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¿Qué es la política?

 
 

Una de las expresiones impor­tantes de la política, es la que se asocia por naturaleza a la convivencia, la cual expresa una angustia cotidiana produ­cida por la inseguridad, la inestabilidad del mundo del trabajo, la violencia social, la guerra y, en fin, la intranquilidad general. Cuando se exalta la convivencia pacífica se resaltan unos valores específicos que son inexistentes en lo que conocemos hoy como política. Por tanto, se antepone a la "mala política", la "política buena" deseada con ansiedad por todos. Es decir, que en la concepción de lo político se involucran también elementos éticos.

Por consiguiente, cuando nos referimos a lo político, se tejen tres aspectos entre sí: de un lado, nuestra calificación nega­tiva de lo que creemos que es política; de otro, las expectativas éticas que esto despierta cuando deseamos la convi­vencia y, en tercer lugar, la realidad de una vida cotidiana que ni es tan negativa y corrupta como lo señalamos, pero que ofrece limitadas oportunidades para la realización de ideales de mejor vida. Entonces, en la política se tejen dos elementos: la convivencia y la ética.

La política en la antigüedad

Los inicios de la política, como una práctica reflexionada, en Occidente se remonta al período comprendido entre los siglos V y IV a.C. en Grecia, momento que corresponde al mayor florecimiento de la política de esta cultura. Estos siglos hacen parte de la época de la Polis, tal como ha sido denominada por los historiadores.

La polis posibilitó el surgimiento de diversas concepciones políticas de la sociedad, entre las que sobresalieron las de los sofistas y las de la trilogía Sócrates, Platón y Aristóteles, particularmente en la polis de Atenas.

              
Sócrates                                          Platón                                         Aristóteles

Estos filósofos aclaran que los seres humanos son distintos de los otros seres, porque tienden a vivir en comunidad o estado político, en forma natural como una característica propia de la existencia del ser humano. Platón, utilizando el mito de Prometeo en un diálogo muy famoso, el “Protágoras”, ilustró con gran elocuencia esta idea.

Para Platón, la política es definida como el arte de la convi­vencia, una condición natural del ser humano, es decir, la vida humana organizada alrededor de la justicia y el respe­to, como una forma de distinguir a los humanos de los demás seres. En el mismo sentido, Aristóteles define al ser humano como un "zoon politikon", animal político, porque es un ser dotado de alma, que a su vez vive en la polis (sociedad). La expresión aristotélica encierra entonces el significado del ser humano como un ser vivo cuyo modo de vida es en comunidad, pero, igualmente, significa una asociación cuyos elementos constitutivos son el respeto y la justicia, pues, según él, el ser humano se caracte­riza igualmente por el don de distinguir lo bueno de lo malo y lo justo de lo injusto a través de la palabra. El ejercicio de este don hace que las personas conozcan la naturaleza de las cosas humanas y no humanas, razón por la cual pueden apreciar la justicia, es decir, lo que correspon­de por naturaleza a cada cosa y a cada persona.

Para los antiguos griegos, la política es la ciencia de la sociedad que se ocupa no sólo del gobierno, de las leyes, de la ciudadanía, de las llamadas instituciones políticas, sino también de la actividad humana en ge­neral: de la preocupación, de la familia como unidad reproductora cotidiana de la existencia, de la educación en todos sus niveles y, espe­cialmente, de la virtud política, de la ética, de la justicia y del bien co­mún como bien supremo de la sociedad.

La idea del ser humano como un ser político por naturaleza se hizo tam­bién dominante durante el lapso del llamado medioevo, aunque se pre­firieron formas de gobierno monárquicas y no de grupos.

La política en la modernidad

La Época Moderna (caracterizada por el Renacimiento, el Enciclopedismo, la Ilustración y la Revolución Industrial, así como por la revolución política burguesa y el posterior de­sarrollo del capitalismo) es una época de cambio radical en la concepción de la política y de la disciplina del pensamiento que la estudia.

