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Roma: Sociedad y vida cotidiana

 
 

La sociedad romana estaba perfectamente estructurada en diferentes clases, pero su estratificación social, cuyos resortes de poder estaban en manos del patriciado fundacional, no se mantuvo intacta desde sus inicios como ciudad-estado, hasta su configuración como uno de los grandes imperios de la Antigüedad. Mucho menos se puede hablar de una estructura social única y uniforme cuando, tras su partición entre Roma y Constantinopla, Roma se dividió entre el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente, más conocido como Imperio Bizantino. En consecuencia tampoco se puede hablar de una vida cotidiana única para el conjunto de la sociedad romana. Sus costumbres variaban según cada estrato social, según las épocas y según los pueblos, que aliados o sojuzgados por Roma, poblaban la vastedad imperial.

Por lo general, los historiadores hacen extensivas al conjunto del Imperio Romano las pautas de vida imperantes en la ciudad de Roma, ya que, ella fue el patrón o modelo que los romanos intentaron imponer a los pueblos que dominaron.

Vestimenta

En la antigua Roma, la vestimenta constaba de dos tipos de piezas. Una era la “indutus” (la interior) y la otra la “amictus” (la exterior). En un comienzo, las ropas se reducían a una sola pieza: la túnica. A veces llevaban otra túnica interior –“subúcula”-, equivalente a la actual camisa. La túnica superior solía ceñirse con un cinturón –“cingulum” o “cintus”-, cerrado con broche –“fíbula”-. La toga era una amplia vestidura de forma circular y envolvente, que era cerrada por abajo y abierta por arriba, hasta la cintura. Los niños y los magistrados llevaban una toga adornada con tiras de púrpura, mientras que los grandes prohombres vestían la toga con bordados dorados (“toga palmata”). Sólo los emperadores ostentaban la “toga purpurea” u otra con bordados de oro (“toga picta”) como signo de indiscutible superioridad.

Las mujeres romanas llevaban una túnica larga y holgada (“stola”), sobre la cual vestían la “palla”, similar a la toga masculina. Algunas cubrían su cabeza con una cofia (“mitra”), con un velo (“ricinum”) o una capucha. El calzado más común era la sandalia (“solea”), atada con unas correas. Pero los nobles solían usar también el “calceus”, especie de zapato que cubría más el pie, o el “campagnus”, una bota más grande.

Hábitos laborales

En las casas, el ritual cotidiano era el mismo: los miembros de la familia, primero y los esclavos después, debían saludar al “pater familias”, quien era amo y señor de la casa. Éste era el encargado de dar las órdenes generales para el desarrollo de las actividades diarias, aunque siempre contaba con un criado de confianza que desempeñaba el papel de asistente. Cumplidos estos requisitos, el patricio se dirigía al Foro, donde se ponía al tanto de las novedades políticas, conversaba con sus pares y se dedicaba a los negocios, por lo general referidos a las transacciones de tierras o la comercialización de sus productos.


Pocos espacios han sido tan influyentes en la historia del urbanismo como el Foro romano, no sólo desde el punto de vista arquitectónico sino social y cultural. Aún hoy se utiliza la palabra foro como un lugar donde se congrega la gente para discutir asuntos de interés.

Al igual que en las ciudades-estado helenas, el “Foro romano”, heredero formal del ágora griega, se convirtió en el centro político, económico y religioso de la ciudad. Su primer pavimento ha sido datado en el año 753 a.C., fecha que se asigna a la fundación histórica de Roma. En el Foro tenían lugar los comicios curiados (elecciones de delegados a la asamblea), que bajo la monarquía, lograron influenciar un poco en los reyes, que gobernaban al estilo de los tiranos helénicos desde el Capitolio. En el Foro también funcionaba el mercado, que con la expansión de Roma, pronto se convirtió en epicentro comercial de toda la península. También allí se levantaban los grandes templos religiosos.

Los niños romanos iban a la escuela escoltados por su pedagogo, especie de tutor responsable de su formación. Las niñas en cambio permanecían en casa. Había criadas encargadas de enseñarles el desempeño de las tareas domésticas, en especial el hilado y el tejido. De hecho, esta formación de las hijas era un curso que las preparaba para el momento supremo del matrimonio, que resolvía el “pater familias” en una especie de transacción económica, política y social.

