastía kushita restableció la capitalidad en Menfis, el antiguo epicentro del impe­rio, aunque, al intentar expandirse por Palestina, chocó con los intereses de Asi­ría que ya se había apropiado de Judea e Is­rael y avanzaba hacia el Nilo. Con el tiem­po, nuevas oleadas de conquistadores -griegos, babilonios, persas, macedonios- ratificaron el ocaso de Egipto.

Fuente: Grandes Civilizaciones de la Historia. Editorial Sol 90.

 
 
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