Platón: El mundo de las ideas

Categoría: Filosofía

PLATON (427 - 347 a. de C.)

Discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles. Desde el punto de vista literario y filosófico, las obras de Platón constituyen una de las más grandes aportaciones de todos los tiempos al reino del pensamiento.

Obras:

- La República -El Fedro -El Fedón -El Banquete -Timeo - Parménides

EL MUNDO DE LAS IDEAS

La ciencia no es posible sin conceptos universales, válidos para todos los individuos y para todos los tiempos. Cuando el geómetra afirma que los ángulos interiores de un triángulo suman 180 grados, su afirmación no se refiere a un triángulo determinado y para un tiempo determinado, de lo contrario sólo podría afirmar: para este triángulo y solamente para este, la suma de los ángulos interiores es de 180 grados. Cuando Protágoras afirma que el conocimiento es sensación y que la sensación es diferente para todos los individuos, está negando la posibilidad de toda predicación universalmente válida y, por consiguiente, la posibilidad del conocimiento científico. Sócrates acepta en parte la tesis de Protágoras. Divide los objetos posibles de conocimiento en dos grandes grupos: el de los objetos externos al hombre o mundo de la realidad física, y el de los objetos internos al hombre o mundo de la realidad “psíquica”. El conocimiento de la realidad física se identifica con la sensación y, por consiguiente, es relativo, diferente para todos los individuos, no científico, sino de opiniones. Las realidades internas, por el contrario, no necesitan de la sensación que se lleva a cabo a través de los órganos de los sentidos. Las realidades internas son independientes de la sensación, y por lo tanto no participan de la relatividad de esta. El entendimiento puede descubrir «lo universal» lo independiente del «aquí» y del «ahora», para formular predicaciones generales y «eternamente» válidas. Estas predicaciones sobre lo que el hombre descubre en sí mismo constituyen la ciencia del hombre o moral. Queda sin embargo una dificultad: el concepto de virtud y la virtud, como la realidad que es expresada por el concepto, son dos cosas distintas. El hombre virtuoso no es aquel que posee el concepto de virtud, sino aquel que es realmente justo, honesto, fiel, amante de los dioses y de su patria, etc. Los conceptos universales posibilitan la predicación universal, pero, ¿qué clase de correspondencia existe entre el concepto y la realidad que es expresada por el concepto? ¿Existe un hombre tal, que sea la encamación de la virtud misma, o más bien, no es todo hombre virtuoso en la medida en que se aproxima al ideal de la virtud, tal como lo expresa el concepto? ¿Se da una obra artística de tal manera «bella», que no pueda serlo más aún? ¿No son todas las cosas bellas aproximaciones al ideal propuesto por el concepto universal de belleza? El concepto de línea que utiliza el geómetra implica la inextensión, ¿existe una línea inextensa? Y si cualquier línea que se trace tiene extensión, ¿con qué derecho se afirma que la tangente toca a la circunferencia en un solo punto, y no en varios? ¿No es necesario, por tanto, concluir que la geometría sólo se aplica aproximadamente a la realidad? y si las cosas sólo son realizaciones aproximativas de los conceptos, ¿no es necesario afirmar que no se da un conocimiento exacto, sino sólo aproximativo? Y sin conocimiento exacto, ¿cómo es posible una ciencia absoluta? Parece, pues, que el intento de Sócrates de construir una ciencia, así sea del mundo interior, ha sido vano.

Las reflexiones anteriores constituyen el punto de partida de Platón, discípulo de Sócrates, y el pensador más grande de la antigüedad; junto con Aristóteles. Sócrates había afirmado que la mente tiene el poder de inducir, es decir, de descubrir «lo común», «lo universal» en la multiplicidad de las cosas particulares. Pero, ¿no son todas las realidades particulares, aun las del mundo interior, mudables, perecederas? ¿Y no es «lo universal» tal como está representado en el concepto, algo permanente, inmutable, eterno? Tomemos, por ejemplo, el concepto de igualdad. ¿Cómo lo adquirimos? La percepción nos puede mostrar dos leños, dos piedras, como iguales. ¿Pero son exactamente iguales? ¿Puede la percepción, siendo distinta de un individuo a otro, mostrarnos dos cosas como completamente iguales? De ninguna manera. Precisamente, al tratarse de dos cosas, y no de una sola, se está afirmando que existe cierta diferencia de la una con respecto a la otra, que no son completamente iguales. Lo mismo se puede decir de los demás conceptos universales, de los conceptos de belleza, justicia, bondad, etc. No existen cosas «iguales», «buenas», «justas» o «bellas», existen cosas que se aproximan en mayor o menor grado al ideal propuesto por el concepto. Ahora bien, todo concepto surge de la contemplación de «algo» que le corresponde exactamente, lo contrario sería tanto, como afirmar la existencia de una «fotografía» que representa exactamente un objeto, sin que exista tal objeto. Si existe el concepto de la bondad, debe existir la bondad en sí, no un ser que es más o menos bueno, sino la encarnación de la bondad misma. La existencia de los conceptos universales postula la existencia de un mundo de realidades que le corresponda exactamente. Estas realidades son únicas en su especie, inmutables, eternas, no admiten ni más ni menos, son la «corporalización» de los contenidos de los conceptos universales: la belleza en sí, el hombre en sí, la circunferencia en sí, etc..., los conceptos sólo existen en la mente, en el alma, las «ideas» existen independientemente de la mente, tienen existencia propia, como tiene existencia propia el mundo de las cosas. El mundo de las cosas es mudable y perecedero, el mundo de las ideas es inmutable y eterno.

