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Imperialismo

 
 

“Poder, prestigio y rapiña”

El principal motivo para la formación de los imperios ha sido económico. Roma dependía de los campos de trigo del Mediterráneo oriental, y los imperios europeos en el Nuevo Mundo surgieron durante el Renacimiento debido a la incansable búsqueda de una ruta marítima a las riquezas de Oriente, una búsqueda que dio como resultado el descubrimiento accidental de América. Sin embargo, las disputas por África en las últimas décadas del siglo XIX parecían a veces una simple competición entre las potencias europeas por el prestigio y poder que confería la adquisición de territorios en ultramar. Y la búsqueda de materias primas y mercados quedaba a menudo camuflada por las actividades de los misioneros cristianos. Sean cuales sean sus motivos, el imperialismo lleva siempre aparejado, de una forma o de otra, el sometimiento de los pueblos nativos al dominio extranjero y a la interferencia en sus costumbres.

El racismo ha sido siempre un factor implícito en el imperialismo moderno, y los apologistas del dominio europeo sobre los pueblos «inferiores» no vacilaban en invocar preceptos clásicos. Cicerón, por ejemplo, había justificado el dominio romano sobre los «bárbaros», alegando que «a estos hombres, la servidumbre se les impone por su bien». Se ha debatido mucho sobre si las ventajas del imperialismo —como la construcción de ferrocarriles y otras formas de infraestructura económica, o la implantación de instituciones democráticas— superan a las evidentes pérdidas de riqueza, tradiciones, dignidad y vidas. Una cosa es segura, sin los imperios europeos, el tráfico de esclavos no habría dejado una mancha tan negra en la historia de Europa y América, y tampoco se habrían visto al borde mismo de la extinción los nativos de Norteamérica, los aborígenes australianos y los xhosas del sur de África.


La tribu Xhosa asumió valientes batallas contra holandeses e ingleses por el dominio de sus tierras, pero el desequilibrio en el armamento hizo que terminara sujetada a la soberanía europea.

La Carga del Hombre Blanco

La frase «la carga del hombre blanco» es el título de un poema publicado en 1899 por el escritor inglés Rudyard Kipling:

«Acepta la carga del hombre blanco,
despídete de lo mejor de tu estirpe.
Vamos, manda a tus hijos al exilio,
para atender las necesidades de tus cautivos.
Para servir con todas sus fuerzas
a gente aturdida y salvaje,
a pueblos recién conquistados,
mitad demonios y mitad niños.»


Durante el período final de esplendor del Imperialismo Victoriano, la supuesta misión civilizadora de los pueblos europeos en las partes «menos avanzadas» del mundo alcanzó su apogeo. Los europeos apenas sabían nada de África y de Asia, y los que sabían algo consideraron más conveniente olvidar que en ambos continentes habían surgido civilizaciones espléndidas cuando Europa aún estaba estancada tras la caída de Roma. Los políticos imperialistas, en estrecha colaboración con los comerciantes y los misioneros temerosos de Dios, sacaron de las sombras de la historia a los pueblos menos afortunados, atrayéndolos a la luz de la democracia liberal europea y el cristianismo.


Los británicos se introdujeron en la India por medio de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, y en el siglo XIX la India pasó oficialmente a formar parte del imperio, «la joya de la Corona».

Imperialismo Económico

El primer análisis sistemático de las bases económicas del imperialismo se debe al estudioso inglés John Atkinson Hobson (1858-1940). En su libro Imperialism: a Study (1902), que inspiró la teoría antiimperialista de Lenin, indicaba que el exceso de producción y la acumulación de capital, combinados con los bajos salarios y la depresión del mercado local, obligaban a los industriales a exportar y buscar mercados en ultramar. Para asegurarse dichos mercados, los gobiernos tenían que imponer su control en regiones lejanas. Por ejemplo, en los siglos XVII y XVIII, las leyes inglesas procuraron limitar la economía de las colonias americanas al suministro de materias primas para la madre patria. Ninguna teoría puede explicar por sí sola todas las actividades imperiales, pero no se ha propuesto ninguna otra explicación tan convincente como la de Hobson.

 John Atkinson Hobson


La Doctrina Monroe: Apenas se había secado la tinta de su Constitución y ya Estados Unidos daba los primeros pasos hacia la construcción de un imperio norteamericano. En 1803 le compraron a Francia una enorme franja de territorio situado al oeste del Misisipí, que se extendía desde el golfo de México hasta la actual frontera canadiense (la “compra de Luisiana”).

Territorio de Luisiana

En 1812 intentaron conquistar la Norteamérica británica (Canadá), pero fueron derrotados por los ingleses; y en 1845 incorporaron Texas a la Unión, después de una guerra con México. Esto dejó libre el camino para la expansión hacia el Pacífico, que culminó con la anexión de California en 1850.

Los éxitos militares y económicos dieron origen a la idea de que Estados Unidos tenía un derecho natural sobre los territorios del Nuevo Mundo o, al menos, la “obligación moral” de protegerlos. En 1823, el presidente James Monroe declaró que Estados Unidos no toleraría colonizaciones europeas en el hemisferio occidental, y que considerarían un acto hostil cualquier intento de una potencia europea por ejercer influencia en América; y con la frase “América para los americanos” quedo establecida la «doctrina Monroe» que basaba sus razones en la seguridad nacional. Pero a comienzos del siglo XX el presidente Theodoro Roosevelt, al reafirmar esta doctrina, estableció: que si un país americano amenazaba o ponía en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno estadounidense estaba obligado a intervenir en los asuntos de ese país para “reordenarlo”, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus empresas. Esto supuso en realidad una carta blanca para la intervención de Estados Unidos en América Latina y el Caribe.


