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Totalitarismo

 
 

“Estados dominados por la policía política”

En general, se considera que el totalitarismo es un fenómeno moderno, un sistema político completo que alcanzó su máxima expresión con el dominio de los nazis en Alemania, el de los fascistas en Italia y España, y el de los comunistas en la Unión Soviética y China. La autoridad total sobre todos los ciudadanos resulta más fácil de ejercer en una época de política de masas, tecnología policial y comunicaciones rápidas.

 Todo régimen totalitario es una dictadura en la que el imperio de la ley queda prácticamente suspendido y la policía secreta se convierte en el departamento más importante del Estado. Pero el totalitarismo es más que una dictadura. Aunque los regímenes totalitarios exigen obediencia y la imponen mediante el terror y la intimidación, lo que los distingue es que también exigen conformidad. Su objetivo es penetrar en las mentes de los ciudadanos hasta que toda la nación se convierta en una unidad ideológica, sin posibilidad de discrepancia. Al incluirlo todo en la órbita del partido, politizando toda acción y todo pensamiento, se elimina la actividad política.

La escritora Jung Chang (británica nacida en China), ha descrito el totalitarismo en un párrafo de su libro Cisnes Salvajes, sobre sus recuerdos de la vida en la China de Mao: «La intrusión del Partido en todos los aspectos de la vida de las personas era el objetivo fundamental del proceso conocido como "reforma del pensamiento"... Cada semana se celebraba una reunión para los implicados "en la revolución". Todos tenían que criticar sus propios pensamientos incorrectos y someterse a las críticas de los demás... Las reuniones constituían un importante instrumento del control comunista. No dejaban tiempo libre a la gente y eliminaban la esfera privada.» Así pues, los regímenes totalitarios se oponen al individualismo, que venía constituyendo la base de la civilización europea desde el Renacimiento.


La Voluntad General


Ilustración sobre la guillotina en Francia

El entusiasmo con que las turbas parisinas celebraban las ejecuciones masivas que tuvieron lugar durante el Terror (1793-94) se podría considerar como una manifestación negativa de la «voluntad general». En el espacio de once meses fueron ejecutadas 17.000 personas.

En "El Contrato Social" (1762), Jean Jacques Rousseau (1712-1778) expusó su idea de la «voluntad general». Esta no era simplemente el deseo de la mayoría, ni la suma total de los deseos de todos los individuos de una sociedad. Era algo más nebuloso: el deseo de lograr el máximo bien común para lo que él llamaba «el cuerpo moral y colectivo» de la comunidad. En opinión de Rousseau, esta idea tan complicada y abstracta conducía al reconocimiento democrático de la soberanía del pueblo. Pero las dificultades surgen cuando se intenta dar expresión práctica a la «voluntad general». Alguien tiene que decidir cuál es la voluntad general y cómo llevarla a cabo. Rousseau argumentaba que todos deben estar obligados a obedecer la voluntad general, y que de este modo «se les obliga a ser libres».

Algunos críticos de Rousseau creyeron distinguir en su implícita tendencia antipluralista y antiindividualista una anticipación del temperamento totalitario que va desde Robespierre (1758-1794) —dirigente revolucionario francés en el período del Terror, que declaró: «nuestra voluntad es la voluntad general»— hasta Stalin y Adolf Hitler.

Mein Kampf

 Adolf Hitler 
El libro fue publicado en dos tomos. El primero en 1925, titulado “Retrospección”; el segundo tomo en 1928, llevó por título “El Movimiento Nacionalsocialista”

Adolf Hitler (1889-1945) escribió su obra fundamental, Mein Kampf (Mi lucha), mientras estaba en la cárcel por su participación en el frustrado golpe de estado de Múnich (1923). Sus secciones autobiográficas son una crónica melodramática de su lucha personal por superar circunstancias adversas, e incluyen párrafo tras otro su desprecio hacia los judíos. Pero el libro contiene dos elementos de gran interés. El primero es el análisis que hace Hitler del poder de la propaganda y las técnicas necesarias para que resulte eficaz. El segundo es la exposición de su plan para ganar lebensraum «espacio vital» para la raza aria, creando un imperio eslavo en el Este, mediante la absorción de los pueblos germanoparlantes de Austria y los Sudetes checos y la imposición del dominio nazi en Polonia y Rusia.