La noción de política, que nos han legado los modernos en su momento clásico (siglos XVII a inicios del XIX), surge de consideraciones sobre el ser humano opuestas a las que heredamos de la Antigüedad. Según ellos, el ser humano es definido como un ser que por naturaleza vive aislado de sus semejantes en un estado de vida individual. Su indi­vidualidad y su egoísmo hacen que el ser humano se guíe únicamente por su autoridad, por sus inclinaciones individuales, por lo que le dicta su propia libertad. Que el indivi­duo viva inicialmente aislado quiere decir que la naturaleza humana es apolítica, es de­cir, los humanos no viven por naturaleza en sociedad, tienden a conducirse según su egoísmo, sin respetar a nada ni a nadie, lo que degenera en un estado de hostilidad entre unos y otros.

Del egoísmo a la convivencia


Thomas Hobbes

Thomas Hobbes (s. XVII), filósofo inglés, consideró que la política es el resultado de una clara conciencia sobre la imposibilidad de la prolongación de la vida humana sobre la base de un egoísmo natural. La comprensión de esta circunstancia hace que los individuos busquen la paz, sin la cual se hace imposible la vida. Y la paz significa convivencia.

La salida del estado de egoísmo es posible gracias a un pacto o convenio en el que los individuos, antes aislados, deciden ponerse en manos de una autoridad superior a la de cada uno de ellos. Esta nueva autoridad (soberanía o poder supremo), constituida por el acuerdo entre todos los individuos, fue llamada por Hobbes LeviatánLeviatán es el Estado o la sociedad, cuyos significados son: primero, la unión de todas las libertades individuales trasladadas a un poder superior o soberanía que por lo mismo se convierte en absoluto; segundo el acto mismo de creación de la convivencia, que como tal es un contrato (si el ser humano vive aislado, no existe); tercero, la consolidación de una dimensión de la vida basada en la ley civil promulgada por ese poder supremo o sobera­no (el monarca), quien decide qué es lo mío, qué es lo tuyo, qué es el bien, qué es el mal, qué es la justicia y qué es la injusticia.

En conclusión, el poder superior o Estado es el orden, la ley, no sólo la autoridad supre­ma, sino la autoridad única y total, es decir, el poder absoluto. Entre otras cosas, esta teoría del origen y naturaleza de la política tiene mucho que ver con el gobierno de los lla­mados monarcas absolutos, en quienes se depositaba todo el poder político.

Hacia un contrato social

                        
John Locke                                                       Jean Jacques Rousseau

Otros pensadores modernos siguieron a Hobbes en sus postulados básicos, pero reformularon la idea del carácter absoluto de la autoridad política, concibiendo un poder supre­mo, limitado por la ley (Locke, s. XVII), e incluso una soberanía localizada no en un monarca, sino en el individuo ciudadano que unido a los otros ciudadanos forma el gobierno (Rousseau, s. XVIII). Pero, en general, mantuvieron vivo el esquema de considerar al ser hu­mano como un ser que antes de decidir la vida en sociedad vive aislado como individuo.

Según todos estos pensadores (Hobbes, Locke, Rousseau), del estado de egoísmo se evolucionó lentamente hacia un estado social o estado civil, creado o garantizado por un contrato, del cual surgieron la sociedad, la convivencia y, por ende, la política.

La forma moderna de considerar a la política como un produc­to de decisiones individuales unificadas en el pacto social, posi­bilitó distinguir entre dos campos diferentes de existencia de la vida humana: la esfera pública, correspondiente a los asuntos colectivos, y la esfera privada, correspondiente a los asuntos individuales. La política se convirtió, por estas razones, ya no en ciencia de todos los asuntos humanos, sino exclusivamente de aquellos que se refieren a la vida en la comunidad política. De aquí nació la ciencia política moderna.

En definitiva, la noción de política de antiguos y modernos está asociada a la de comunidad, establecida natural o artificial­mente; involucra diversos significados de convivencia plantea­dos como horizonte entre el orden y el desorden, entre la paz y el conflicto. Cuando decimos que la política es convivencia esta­mos diciendo también que es normalización, disciplinación para evitar el caos, es decir, sometimiento a parámetros bien definidos de intereses sociales predominantes.

