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Albert Einstein

 
 

Albert Einstein (1879-1955) no sólo fue una de las más atractivas figuras contemporáneas y el connotado sabio que deslumbró al mun­do con su teoría de la relatividad, sino también uno de los poquísimos hombres que, en la historia de la humanidad, puede ser calificado sin ninguna duda como genio.


Albert Einstein

Einstein nació el 14 de marzo de 1879, en Ulm al sur de Alemania, en el seno de una familia judía de la clase media; cursó sus estudios primarios en una escuela católica y comenzó a estudiar matemáticas a los doce años. Su infancia la pasó en Munich y posteriormente se trasladó a Berlín; pero, mientras se mantuvo en Alemania, chocó contra enraizados sentimien­tos nacionalistas y una disciplina ciega y estricta.

Al poco tiempo de trasladarse su familia a Milán, Albert se unió a ella y, después de una serie de fracasos, logró ingresar a la Escuela Politécnica de Zurich donde terminó sus estudios en 1900, pero como no consiguió empleo aguantó hambre, hasta que un amigo lo ayudó y pudo emplearse en la Oficina de Patentes de Berna.

En 1903, contrajo matrimonio con Mileva Maritsch, de quien se divorciaría posteriormente para casarse con su pri­ma Elsa Loewenthal. Probablemente este período fue el más fructífero de su vida, pues elaboró las bases de sus futuras y originales teorías.

Al estallar la I Guerra Mundial, Einstein, que ya era famo­so, se opuso al belicismo de Alemania, donde se encontraba, y decidió alinearse definitivamente en el movimiento pacifista. Por otra parte, terminó sus investigaciones y publicó, el 20 de marzo de 1916, su Teoría general de la relatividad, a partir de la cual se ha podido desarrollar, entre otras muchas cosas, la utilización de la energía atómica.

Poco después del ascenso de Hitler al poder, Einstein tuvo que abandonar a Alemania, y pocos años más tarde, su impor­tancia científica y su gran valor civil hicieron de él una figura popular durante la guerra mundial antinazi. No obstante, su fama de hombre bueno disminuyó al saberse que estaba mez­clado en la utilización de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki.

El gran Einstein se radicó en California, EE.UU., donde, después de 20 años, encontró la muerte el 18 de abril de 1955.
 
¿Era Einstein un niño prodigio?

 Einstein de 3 años.

Es curioso que quien probablemente haya sido el hombre más inteligente de la historia humana fue, en su infancia, hasta tal punto torpe que hizo abrigar a sus padres el temor de estar criando un niño subnormal, porque pronunciaba con muchísima dificultad las palabras y, aún a los siete años de edad, murmuraba para sí las oraciones, único modo de alcanzar a memorizarlas. Además, era tan miedoso que cuando veía en un desfile militar a los bravos soldados del canciller Bismarck, en vez de divertirse, lloraba del susto. Sus padres, pues, no creían que ese niño apocado podría llegar a ser un alemán famoso.

¿Fue buen estudiante?

Lejos de desaparecer, tales rasgos no muy halagadores se acentua­ron mucho en su juventud, y tratándose de esto, basta recordar un factor importante en la formación de Einstein: sus padres eran sumamente liberales, y, a la vez que no se interponían en el desa­rrollo de su personalidad, lo acostumbraron a no estar bajo la tutela de nadie. Así, Einstein asimiló profundamente esta educa­ción: y a lo largo de su vida, se opondría a toda autoridad.

Ahora bien: la escuela prusiana, con sus reglamentos estrictos y sus profesores, varios de ellos mariscales, produjo a Einstein un terrible malestar. Además, agreguemos que, salvo contadas excepciones, estos educadores no conocían la pedagogía. El joven, pues, no aprendía sino a odiar; a odiar el militarismo y la arbitra­riedad, lección nada despreciable para Albert.