Para Hitler, «la naturaleza no conoce fronteras políticas. Comienza por establecer la vida en el planeta y luego contempla la libre interacción de fuerzas. Sus hijos predilectos son los que demuestran mayor coraje e industriosidad, y a ellos se les concederá el derecho soberano a la existencia».

Antisemitismo

 Cartel antisemita en Alemania, 1933
El antisemitismo nazi comenzó por la obligación a los propietarios judíos de dejar poner en sus negocios panfletos como éste.

Tan semitas son los hebreos como los árabes y los asirios, pero la palabra «antisemitismo» se aplica específica, aunque incorrectamente, al odio o prejuicio contra los judíos, que se ha mantenido con altibajos desde la fundación del cristianismo. Uno de los primitivos argumentos alegaba que «los judíos crucificaron a Cristo», pero en tiempos modernos la principal acusación era que los judíos sólo estaban interesados en amasar dinero a costa de otros. En la Europa del siglo XIX, muchos judíos, excluidos de las profesiones de prestigio, del ejército y de los cargos políticos, se dedicaron al comercio, la industria y la banca. Su éxito provocó resentimientos, que se camuflaron con lenguaje seudocientífico.

El antisemitismo se vio fomentado por los escritos del inglés Houston Stewart Chamberlain (1855-1927) y el alemán Heinrich von Treitschke (1834-1896), que se empeñaron en demostrar la inferioridad de los judíos y la superioridad de los teutones. El término “antisemitismo” fue utilizado por primera vez en 1789 por el periodista alemán Wilhelm Marr, en un panfleto que exhortaba a la hostilidad contra los judíos desprovisto de toda connotación religiosa. Meses después se fundó la Liga de los antisemitas (Antisemiten-Liga), por ello Marr es considerado el padre del antisemitismo moderno.

  
Houston Stewart Chamberla                     Heinrich von Treitschke                                                Wilhelm Marr

Pero el racismo antijudío es muy antiguo, y sus orígenes sí son religiosos. Los cristianos no admitían que los judíos rechazaran creer en Jesús como el hijo de Dios, y cuando el cristianismo se convirtió en la religión mayoritaria de Europa, los judíos fueron perseguidos regularmente. Hubo períodos de calma en que se les toleró, y períodos de persecución como durante las Cruzadas en la Edad Media. En el año 1.096, los judíos de Espira, Worms, Maguncia y Colonia en Alemania, fueron masacrados. En 1.336 el rey Felipe el Hermoso expulsó a los judíos de Francia confiscando todos sus bienes.

A finales del siglo XIX, cuando los prejuicios religiosos comienzan a quedar desacreditados gracias al liberalismo, surge en Alemania una nueva fase del antisemitismo vinculado a la noción de raza y a la construcción de las naciones, con connotaciones nacionalistas que tuvo su máxima expresión durante el nazismo. Hitler tildaba a los judíos de parásitos y afirmaba que hay una “sangre alemana” y una “sangre judía” y que era necesario purificar a Alemania del judaísmo, lo que desemboco el Holocausto.

 Algunos países como Rumania, consiguieron establecer pactos con los nazis, salvando la vida de muchos judíos. Otros como Grecia, colaboraron con tal fervor que casi todos los judíos de Salónica y otras ciudades fueron a parar a campos de concentración

Arte degenerado

A los dictadores les obsesiona la limpieza. En su incesante afán de eliminar todo rastro de impureza en sus territorios, recurren a una limpieza tras otra: en sus funcionarios, en el ejército, en las universidades y en sus propios partidos. En 1937, Adolf Hitler inauguró la Gran Exposición de Arte Alemán, en Munich, que tuvo lugar en un edificio nuevo con aspecto de templo y estilo neoclásico, que pretendía ser la respuesta nazi al estilo internacional que predominaba en la arquitectura occidental: el estilo de la Bauhaus y Le Corbusier.