Después de la guerra civil, la expansión de Estados Unidos se orientó principalmente hacia América Central. Otras adquisiciones fueron Filipinas en 1898 y Hawai en 1900. Alaska, colonizada desde 1880, se convirtió en territorio estadounidense en 1912.

El Imperio Británico

El control británico sobre grandes zonas de la India a finales del siglo XVIII no lo impusieron los políticos de Asuntos Exteriores sino la Compañía de las Indias Orientales. Una sociedad creada por un grupo de empresas y de influyentes hombres de negocios, que en 1600, obtuvo la carta real que le concedía el permiso exclusivo para ejercer el comercio con las Indias orientales. Por supuesto, la compañía formaba parte del establecimiento británico y era un órgano del Estado británico, tanto como cualquier ministerio del gobierno.


Los negocios de la Compañía de las Indias Orientales se centraban en el algodón, la seda, el índigo, el té, y la exportación del opio indio hacia China. Su poder económico llegó a ser tal, que una quinta parte de la población mundial estaba bajo su autoridad. En 1874 la compañía se disuelve y todas sus posesiones pasan a manos de la corona.

Conviene recordar que en la India, como más tarde en África, el gobierno británico se vio obligado a aceptar de mala gana las funciones administrativas para consolidar una empresa comercial. Pero es igualmente cierto que uno de los principales factores en la larga serie de guerras que enfrentaron a Francia con Gran Bretaña durante el siglo XVIII —en total, cinco grandes conflictos— fue el empeño deliberado de controlar los mares y, en consecuencia, el comercio marítimo, los mercados y territorios de ultramar.

Se alegaba a favor del imperialismo que «el comercio sigue a la bandera». La experiencia norteamericana desmentía esta idea, ya que el comercio entre Inglaterra y Norteamérica continuó floreciendo después de que Estados Unidos obtuviera la independencia total, en 1783. Aun así, la victoria definitiva sobre Francia en Waterloo (1815) decidió inapelablemente el ascenso de Gran Bretaña a una posición predominante, y durante más de un siglo pudo jactarse de ser la mayor potencia imperial del mundo.


Mapa de los grandes imperios coloniales del siglo XIX

El Tráfico de Esclavos

La institución de la esclavitud, que se mantuvo desde la antigüedad hasta la Europa moderna, se basa en considerar una vida humana como una propiedad más, a la completa disposición del propietario. Esto quedó demostrado en 1833, cuando el Parlamento británico abolió la esclavitud en todos los territorios dominados por Gran Bretaña. La abolición iba acompañada del pago de compensaciones a los propietarios de esclavos, pero no se ofreció ninguna compensación a los esclavos mismos.

Gran Bretaña fue el primer país que abolió el tráfico de esclavos (1807) y la esclavitud misma, y su iniciativa significó el principio del fin de un comercio que había prosperado desde 1500, cuando se transportaron los primeros esclavos —vendidos por traficantes locales— desde la costa occidental de África a la nueva colonia antillana de La Española (Santo Domingo). Miles de africanos, apiñados como ganado en las asfixiantes bodegas de los barcos, perdieron la vida en la terrible «travesía intermedia», así llamada por su posición central en la ruta comercial triangular que iba desde Europa a la «costa de los esclavos» de África, de allí a las colonias azucareras y tabaqueras del Nuevo Mundo, y por fin regresaba a Europa.

Brasil fue el más voraz importador de esclavos africanos: unos cuatro millones hasta que se puso fin al tráfico en 1870. En total, se calcula que unos 15 millones de africanos fueron llevados como esclavos al otro lado del Atlántico durante los más de tres siglos de imperialismo europeo en el Nuevo Mundo.

El Imperio Ruso

Desde sus humildes principios como el Estado de Kíev en el siglo X, Rusia fue creciendo con los siglos hasta convertirse en el mayor imperio continental —con territorio continuo— de la historia. La gran época de construcción imperial fue el siglo XVIII, cuando Pedro el Grande (1672-1725) y posteriormente Catalina la Grande (1729-1796) impusieron el dominio ruso en el Báltico oriental y, en guerras con Turquía, arrebataron al declinante imperio otomano grandes territorios en el sur. La aventura imperial se reanudó a mediados del siglo XIX, cuando el «oso ruso» acabó con lo que quedaba de la independencia caucasiana y realizó grandes incursiones en Asia central. En 1865, el imperio ruso se extendía hasta el Pacífico y las fronteras de China y Afganistán.


Caricatura china de principios del siglo XX, en la que se muestra el poder imperial de Rusia al que denominaban el "Oso Ruso".

Durante todo el período de expansión tuvo lugar un intenso debate acerca de si Rusia debía seguir el modelo occidental —democrático, cada vez más laico y tecnológicamente avanzado— o seguir su tradición autocrática, feudal y cristiana ortodoxa. En el momento culminante de la historia moderna de Rusia pareció que triunfaba Occidente: en 1917, el marxismo derrotó al zarismo. Pero los hábitos autocráticos demostraron ser muy persistentes (aunque la Iglesia quedó desmantelada). A partir de 1945, el imperialismo ruso tuvo las manos libres en Europa oriental. Con el hundimiento del imperio soviético y la desaparición del régimen comunista tras la caída del muro de Berlín en 1989, el futuro de Rusia se ha convertido en uno de los grandes imponderables de la política moderna.

 

Fuente: STEWART, Robert. Ideas que transformaron el mundo. 1997.

 
 
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