El mediodía era la hora del almuerzo, especialmente frugal en tiempos de calor y sofoco. Cuando el calor oprimía se imponía la siesta, en horas en que, como cuenta Cicerón, el “venturoso silencio” reinaba en la bulliciosa ciudad. Recuperadas las fuerzas cuando el sol comenzaba a bajar, llegaba la hora de ir a los baños, para los cuales los arquitectos trazaban cómodas instalaciones, siempre bien abastecidas por los acueductos que se levantaban en extramuros. Las piscinas para disfrutar del baño romano también eran un escenario apropiado para el encuentro con los amigos y el abordaje de nuevos negocios.


Los baños públicos con estancias reservadas para actividades gimnásticas y lúdicas, también eran considerados lugares de reunión y a ellos acudía la gente que no podía tener uno en su casa, como los plebeyos o los esclavos.

Los romanos no tenían fines de semana inactivos. Sólo con el cristianismo se impuso la celebración del día domingo como jornada de descanso –día del señor (“dominus”)- , a su vez heredado del sábado de los judíos, aunque entre estos el “shabat” era día de estudio y reflexión.

Hábitos alimentarios

Se le atribuye a los romanos cometer grandes excesos en la comida y la bebida, pero sólo el patriciado gozaba de tanta abundancia. El romano medio tenía dificultades para conseguir comida barata y fresca. En el mercado la oferta era de mala calidad, por eso se apelaba a distintos recursos para olvidar que se ingería comida en descomposición: las hierbas aromáticas ayudaban a disimular el mal olor. Por lo general, el desayuno consistía en pan y agua, y el almuerzo en carne y fruta con vino. La comida principal era la cena. Los pobres carecían de cocina en sus viviendas, lo que los obligaba a conseguir en el mercado productos idóneos para ser consumidos en el momento. El descontento por la escasez de comida era tan grande, que los emperadores instituyeron días de reparto de comida gratuita.

Vivienda

Las residencias de los ciudadanos romanos dependían de su riqueza. Las casas modestas eran llamadas “insulae”. Originadas por la superpoblación, eran edificios de varios pisos con balcones. Carecían de agua corriente y eran de mala calidad, lo que propiciaba incendios y hundimientos. Los patricios vivían en “villae” opulentas, fuera de la ciudad, y los ricos comerciantes habitaban en el “domus”, dentro del casco urbano. De origen etrusco y estructura rectangular, el “domus” acabó por convertirse en una vivienda amplia para gente adinerada. Tenía una sola planta, con habitaciones designadas para un único uso.


Las casas (domus) de los romanos con alto poder adquisitivo delatan la sofisticación de sus costumbres.

En los barrios pobres, la casa romana tradicional era construida alrededor de un  salón central –“atrium”-, con un pequeño patio o un jardín trasero. Algunas tenían una habitación a cada lado de la puerta principal, sin comunicación con la casa. Estos ambientes eran alquilados a pequeños comerciantes. Los arqueólogos han constatado cómo, a medida que los propietarios prosperaban, iban ampliando sus viviendas comprando las casas linderas. En los barrios pobres el hacinamiento era intenso y las calles se volvían peligrosas por el auge de la delincuencia.

Espectáculos públicos

 

Los patricios celebraban los aniversarios del ascenso al trono de los emperadores, que por lo general, implicaban un gran despliegue de espectáculos públicos. Éstos eran una gran válvula de escape para aliviar las tensiones sociales. Aunque situados en graderías de distinta calidad  y ubicación, los espectáculos públicos eran una de las pocas oportunidades en que los amos y señores de Roma y la plebe compartían un mismo momento de emoción. Por lo general, todas las gargantas hacían suyo el mismo aullido de “iugula” –equivalente a: ¡cortale el cuello!- cuando en la arena del circo se decidía la vida o la muerte de algún gladiador, si bien el pulgar del emperador y los suyos era el que disponía su destino. Eso sí, para dictar su sentencia, los patricios estaban atentos a las preferencias de la multitud, ya que la política de “panem et circum” –pan y circo- estaba destinada fundamentalmente a halagar a la plebe.

Augusto incrementó al máximo esta política de contentar al pueblo con grandes juegos y espectáculos públicos, como las carreras de cuadrigas y los combates de gladiadores. De esta manera, consiguió que la población romana se distrajese de los esfuerzos de las campañas militares en el extranjero y olvidase las anteriores guerras civiles.

Deportes

Las carreras de cuadrigas (carros tirados por cuatro caballos en línea) era el juego más popular de todos. Los fabricantes de carros se esforzaban por construirlos lo más livianos posible para alcanzar mayor velocidad y, en este sentido, había una verdadera competencia entre ellos. Los “aurigas” o conductores eran plebeyos, aunque el emperador y filósofo Marco Aurelio alababa a los jóvenes patricios que, en un alarde de coraje e igualitarismo, se jugaban la vida en la competencia.