Se quedó sin empleo cuando se graduó

Si se tiene en cuenta que con un bachillerato a medias y con el mal precedente de haber fracasado en el examen de admisión, donde obtuvo muy bajas notas en física y matemáticas, Einstein, al lo­grar entrar finalmente a la universidad, no trató con mayor donai­re a sus superiores. Igualmente, recordemos que ya en ese entonces mostraba lo que aún no había pasado de ser un talento superior; y, sin embargo, sufría un rechazo muy similar al que encontraba cuando no era más que un niño alelado. La causa de todo era su inveterado antiautoritarismo: no iba a las clases; no seguía los reglamentos; era indiscreto e insolente. Cuando terminó la carre­ra, ninguno de sus profesores quiso tomarlo como ayudante, pese a ser un joven demasiado brillante pero difícil.

Músico


Einstein era también aficionado al violín y llegó a dar recitales públicos.

Con alguna frecuencia, se ha dicho que Einstein era un eximio violinista y esto no deja de obedecer a una lógica: los desaparecidos, y en general, los muertos famosos, son siempre más o menos perfectos. En realidad, Einstein no era más que un aficionado, que interpretaba sólo para sus amigos y no tomaba muy en serio esta disciplina musical. Todo lo que se diga en contra es una diviniza­ción absurda. Empero, sí es importante destacar que esta afición suya revelaba uno de los rasgos más interesantes de Einstein, o sea la combinación del científico y el artista, con su potente imagina­ción y poder creador, sin los cuales jamás hubiera nacido la teoría de la relatividad.

El fracasó de su primer matrimonio

Al respecto, existen varias interpretaciones maravillosamente in­genuas, algunas de las cuales retratan a Einstein como el genio insensible que, lanzándose en busca de la ciencia, abandona una familia tierna y solícita; otras, pintan a Mileva como un ama de casa dominante y arisca, origen de todos los conflictos.

Ciertamente, el asunto nunca fue muy sencillo. Mileva era una mujer inflexible pero culta, con aspiraciones propias, a quien Einstein se empeñaba sistemáticamente en subestimar. La quería, es verdad, pero como matrona. Por otra parte, Einstein, quien era, sin duda, menos que convencional, se fue desgreñando, a la par que introducía extrañas innovaciones en su manera de vivir; así, por ejemplo, suprimió los calcetines, produciendo con su actitud, entre sus amigos, un nervioso asombro, muy parecido a una sonrisa contenida que Mileva no soportó más, y que, entre otras razones parecidas, la llevó a separarse de Albert. Como divorciados los ex esposos fueron ejemplares; nunca hubo, pese a lo que se diga, encono de parte alguna.

EL MOVIMIENTO SIONISTA, O COMO RETORNAR A JUDEA

Además de participar en el amplio movimiento pacifista —al lado de grandes personalidades, como Romain Rolland, Bernard Shaw y Henri Barbusse—, Einstein fue un militante activo del sionismo. A ello lo condujo, más que una identifica­ción con sus hermanos de raza, el repudio a las actividades antisemitas que se estaban volviendo moda en Europa y que, a la postre, produjeron la infinita crueldad en los campos nazis de exterminio.

Aparte de los conocidos dirigentes políticos, propiamente dichos —Blumenfeld, Weizmann, Ben Gurión, Theodor Herzl—, con quienes se relacionó Einstein, poniendo su nom­bre al servicio de ellos y recaudándoles fondos, el movimiento sionista contaba con renombradas figuras de la intelectuali­dad. Entre otros muchos, mencionemos a los novelistas Max Brod y Franz Kafka, el mártir Rathenau y el judío —no sionista activo— Sigmund Freud.

Gracias a sus contactos con Inglaterra, el poderoso movi­miento sionista ya había garantizado un territorio en Pales­tina, a donde emigraron más de 600.000 judíos en vísperas de la II Guerra Mundial.

Fue estable su segundo matrimonio

Por muchas razones, el segundo matrimonio de Einstein fue radi­calmente distinto al primero. Comenzando porque tanto Albert como Elsa eran divorciados y, por eso mismo, no abrigaban ilusas expectativas de hallar grandes realizaciones en una unión, origen de tantos desencantos en las parejas primerizas.

Además, Elsa reunía varias cualidades: tenía un especial senti­do del humor —indispensable para aguantar a un genio de la talla de Einstein—, y como no abrigaba ambiciones podía subordinarse a la obra de este gran hombre. Subrayemos, entre paréntesis, que mientras Mileva, tal vez más enamorada, se había casado con su novio, un tal Albert Einstein, Elsa lo había hecho con un científico ya reconocido, pues hay que admitir que la admiración es capaz de unir más de lo que se piensa a los seres humanos.