En su discurso de inauguración, Hitler declaró que los nazis iban a emprender una «guerra implacable de destrucción contra los últimos vestigios de la desintegración cultural», refiriéndose a las obras de los artistas modernistas que eran «incapaces de hacerse comprender por sí mismas y necesitaban un pretencioso manual de instrucciones para justificar su existencia».

Al día siguiente se inauguró también en Munich una exposición de «arte degenerado», organizada por los nazis para repudiar las distorsiones de forma y color, condenar como blasfemas las pinturas religiosas de Emil Nolde (1867-1956) y Max Beckmann (1884-1950) y denunciar su inmoralidad. En otras palabras, para demostrar que la experimentación estética era «la raíz común de la anarquía política y cultural». El público acudió en masa a ver esta exposición, mientras que la de arte alemán «digno» despertaba mucho menos interés. Durante los dos años siguientes, se fueron retirando de las galerías las obras modernistas. Miles de ellas se vendieron para engrosar los fondos de guerra de los nazis, otras muchas se quemaron en público.

 
“La Última Cena”, de Emil Nolde                                                                           “Retrato de una Familia”, de Max Beckmann 
Todas las obras de estos artistas fueron tildadas de “degeneradas” por los nazis

El Estado Corporativo

El concepto de Estado corporativo se asocia principalmente con Benito Mussolini (1883-1945), jefe del movimiento fascista que ascendió al poder en Italia en 1922. En el estado corporativo, todas las asociaciones autónomas y todos los intereses comerciales, pierden su individualidad e independencia.

Mussolini definió el concepto en el artículo que escribió para la Enciclopedia Italiana: «Ningún individuo y ningún grupo (partidos políticos, sindicatos, clases) existe fuera del Estado. Por esta razón, el fascismo es contrario al socialismo, que se aferra rígidamente al concepto de lucha de clases en la evolución histórica e ignora la unidad del Estado, que moldea las clases en una única realidad moral y económica».

Sin embargo, no fue casual que Adolf Hitler llamara a su movimiento «nacionalsocialista»; tanto el nazismo como el fascismo compartían con el socialismo la intención de poner la economía bajo el control del gobierno central. Los socialistas pretendían hacerlo en nombre del pueblo y describían la nacionalización como «propiedad pública». El fascismo proponía un control estricto del cambio de divisas, el tráfico de materias primas, las inversiones, la organización disciplinada de la fuerza laboral —tanto industrial como agrícola—, los precios, los salarios y los beneficios,  todo ello en nombre del Estado. En los años treinta, el Estado corporativo resultó ser poco más que la subordinación de todas las actividades a la tarea de poner a Alemania e Italia en pie de guerra.

 
Benito Mussolini creía que, en último término, el Estado mismo actuaba como corporación nacional, esto permitía que todas las clases participaran en la producción económica.

Genocidio

La violencia es inherente a los regímenes totalitarios porque el terror es una de sus armas y el silenciamiento de los disidentes una de sus necesidades. El genocidio —la eliminación sistemática de una raza o pueblo— no es un corolario necesario de la dictadura, pero a los dictadores les viene bien poder echar la culpa a otros, desviar el descontento hacia un chivo expiatorio. A lo largo de la historia, los demagogos han acusado siempre al «enemigo interior». En Irak, Sadam Husein utilizó en este sentido a las comunidades kurdas de la parte norte de su país, amenazándolas con la aniquilación.

Para que una política de genocidio tenga éxito, hay que preparar bien el terreno. El escritor inglés Aldous Huxley (1894-1963) explicó que «cuando a hombres y mujeres concretos se los considera como meros representantes de una clase que previamente se ha definido como maligna, desaparecen los reparos a hacerles daño o matarlos».


La matanza de judíos por los nazis no comenzó hasta después de que éstos convencieron al pueblo alemán de que los judíos eran los responsables de todos los males de la sociedad alemana. Los judíos fueron deshonrados y difamados, en textos e imágenes que los presentaban como animales. “La solución final de la cuestión judía”, fue la terminología del Estado nazi para intentar aniquilar totalmente a éste pueblo de Europa, que culminó con la muerte de unos 6 millones de judíos. Entre los métodos utilizados estuvieron la asfixia con gas venenoso, los disparos, el ahorcamiento, los golpes, el hambre, los trabajos forzosos, la experimentación científica, entre otros.