 

Conducir un carro era un deporte peligroso: las riendas iban atadas a la cintura del auriga y, en caso de un choque con otro carro, el conductor era arrastrado hasta morir. Esta posibilidad excitaba aún más la pasión por las competencias. Se hacían apuestas, y las acusaciones de corrupción y juego sucio estaban a la orden del día. En cada carrera competían entre cuatro y ocho carros, que solían responder a cuatro colores diferentes –azul, verde, rojo y blanco-, cada uno de los cuales contaba con partidarios fanáticos. Tras cruzar la meta, al ganador se le entregaba una corona de laureles y una palma como símbolo de victoria, además de un premio en dinero. Los aurigas con más victorias deportivas en su haber se convertían en verdaderos héroes populares y eran festejados ostentosamente por las altas esferas del poder.

El modelo de familia romana

La familia romana estaba constituida no sólo por los padres, hijos y parientes, sino también por todos los que vivían bajo la autoridad del “pater familias” –cabeza de familia-, incluidos los criados y los esclavos. El cabeza de familia era siempre un hombre -jamás una mujer-, y no dependía de nadie sino todos de él, sin importar que fuese casado o soltero, ni su edad. La “patria potestas” lo autorizaba a disponer de la vida, la muerte y la venta de cualquier miembro de la familia. Podía abandonar legalmente a un hijo nacido de su mujer o reconocerlo; también adoptar hijos de otros, así como concertar los casamientos de sus hijos. Como jefe de la familia, era también el sacerdote de la religión hogareña y el juez en los conflictos entre los parientes. En las viviendas romanas se celebraban cultos religiosos familiares dedicados a los “penates” (deidades domésticas), que eran presididas por el “pater familias”.

 

Ante el templo de Pietas estaba la Columna Lactaria, donde eran depositados los bebés ilegítimos. Habitualmente, quienes los recogían los convertían en esclavos si eran varones, y en prostitutas si eran mujeres. Eran excepcionales los casos de adopción. Los niños deformes o considerados débiles eran asesinados. Cuando una esclava tenía un hijo, era responsabilidad de su amo aceptarlo en la familia o rechazarlo. El amo también estaba autorizado a matarlo. Irónicamente, era bien visto que un amo liberase a un esclavo moribundo para que pudiese morir en libertad.

El casamiento de dos jóvenes romanos dependía exclusivamente del “pater familias”, quien pocas veces tenía en cuenta las opiniones de los interesados. Decidido el matrimonio el primer paso era la celebración de los esponsales, ceremonia en la que los respectivos padres concertaban la fecha del casamiento de los hijos y establecían la dote que la joven aportaría al matrimonio. Si la boda no se celebraba en el plazo estipulado, era habitual que la novia perdiese la dote.

  “Boda romana” por J. Grasset y L.F. Labrousse, 1796.

La primera estructura social y política de Roma fue la familia. De la agrupación de algunas familias del mismo tronco surgieron las “gens”, y de un conjunto de “gens” surgieron las tribus. A medida que la familia se iba extendiendo, se formó la “gens” o raza de un tronco común, integrada por los miembros de la familia propiamente dicha (“adnati”) y por los gentiles, o sea, todos aquellos procedentes del mismo antepasado. Cada “gens” tenía un punto común de encuentro, que generalmente se asociaba con un culto religioso. Este punto de encuentro constituyó el embrión de las “civitas”, ciudades o áreas de una misma ciudad.

La legislación familiar romana precisaba que, el parentesco natural, fundado en la descendencia física de la mujer –llamado “cognatio”-, carecía de valor civil. En cambio, el parentesco civil, fundado en el reconocimiento por parte del hombre de su descendencia o en la adopción como hijos de descendencia ajena –llamado “agnatio”, era el único parentesco legalmente válido. La “adoptio” consistía en la adopción de alguien. Si el adoptado era “pater familias”, se adoptaba a toda su familia y todo su patrimonio pasaba a otro. Ante la ley, sólo los ciudadanos romanos tenían derecho a contraer matrimonio. Aunque la “Lex Canuleia” que prohibía el matrimonio entre patricios y plebeyos, fue derogada, la tradición mantuvo las diferencias de clase. Los hombres se consideraban aptos para casarse a los catorce años y las mujeres a los doce. Tras la celebración del matrimonio –simbolizado por un intercambio de anillos-, la mujer pasaba a formar parte de la familia de su marido y estaba sujeta al poder marital (“manus”), del que no podía emanciparse.