¿Qué es la teoría de la relatividad?

La relatividad constituye uno de los avances científicos más importantes de la historia. Alteró nuestra manera de concebir el espacio, la energía, el tiempo y tuvo incluso repercusiones filosóficas, eliminando la posibilidad de un espacio/tiempo absoluto en el universo.
 
La teoría de la relatividad, tal como la expuso Einstein, tuvo dos formulaciones diferentes. La primera 
publicada el 11 de abril de 1905, es la que corresponde a dos trabajos publicados en 1905 en los Annalen der Physik. Es conocida como la Teoría de la relatividad especial y se ocupa de sistemas que se mueven uno respecto del otro con velocidad constante (pudiendo ser incluso igual a cero). La segunda, llamada Teoría de la relatividad general, publicada el 20 de marzo de 1916, es una teoría de la gravedad que reemplaza a la gravedad newtoniana pero coincide numéricamente con ella en campos gravitatorios débiles. La teoría general se reduce a la teoría especial en ausencia de campos gravitatorios.

Exponer la teoría de la relatividad es bastante embarazoso. Se ha publicado una copiosa literatura que, supuestamente, le explica el tema al profano; mas, realmente, casi siempre lo máximo que logra es hacer sentir al estudioso como un estúpido, porque querer reducir la teoría de la relatividad a unas cuantas líneas es una labor de síntesis sencillamente imposible.


Con sus teorías, Einstein dio un vuelco total a la astronomía.

No obstante, se debe intentar dar una idea, aunque sea somera­mente, de su sentido e importancia. Dicha teoría tenía en cuenta:

  • Que todas las cosas están en movimiento unas respecto a otras, por lo cual todos sus valores son «relativos».
  • Que, por consiguiente, el tiempo y el espacio no existen sino como coordenadas, como dimensión, es decir, con relación al movi­miento.
  • Que el único valor absoluto en este sistema es la velocidad de la luz.
  • Que entre materia y energía existe una íntima relación, pudiendo la primera transformarse en la segunda.

Se llamó a Einstein «apóstata del pacifismo»

Einstein, que había sacado todas estas genialidades de las recondi­teces de su cerebro, fue objeto de la admiración universal. Al gran sabio se le concedió el Premio Nobel de Física —no por la teoría de la relatividad, sino por un descubrimiento menor, demostrándose de esa manera que los integrantes de la Academia sueca eran bastante expertos en ponerse a cubierto—, ya que la popularidad del sabio era inmensa. Este, a su vez, aprovechó su celebridad para servir con entusiasmo al movimiento pacifista, preconizando un internacionalismo utópico e inocentón, pero infortunadamente se estrelló contra los hechos, pues, con la victoria nazi, el gran Eins­tein tuvo que salir de Alemania, después de condenar violentamen­te al nuevo régimen.

Como, con una intuición práctica poco común, Einstein reco­mendara a las potencias europeas que se armaran contra la ame­naza hitleriana, le llovieron los reproches, pero, con el tiempo, el desenvolvimiento de los acontecimientos históricos demostró que había tenido razón; de haber seguido los consejos de Einstein —boicot económico contra Alemania, repudio radical a su política, etc.—, los dirigentes occidentales hubieran podido, por lo menos, aplazar significativamente la II Guerra Mundial.

¿Las teorías de Einstein podrán ser superadas?

Con cualquier hito de la ciencia puede ocurrir una de estas tres situaciones: permanece y permanecerá inamovible, como es el hecho de que la Tierra gira alrededor del Sol; es refutado, como fue la creencia de que los astros piraban alrededor de la Tierra; y resulta incorporada a una nueva teoría, que fue lo ocurrido con la gravitación universal de Newton a raíz de la aparición de la teoría de la relatividad. Ahora bien, conforme nuevos descubrimientos y teorías impulsen el avance de la ciencia, creemos que cabe la posibilidad de que los aportes del sabio vienés queden incorpo­rados dentro de una teoría más compleja e integradora, pero no imaginamos que puedan ser refutados en lo substancial, porque ¿cómo se podría refutar algo tan demostrable como que la materia se puede transformar en energía? ¿O que ningún cuerpo puede superar la velocidad de la luz?