Internamiento de judíos, 1938. Al menos 30.000 judíos fueron detenidos y después transportados al Campo de concentración de Buchenwald, tras la “Noche de los cristales rotos”.

Aunque las políticas criminales contra los judíos se habían desarrollado paulatinamente desde años antes, la decisión de afrontar el extermino definitivo fue tomada, en el verano de 1941, y el programa emergió en su plenitud en la primavera de 1942. La persona encargada de su diseño y organización administrativa fue Heinrich Himmler. Por lo demás, fue la repetida retórica antisemita de Adolf Hitler la que incentivo la ejecución de las matanzas, que contaban directamente con su aprobación.

El genocidio camboyano de los años setenta fue ejecutado por el régimen maoísta de los “Jemeres Rojos”, una organización guerrillera que, después de la guerra de Vietnam y la expulsión de Estados Unidos de la península Indochina, tomó el poder en Camboya, en abril de 1975, fundando la Kampuchea Democrática, un sistema de gobierno de características totalitarias liderado por Saloth Sar más conocido como “Pol Pot” (1925-1998). Bajo su dictadura (1975-1979) llevó a cabo drásticas políticas que incluyeron el exterminio de cualquier persona que no fuese de pura raza Jemer, por ello sus principales víctimas pertenecían al pueblo cham, la otra etnia que habita Camboya. Mediante ejecuciones políticas, hambrunas y trabajo forzados, murieron alrededor de dos millones de habitantes entre chinos, vietnamitas, laosianos, tailandeses, indios y paquistaníes. Todos los “intelectuales” fueron asesinados, considerándose intelectual a cualquiera que llevase gafas.


 Montones de huesos pelados dan testimonio del genocidio camboyano

El Valle Oscuro Japonés

El régimen militar que ascendió al poder en Japón durante los años treinta presentaba los mismos rasgos que caracterizaban al totalitarismo occidental: xenofobia, aversión a la democracia y afán de expansión territorial. A los derechistas les disgustaba de manera especial la occidentalización de la sociedad japonesa, que se venía produciendo desde el declive de los sogunes y los samuráis, y el comienzo del “período ilustrado” (Meiji) en 1867.

Asociaciones nacionalistas extremistas como Kokusuikai (Sociedad por la Pureza Nacional) y la organización terrorista Ketsumeidan (Liga de la Sangre) unieron fuerzas con los altos mandos del ejército y la marina en una campaña de propaganda y asesinatos que erosionó las instituciones de la democracia parlamentaria y relegó al emperador a la condición de títere. En 1932, el ejército, sin contar para nada con el gobierno, había conquistado la región de China continental conocida como Manchuria (que pasó a llamarse Manchukuo) y grandes zonas de Mongolia.

Japón entró en el kurai tanima o «valle oscuro», un período de represión y censura en el interior, y feroz agresión en el exterior. En 1936, Japón se alió con la Alemania nazi y el Eje, y ocupó el norte de China, intentando camuflar su ambición imperialista con declaraciones de su intención de crear una «esfera más amplia de co-prosperidad» en el sureste asiático.

Tras el ataque a Pearl Harbor en 1941, Japón parecía invencible —controlaba Hong Kong, Malasia, Singapur, las Indias Holandesas, Filipinas, Birmania y Papua Nueva Guinea, y amenazaba a la India y Australia—, hasta que la derrota sufrida, por los ataques nucleares que soportó sobre su población, puso fin a este período en 1945.

La España de Franco

La guerra civil española de 1936-39 fue un microcosmos del gran conflicto político que durante la mayor parte del siglo XX ha enfrentado al totalitarismo con la democracia liberal. La victoria fue para el bando franquista, que contó con el apoyo material de la Alemania nazi. La dictadura del general Francisco Franco (1892-1975) duró 36 años. Se la suele describir como fascista, y lo cierto es que el proyecto de Franco de levantar la economía española según los principios de la autarquía o autosuficiencia, sin recurrir a inversiones y créditos extranjeros, se basaba en el modelo italiano.