Situación de la mujer romana

Dentro de la estructura familiar romana, eminentemente patriarcal, la mujer -a quien la ley consideraba un ser menor- pasaba del poder paterno al poder marital y, en caso de enviudar, al de su hijo mayor. Debía vivir una vida de obediencia. El trabajo le era ajeno, excepto hilar y tejer, que eran las únicas tareas manuales dignas de su rol familiar. Como ama de casa debía supervisar las tareas domésticas, que eran cumplidas por las sirvientas y las criadas, que formaban parte del plantel de esclavos. Para los romanos, el crimen más grande que podía cometer una mujer era el adulterio, y lo castigaban con la muerte. No era considerado sólo un crimen de carácter moral, sino de traición a los dioses tutelares. Mientras, era considerado totalmente normal, que el hombre mantuviese relaciones extraconyugales, incluso con las criadas y las esclavas. La prostitución era considerada un trabajo que no necesariamente desmerecía a quien la ejercía. Por otra parte, las relaciones homosexuales eran aceptadas entre los hombres, pero no entre las mujeres.


Entre las mujeres destacadas de Roma figura Aurelia Cotta o Aurelia (120-54 a.C.), madre de Julio César. El historiador Tácito la consideraba el ideal de matrona romana. Plutarco la describía como una mujer estricta y respetable. Inteligente, independiente y reconocida por su belleza, ejerció gran influencia en el ascenso político de su hijo.

LAS VESTALES: eran sacerdotisas consagradas a la diosa Vesta. Debían ser vírgenes, de padres patricios y de gran hermosura. Eran seleccionadas entre los seis y los diez años. Su mayor responsabilidad era mantener encendido el fuego sagrado de los templos. Cuando una candidata a vestal resultaba seleccionada, era separada de su familia y conducida al templo. Allí le eran cortados los cabellos. El servicio como vestal duraba treinta años. Cumplida su misión, las vestales podían casarse si querían, aunque casi siempre las retiradas optaban por permanecer célibes en el templo. Perder la virginidad era considerada una falta peor incluso que dejar que se apagase el fuego. Inicialmente, el castigo fue la lapidación, luego fue sustituido por el decapitamiento o el enterramiento en vida.

Las Legiones


Aspecto de un soldado romano. Sólo los reconocidos como ciudadanos romanos podían ingresar a las legiones, donde su servicio duraba veinticinco años. Al licenciarse, eran recompensados con tierras o dinero.

Las legiones fueron la herramienta fundamental de Roma para expandir su Imperio por toda la cuenca del Mediterráneo, con grandes áreas de dominio en Asia, África y Europa. Halagadas por los sectores dirigentes, también fueron la base de sustentación del poder. Para facilitar su desplazamiento, estaban las extensas carreteras que unían todos los confines del Imperio. Sin poder sustraerse a los conflictos políticos y sociales, también vivían sus momentos de división y enfrentamientos internos a partir de las distintas tomas de posición de los generales. Sin embargo, amparadas por un presupuesto ilimitado, que se traducía en la renovación tecnológica constante de sus artilugios bélicos. Las legiones encarnaban la quintaescencia del “espíritu de Roma”. Y se creían imbatibles, aunque la historia se encargó de desmentirlo.

Las legiones romanas estaban subdivididas en centurias (unidades de cien soldados), a cuyo frente había un centurión. Los centuriones eran los encargados de adiestrar a las tropas y estaban obligados a combatir en la primera línea. Los llamados “primus pilus” (primera lanza) solían superar los sesenta años de edad y su servicio duraba un año, prorrogable en caso de necesidad militar. Cumplido su servicio, se retiraban con una excelente pensión.

La Guardia Pretoriana reunía unos diez mil hombres y permanecía acantonada en los alrededores de la ciudad de Roma. Su misión era defenderla de un ataque exterior y asegurar el orden interno. Sólo debía lealtad al emperador.

La construcción de fuertes fue crucial para el avance del ejército romano, ya que proporcionaban seguridad y autonomía en territorio hostil. Eran construidos por los mismos soldados, quienes eran provistos de pala, picos y estacas. Muchos fuertes fueron el origen de numerosos pueblos.
 

Fuente: Grandes Civilizaciones de la Historia. Editorial Sol 90

 
 

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