La existencia del mundo de las ideas es una conclusión necesaria de la existencia de los conceptos universales. Para Platón el concepto es contemplación de una realidad, es visión con los ojos del alma de «algo», y, por tanto, este algo debe existir. Si nos cuesta entender esta manera de argumentar, pensemos nuevamente en el ejemplo de la fotografía, pero no de una fotografía imprecisa, borrosa, sino de una fotografía perfectamente nítida. ¿Es posible una imagen clara, precisa, nítida, sin un objeto que le corresponda exactamente? ¿De dónde, entonces, la claridad, precisión y nitidez?

En el mundo de la experiencia no existe ni lo totalmente frío ni lo totalmente caliente, sino el irse enfriando o el irse calentando, y lo mismo se puede decir de las demás cualidades, por lo tanto, no existe el ser como algo permanente, sino el puro fluir. La realidad es devenir, llegar a ser. Una argumentación semejante llevó a Heráclito a negar la inteligibilidad del ser y, consiguientemente, la posibilidad del conocimiento; sin embargo, impelido por la lógica de su argumentación, tuvo el valor de aceptar la conclusión, por grave que pudiera parecer. Parménides, por el contrario, parte del «hecho» de que el conocimiento es posible, y llega así a negar el testimonio de los sentidos acerca de un mundo plural y en continuo cambio: el ser es uno, eterno e inmutable. Tuvo así mismo el valor de aceptar el punto de llegada de su sistema, impelido, dentro de sus perspectivas, por el razonamiento lógico, Platón, de una manera semejante, se ve impelido por la fuerza de su argumentación a sostener la existencia de un mundo de realidades en sí, eterno e inmutable, a pesar de las grandes dificultades que encuentra para explicar lo que puede ser la belleza en sí, o la bondad en sí, o el número en sí. Ejemplos semejantes encontramos a lo largo de toda la historia del pensamiento. Kant, filósofo alemán del siglo XVIII, llevado por la fuerza del razonamiento, postula la existencia de un mundo no espacial, ni temporal, pues el espacio y el tiempo son formas que la mente impone a los datos de la experiencia. Lo que llamamos mundo es un producto de la mente a partir de una realidad que permanecerá totalmente desconocida. La mente construye el mundo de alguna manera, y solamente conocemos nuestros propios pensamientos. Al sentido común le parece absurda la afirmación de que el mundo sensible no sea más que un producto de la mente, como le puede parecer absurda al sentido común la afirmación de la existencia de la justicia en sí. Todos los grandes pensadores han sido conscientes de la oposición entre sus razonamientos y el sentido común; sin embargo, han optado, impelidos por la lógica interna de sus sistemas, por negar el sentido común en bien del razonamiento, y no podían hacer de otra manera, pues lo contrario sería renunciar a pensar. Einstein, en el intento de explicar ciertos datos de la física de su tiempo, que no explica la física hasta entonces imperante, construye un sistema físico, la teoría de la relatividad. De la teoría de la relatividad se siguen algunas consecuencias que chocan al parecer con el sentido común: dos sucesos simultáneos para un observador, pueden no serlo para otro observador; el espacio es curvo y, por lo tanto, todo móvil describe necesariamente una curva, etc. Un sistema no se debe juzgar por sus afirmaciones últimas, que pueden chocar más o menos con el sentido común, sino por su punto de partida y la coherencia de su argumentación.