En esencia, el movimiento de Franco fue una reacción conservadora, autoritaria en extremo, contra la frágil democracia parlamentaria de la Segunda República, nacida en 1931. Franco tuvo la habilidad de unir bajo su mando a la Falange, con sus brigadas callejeras de «camisas azules», a la Iglesia y a los monárquicos.

Las bases de esta dictadura fueron entre otras el nacionalismo español, el catolicismo y el anticomunismo, que sirvieron de apoyo a un gobierno totalitario que se autoproclamó como “democracia orgánica” en oposición a la democracia parlamentaria. Se caracterizó por: carencia de Constitución, inexistencia de partidos, concentración de poder, restricciones a las libertades de asociación y reunión, y absoluto control de la información; rasgos determinantes de los Estados totalitarios.

Pero mientras que el bolchevismo y el nazismo eran movimientos dinámicos que miraban al futuro, y su auge y caída fueron cuestiones de suprema importancia para el mundo entero, el franquismo no pasó de ser un fenómeno local de la atrasada España.

 Francisco Franco Bahamonde

Propaganda

Los totalitarismos tienen una característica común esencial y vertebradora de suma importancia: “la propaganda”. Gracias a ella consiguen su arraigo y el consentimiento social, la propagación de sus grandes mentiras se justifican al ser eco de los medios sociales.

Hitler explicaba en el Mein Kampf la psicología de la “gran mentira”: «En la gran mentira hay siempre una cierta fuerza de credibilidad; porque las grandes masas de una nación son siempre más fáciles de corromper en los estratos profundos de su naturaleza emocional que en el plano consciente o voluntario, y así, en la simplicidad primitiva de sus mentes, son más propensas a caer víctimas de la gran mentira que de la mentira pequeña, porque ellos mismos mienten con frecuencia en cuestiones de poca importancia, pero... nunca se les pasaría por la cabeza inventar mentiras colosales».

 Un incendiario cartel llama a la juventud alemana a una manifestación nazi 

El periodista Joseph Goebbels (1897-1945) fue ministro nazi de propaganda desde 1933 y emprendió una campaña implacable a favor del partido. La propaganda nazi fue el intento coordinado de influir en la opinión pública a través de los medios de comunicación. Se utilizó desde el ascenso de Hitler al poder en Alemania hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial (1933- 1945), proporcionando un elemento crucial para adquirir y mantener el poder.

El Culto a la Personalidad

Uno de los grandes pilares del Estado nazi fue el Führerprinzip, el «principio del jefe». Desde el momento, en 1921, en el que Adolf Hitler asumió la jefatura del Partido Obrero Alemán y añadió a su título las palabras Nacional Socialista, dejó bien claro que el partido debía hacer lo que él dijera o arreglárselas sin él. En 1923 exigía ya que se le saludara. Cuando los nazis llegaron al poder en 1933, impusieron la fórmula «Heil Hitler» como «el saludo alemán», obligatorio para todos los funcionarios públicos; también era obligatorio hacer el saludo nazi durante la interpretación del himno nacional.

 Saludo "Heil Hitler"

El culto a la personalidad como transformación de un dirigente político en salvador de la nación, se fomentó con la intención de eliminar en Alemania toda actividad e ideología política. Por encima de todas las facciones y organizaciones, el Führer era, según una publicación de 1939 que exponía la «ley constitucional» nazi, el «portador de la voluntad colectiva del pueblo».

El dirigente soviético Josef Stalin (1879-1953) era tan propenso como Hitler al culto a la personalidad, pero tuvo que superar la tradición comunista de jefatura colectiva. Resulta difícil imaginar que, de haber sobrevivido el nazismo a la derrota de Alemania en 1945, un sucesor de Hitler hubiera denunciado públicamente el culto a su personalidad como hizo Nikita Kruschov (1894-1971), sucesor de Stalin en la secretaría general del Partido Comunista, en el congreso del partido de 1956.



Fuente: STEWART, Robert. Ideas que transformaron el mundo. 1997. 

 
 
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