LOS CIMIENTOS DE EINSTEIN

Antes de Einstein existían una serie de importantes aportes en diversas ramas de la ciencia; sin ellos, la concepción de la relatividad es imposible. Veámoslos muy someramente.

La óptica. Desde el siglo XVII, había dos teorías acerca de la naturaleza de la luz: la ondulatoria y la corpuscular. En el contexto de este debate se lograron unos avances sorprenden­tes. Lagrange, Poisson y Canchy pudieron describir con pre­cisión los fenómenos ópticos, a principios del siglo XIX. Más tarde, Foucault y Fizeau calcularon la velocidad de la luz sin recurrir a mediciones astronómicas. Coronando este proceso, Kirchoff y otros descubrieron el espectro luminoso; y, sobre todo, Doppler descubrió el famosísimo «efecto Doppler» —variación de la frecuencia de onda cuando el observador y la onda se alejan o se acercan—, un pilar de la teoría de la relatividad.

Electromagnetismo. Desde que Volta desarrolló la teoría de la corriente eléctrica y realizó la electrólisis, los descubri­mientos se sucedieron unos a otros: el telégrafo, la bombilla, el teléfono. Fue Maxwell quien dio una importantísima explica­ción a estos fenómenos. Por su parte, Lorentz al estudiar el electromagnetismo de los cuerpos en movimiento, abrió las puertas a la teoría de la relatividad.

LA BOMBA ATOMICA Y LA MORAL

El 6 de aposto de 1945 estalló la bomba atómica sobre Hiroshi­ma. El teniente Robert Levis, quien piloteaba el bombardero, terminó en un hospital psiquiátrico. Veamos por qué:

Como resultado de la explosión, murieron 78.150 personas; 9.428 quedaron gravemente lesionadas; 27.997 heridas y 176.987 afectadas. Con el tiempo, se comprobó que la radia­ción había producido monstruosas mutaciones (por ejemplo, niños con branquias). A Nagasaki no le fue mucho mejor. Tres días después, el 9 de agosto, recibió su cuota de sacrificio; 73.884 muertos y 76.796 heridos de gravedad.

Sin embargo, los norteamericanos aducen que semejante mortandad consiguió la inmediata rendición de Japón y el fin de la II Guerra Mundial, ahorrándose así un mayor número de vidas, las que se hubieran perdido en caso de invadir al Japón. Tal economía de vidas constituye la justificación moral del uso de las dos únicas bombas atómicas detonadas hasta hoy, en un conflicto armado.

Se dice que la teoría de la relatividad es difícil de comprender

Aparte de innumerables aspectos técnicos con los cuales hay que estar familiarizado, para entender la teoría de la relatividad se necesita una respetable dosis de imaginación y flexibilidad mental que permitan asimilar sus alucinantes paradojas.

A modo de ejemplo tomemos una de las más importantes:

Como todos los sistemas están en movimiento, las distancias entre dos puntos fijos varían. Imaginémonos un tren a cierta velo­cidad. En uno de los vagones, un foco luminoso envía una señal a un espejo. Entre el momento que sale la señal y el que llega, el tren ha recorrido determinada distancia y, por lo tanto, también el espejo. Así pues, el espacio entre emisor y receptor ha aumentado. Como no sólo el tren, sino la Tierra, el sistema solar, la galaxia y el Universo están en permanente movimiento—dicho de otro modo, el reposo absoluto no existe— esta paradoja, esta deformación, es universal.

¿Qué consecuencias tiene esto para nuestra vida cotidiana?

Volvamos al caso del espejo y el tren. Como se comprenderá a primera vista, la velocidad de la luz es tan inconmensurablemente elevada respecto de la del tren, que la distancia que puede recorrer éste último entre la emisión y la llegada del haz luminoso al espejo es tan irrisoria, que prácticamente se puede echar de menos y, de hecho, así sucede siempre en nuestra vida cotidiana; por ello, la teoría de la relatividad no ha podido invadir nuestro acontecer diario; o, mejor dicho, sí lo ha hecho, pero por vía indirecta.