El mundo de las ideas existe independientemente de la mente, es un mundo tan real, y, si se quiere, más real aún que el mundo de las cosas físicas, tanto internas, como externas. Así como existen árboles y piedras, hombres y animales, una Tierra, un Sol, un cielo estrellado, así existe un mundo ideal, no de árboles, sino del árbol en sí, no de hombres, sino del hombre en sí. Son dos mundos en total correspondencia el uno con el otro, aunque con características de existencia distintas. El mundo de las ideas, inmutable y eterno, como conviene a los conceptos universales; el mundo de las "cosas" sensibles, mudable y perecedero. ¿Existe alguna relación entre estos dos mundos, o son por el contrario totalmente distintos? La respuesta está implícita dentro de la concepción platónica! La relación de los dos mundos es la relación que existe entre «los árboles» y el «árbol en sí» entre las cosas buenas y la bondad misma, entre las cosas que son más o menos bellas y la belleza que no admite ni más ni menos. El mundo sensible es una aproximación al mundo de las ideas, es una imagen más o menos imprecisa. Evidentemente, existen hombres justos y buenos, pero ninguno es completamente justo y completamente bueno, ninguno es la encarnación o «corporalización» de la justicia y de la belleza en sí. El hombre es bueno porque «participa» en mayor o menor grado de la bondad misma.

Para Sócrates la verdad no se puede enseñar, porque la verdad está dentro de uno mismo. La función del filósofo es ayudar a descubrir la verdad, y, por tanto, conocer es descubrir. Para Platón, conocer es recordar. Si las cosas sensibles son sólo aproximaciones a las ideas, y si los conceptos universales son la representación mental exacta de las ideas, es necesario pensar que hubo un momento antes de la existencia sensible en el que las almas contemplaron directamente las ideas. Es, además, un hecho innegable que no se sabe todo desde el nacimiento. Aprendemos lentamente, progresivamente, lo que ya el alma conocía de antemano. Este aprender es, por tanto, un recordar a partir de las cosas sensibles, que son imágenes de las ideas. ¿De dónde obtenemos el concepto de «igual»? ¿De la experiencia sensible? Pero, ¿es que hay dos cosas perfectamente iguales para los sentidos? Si nos fijamos un poco mejor, ¿no notamos necesariamente diferencias? ¿Entonces, cómo es posible que sepamos claramente lo que significa «igual», sin que hayamos visto nunca dos cosas perfectamente iguales? Y si el concepto de «igual» no ha sido adquirido a través de los sentidos, ¿no es necesario suponer que ya se tenía antes de nacer? ¿Y el hecho de que se ha necesitado cierta labor de aprendizaje, de reflexión, para llegar al concepto de igual en sí, no está indicando que habíamos olvidado lo que sabíamos?

Las ideas corresponden exactamente a los conceptos universales; las cosas sensibles, sólo aproximadamente. Hay, por tanto, dos «ciencias», la una exacta, la otra aproximada. La ciencia de las ideas o «dialéctica» y la ciencia de las cosas sensibles u «opinión». Nuestros conocimientos acerca de la naturaleza sensible, acerca de la naturaleza de la Tierra, del Sol y de las estrellas, acerca del hombre y de su mundo interior, son inexactos, imprecisos, relativos, precisamente porque son «aplicación» del mundo de las ideas al mundo de las imágenes más o menos aproximadas del mundo de las cosas sensibles. Nuestros conocimientos, sin embargo, que son simple contemplación de las ideas y de sus relaciones entre sí, y que no pretenden aplicarse a las cosas sensibles, son exactos, absolutamente ciertos, sin posibilidad de tergiversación o engaño. La ciencia que versa sobre la justicia, sobre la bondad, sobre la belleza en sí constituye una ciencia absoluta. El conocimiento que se ocupa de averiguar si un individuo particular es o no justo, si una obra determinada es o no bella, si el elemento primordial es el agua o el fuego, si los átomos y el vacío constituyen o no la realidad, etc., no supera la mera opinión. La geometría que se ocupa sólo de líneas y circunferencias en sí, y no de una línea o circunferencia determinada, es una ciencia absoluta, inmutable y eterna. Los hombres se dividen en dos grupos. El primero, más numeroso, está formado por quienes aún no han descubierto que el verdadero mundo es el mundo de las ideas, y no el mundo de las cosas sensibles. Aman y buscan las cosas bellas, los bellos colores y las bellas figuras, pero no aman ni buscan la belleza en sí. Viven en un mundo de sueños, de imágenes y de sombras. El segundo grupo, más reducido, es el de los verdaderos filósofos, que partiendo del mundo sensible se remontan a la contemplación de las ideas puras, y que saben que el mundo de los sentidos es un mundo de apariencias al que están sometidos durante su vida mortal, pero del cual se liberarán algún día definitivamente.

TEXTO

-Represéntate ahora el estado de la naturaleza humana respecto de la ciencia y de la ignorancia, según el cuadro que voy a trazarte. Imagina un antro subterráneo que tiene todo a lo largo una abertura que deja libre a la luz el paso, y, en ese antro, unos hombres encadenados desde su infancia, de suerte que no puedan cambiar de lugar ni volver la cabeza, por causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tengan delante.

A su espalda, a cierta distancia y a cierta altura, hay un fuego cuyo fulgor les alumbra, y entre ese fuego y los cautivos se halla un camino escarpado. A lo largo de ese camino, imagina un muro semejante a esas vallas que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultar a estos el juego y los secretos trucos de las maravillas que les muestran. -Todo eso me represento. -Figúrate unos hombres que pasan a lo largo de ese muro, portando objetos de toda clase, figuras de hombres y de animales de madera o piedra, de suerte que todo ello se aparezca por encima del muro. -Los que los portan, unos hablan entre sí, otros sin decir nada. - ¡Extraño cuadro y extraños prisioneros!

Sin embargo, se nos parecen punto por punto. Y, ante todo, ¿crees que verán otra cosa, de sí mismos y de los que se hallan a su lado, más que las sombras que van a producirse frente a ellos al fondo de la caverna? -¿Qué más pueden ver, puesto que desde su nacimiento se hallan forzados a tener siempre inmóvil la cabeza? -¿Verán, así mismo, otra cosa que las sombras de los objetos que pasen por detrás de ellos? -No. -Si pudiesen conversar entre sí, ¿no convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de esas mismas cosas. -Indudablemente. -y si al fondo de su prisión hubiese un eco que repitiese las palabras de los que pasan, ¿no se figurarían que oían hablar a las sombras mismas que pasan por delante de sus ojos? -Sí. -Finalmente, no creerían que existiese nada real fuera de las sombras. -Sin duda.

Mira ahora lo que naturalmente habrá de sucederles, sin son libertados de sus hierros y se les cura de su error. Desátese a uno de esos cautivos y oblíguese inmediatamente a levantarse, a volver la cabeza, a caminar y a mirar hacia la luz; nada de eso hará sin infinito trabajo; la luz le abrasará los ojos, y el deslumbramiento que le produzca le impedirá distinguir los objetos cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería si se dijese que hasta entonces no ha visto más que fantasmas, que ahora tiene ante los ojos objetos más reales y más próximos a la verdad? Si se le muestran luego las cosas a medida que vayan presentándose, y se le obliga, en fuerza de preguntas, a decir qué es cada una de ellas, ¿no se le sumirá en perplejidad, y no se persuadirá a que lo que antes veía era más real que lo que ahora se le muestra? -Sin duda. -y si le obligase a mirar al fuego, ¿no enfermaría de los ojos? ¿No desviaría sus miradas para dirigirlas a la sombra, que afronta sin esfuerzo? ¿No estimaría que esa sombra posee algo más claro y distinto que todo lo que se le hace ver?

-Seguramente. -Si ahora se le arranca de la caverna, y se le arrastra, por el sendero áspero y escarpado, hasta la claridad del sol, ¡qué suplicio no será para él ser así arrastrado! ¡qué furor el suyo! Y cuando haya llegado a la luz libre, ofuscados con su fulgor los ojos, ¿podría ver nada de la multitud de objetos que llamamos seres reales? -Le sería imposible, al primer momento. -Necesitaría tiempo, sin duda, para acostumbrarse a ello. Lo que mejor distinguiría sería, primero, las sombras; luego, las imágenes de los hombres y de los demás objetos, pintadas en la superficie de las aguas; finalmente, los objetos mismos, de ahí dirigiría sus miradas al cielo, cuya vista sostendría con mayor facilidad durante la noche; al claror de la luna y de las estrellas, que por el día y a la luz del sol. -Sin duda. -Finalmente, se hallaría en condiciones, no sólo de ver la imagen del sol en las aguas y en todo aquello en que se refleja, sino de fijar en él la mirada; de contemplar al verdadero sol en verdadero lugar. -Sí.

-Después de esto, dándose a razonar, llegará a concluir que el sol es quien hace las estaciones y los años, quien lo rige todo en el mundo visible, y que es en cierto modo causa de lo que se veía en la caverna. -Es evidente que llegaría por grados hasta hacerse esas reflexiones.