En efecto, las novedades de Einstein le dieron enorme poder a la ciencia, hasta el punto de transformar nuestras vidas; y a sus teo­rías se deben las siguientes novedades:

  • Descubrimiento y utilización de la energía atómica.
  • La moderna astronomía y, con ella, la carrera espacial.
  • Numerosas leyes sobre el comportamiento de la luz (gravita­ción, velocidad), sobre las cuales se fundó buena parte de la ciencia actual.

¿Qué quiere decir E=mc2?

Esta fórmula mágica es para muchos sinónimo de sabiduría y, de todos modos, se repite por doquier. Su significado real e implica­ciones, por desgracia, se conocen muy poco.

Esta famosa ecuación es una manera de expresar que la energía de una cosa —de la materia, en general— es igual a su masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz, o sea, no­venta mil millones de kilómetros por segundo. De ahí se deduce el enorme potencial de energía latente que existe en el mundo y, como consecuencia lógica, la posibilidad de encontrar ciertos átomos capaces de liberar esa fuerza en grandes cantidades. Precisamen­te, en dicha ecuación reside la cuna de la energía atómica.

La invención de la bomba atómica

Algunos han querido excusar a Einstein del exterminio masivo, producto de la bomba atómica; creen que es una figura demasiado bonachona como para implicarla en un genocidio. No obstante, la absolución es, independientemente de toda la buena voluntad que se ponga en ella, absolutamente injustificada, porque Einstein no sólo siguió de cerca los trabajos de Fermi y Oppenheimer, sino que fue, desde el punto de vista creativo, el gestor del proyecto.

¿Por qué hizo esto? Veamos: por una parte, Einstein era un antinazi convencido y justificaba cualquier acto que colaborara con el hundimiento del III Reich y del Eje. Mas, por otra, creía ciega e infantilmente en la democracia americana, asunto que el tiempo se encargaría de dilucidarle.

Actitud asumió ante la destrucción de Hiroshima y Nagasaki


Explosión atómica que produce una nube en forma de hongo de la cual salen precipitaciones radioactivas que van a la estratosfera.

La destrucción de Hiroshima y Nagasaki, con sendas bombas atómicas, fue el espantoso genocidio de decenas de miles de japo­neses. Ciertamente, había agravantes, pues la mayor parte de los muertos eran civiles, y el país-víctima era ya una potencia derrota­da y al borde del colapso.
Un hombre de la sensibilidad de Einstein no podía quedarse impávido ante semejante hecatombe. Protestó enérgicamente contra tal matanza, quedando hecho trizas su americanismo acen­drado, al firmar manifiestos, gritar y protestar, más aún cuando su decepción por la obra de su vida, por la ciencia en general, se hizo patente. Al fin y al cabo, su máximo resultado había sido un monstruoso artefacto de muerte y desolación, que hizo que Eins­tein conservara, hasta el fin de sus días, una impresión de impoten­cia y de fracaso.

¿Creó algo en los últimos años de su vida?

Los últimos veinte años los vivió en EE.UU., pero, desde aún antes, Einstein ya se había enredado hasta tal punto en las formalidades académicas y burocráticas —que él odiaba tanto—, en las intensísimas actividades políticas —pacifismo, antinazismo; además, lle­gó a convertirse en una de las figuras más importantes del joven movimiento sionista—, y en menesteres científicos de menor cuan­tía, que prácticamente no produjo nada nuevo. Si bien se había enfrascado, en los ratos libres, en otra teoría original, los años pasaron y no pudo sacar nada en limpio. Con la vejez y la decep­ción, las posibilidades creativas se hicieron cada vez más remotas.

Sus últimos años los dedicó al estudio de la física cuántica, buscando la llamada "fórmula mundial", un marco unificado para las leyes de la física. Empero, no hay que ver con pesimismo sus últimos años; Eins­tein ya había descubierto un mundo nuevo, y tenía derecho a vivir tranquilamente. Falleció el 18 de abril de 1955 en Princeton, New Jersey, medio siglo después de haber desarrollado la más famosa teoría de física del siglo XX.

Referencia:
CONGRAINS MARTIN, Enrique. Colosos de la Humanidad, científicos e inventores. Forja.

 
 
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