-Si llegase entonces a recordar su primera morada, la idea que en ella se tiene de la sabiduría, y a sus compañeros de esclavitud, ¿no se alborozaría de su mudanza, y no tendría compasión de la desdicha de aquellos? -Seguramente. -¿Crees que sintiese todavía celos de los honores, de las alabanzas y recompensas allí otorgados al que más rápidamente captase las sombras a su paso, al que recordase con mayor seguridad las que iban adelante, detrás o juntas, y que por tal razón sería el más hábil en adivinar su aparición, o que envidiase la condición de los que en la prisión eran más poderosos y más honrados? ¿No preferiría, como Aquiles en Hornero, pasarse la vida al servicio de un pobre labrador, y sufrirlo todo, antes que volver a su primer estado y a sus ilusiones primeras?

-No dudo que estaría dispuesto a soportar todos los males del mundo, mejor que vivir de tal suerte. -Pues pon atención a esto otro: Si de nuevo tornase a su prisión, para volver a ocupar en ella su antiguo puesto, ¿no se encontraría como enceguecido, en el súbito tránsito de la luz del día a la oscuridad? -Sí. -Y si mientras aún no distingue nada, y antes de que sus ojos se hayan repuesto, cosa que no podría suceder sino después de pasado bastante tiempo, tuviese que discutir con los demás prisioneros sobre esas sombras. ¿no daría qué reír a los demás, que dirían de él que, por haber subido a lo alto, ha perdido la vista, añadiendo que sería una locura que ellos quisiesen salir del lugar en que se hallan, y que si a alguien se le ocurriese querer sacarlos de allí y llevarlos a la región superior, habría que apoderarse de él y darle muerte? - Indiscutiblemente.

-Pues esa es precisamente, mi querido Glaucón, la imagen de la condición humana. El antro subterráneo es este mundo visible; el fuego que lo ilumina, la luz del sol; el cautivo que sube a la región superior y la contempla, es el alma que se eleva hasta la esfera inteligible. He aquí a lo menos, mi pensamiento, puesto que quieres saberlo. Dios sabe si es cierto. Por mi parte, la cosa me parece tal como voy a decir. En los últimos límites del mundo inteligible está la idea del bien, que se percibe con trabajo, pero que no puede ser percibida sin concluir que ella es la causa primera de cuanto hay de bueno y de bello en el universo; que ella; en este mundo visible, produce la luz y el astro de quien la luz viene directamente; que, en el mundo invisible, engendra la verdad y la inteligencia; que es preciso, en fin, tener puestos los ojos en esta idea, si queremos conducirnos cuerdamente en la vida pública y privada. -Soy de tu parecer, en cuanto puedo comprender tu pensamiento. -Consiente, pues, así mismo, en no extrañarte de que los que han llegado a esa sublime contemplación desdeñen la intervención de los asuntos humanos, y que sus almas aspiren sin tregua a establecerse en ese eminente lugar. La cosa debe ser así, si es conforme a la pintura alegórica que de ella he trazado. -Así debe ser.

-¿Es de extrañar que un hombre, al pasar de esa divina contemplación a la de los miserables objetos que nos ocupan, se turbe y parezca ridículo cuando, antes de haberse familiarizado con las tinieblas que le rodean, se ve obligado a disputar ante los tribunales, o en algún otro lugar, acerca de sombras y fantasmas de justicia, y a explicar en qué forma los concibe ante personas que jamás vieron a la propia justicia? -Nada de sorprendente veo en ello. -Un hombre sensato se hará la reflexión de que la vista puede ser turbada de dos maneras y por dos causas opuestas: por el paso de la luz a la oscuridad, o por el de la oscuridad a la luz; y aplicando a los ojos del alma lo que acontece a los del cuerpo, cuando la vea turbada y embarazada para distinguir ciertos objetos en lugar de reírse sin razón de semejante perplejidad, examinará si proviene de que descienda de un estado más luminoso, o si es porque, pasando de la ignorancia a la luz, quede ofuscada por su fulgor excesivo. En el segundo caso, la felicitará por su perplejidad; en el primero, compadecerá su suerte; o si quiere reírse a costa suya, sus burlas serán menos ridículas que si se dirigiesen al alma que vuelve a descender de la morada de la luz. -Sensatísimo es lo que dices.

La República, Platón.

Referencia:

VÉLEZ, F. (1985). Filosofía 1. Educar Editores S.A.

 
 
el mundo de las ideas de Platon /