La convivencia como subordinación

Una de las expresiones más usadas de la política es aquella que la asocia con las rela­ciones de autoridad, de gobierno, de subordinación y de sometimiento a un orden. Este orden puede ser pensado o asumido como un orden natural, algo ya dado a la existen­cia humana, donde unos mandan y otros obedecen, o como una organización política de la sociedad, donde las instituciones del Estado son neutrales frente a los diversos inte­reses sociales y defienden el bien común. De ahí la expresión “No puede existir orden, sin mando”.

Como seres políticos nos concebimos formando parte de una estructura social, donde unos dirigen y otros son dirigidos donde unos comandan y otros aceptan los mandatos. Pero la subordinación en política no es sólo una concepción; es tal vez una de sus realidades más sabidas y menos dichas, pues la política indica en su más genuina naturale­za lucha, confrontación, emergencia de fuerzas en disputa, dinámicas de sometimiento.

La política: entre el conflicto y la paz

El Estado perfecto, ideal, pensado y planteado muchas veces a través de la historia, dista mucho de asemejarse a la historia real de la política. Pues, aunque la política pretende paz, en el fondo, parece más bien estar conformada por una confrontación permanente entre grupos de personas con intereses distintos, cuya tensión termina siempre en la impo­sición del poder de unos sobre otros.

Una definición sobre la guerra confirma este carácter contradictorio, de lucha por el reco­nocimiento de los intereses y por lo tanto de relación de autoridad amo-esclavo de la polí­tica: “La guerra es la prolongación de la política por otros medios”. Expresión que inver­tida nos da la clave de lo que aquí sugerimos: la política es la extensión de la guerra por otros medios. Y en la guerra hay vencedores y vencidos, dominantes y dominados, gober­nantes y subordinados. La política se ha movido frecuentemente entre la guerra y la paz, entre la estabilidad y la revolución.

Formas de pertenencia en política

De igual manera, expresamos la política como pertenencia a una comunidad nacional, ideológica o partidista.

Pertenencia ideológicaEn este sentido, la política implica también diversos sistemas de pertenencia comunitaria o colectiva. La ideología es una de las más imperceptibles formas de cohesión social, involucra identidades espirituales y de conducta bien definidas que se hacen cultura colec­tiva, es decir, formas concretas de referencia para el comportamiento social, prácticas cotidianas con sentidos determinados. Sus expresiones han sido diversas en la historia: liberalismo, conservatismo, socialismo, ecologismo, comunitarismo, estatismo. La escuela, la religión, los modernos medios de comunicación son mecanismos de producción ideo­lógica.

Pertenencia nacional: Otra expresión político-práctica de la pertenencia es la nación. Envuelve determinaciones políticas, geográficas, civiles, especificidades de identidad en territorios definidos. La gran mayoría de las personas somos nacionales de un país. Esto tiene unos significados concretos en términos del carácter de la pertenencia, de las libertades, de la ciudadanía, de las posibilidades de ser reconocidos en el ámbito internacional; pero, igualmente, en términos ideológicos y culturales, identificados como etnia, lengua, religión, idiosincrasia. La nación es una identidad político-cultural que constituye vínculos de pertenencia entre las personas.

Pertenencia partidista: Los partidos, grupos o movimientos sociales igualmente expresan este sen­tido de pertenencia de la política, pues son organizaciones dinámicas del inte­rés colectivo. Ideología, nación, partidos se han revalorado en un mundo que se plane­tariza, es decir, que construye relacio­nes de mercado, de intercambio y de gobierno a niveles supranacionales, globales, abriendo la posibilidad o for­mas políticas renovadas de la identidad ideológica, cultural y política.

Desde esta triple perspectiva, la política se ha caracterizado en el Estado y sus instituciones políticas, en las leyes civiles y sus normas, en los sistemas cerrados de acción colectiva: las ideologías, los partidos, las naciones. Pero, ¿agota aquí la política todo su significado? Si ya está definida en cuanto a ley, a la libertad, a procedimientos para formar gobiernos, ¿bastaría únicamente con acogernos adecuadamente a sus “sagrados” principios, instituciones y normas?

La dimensión constitutiva de la política

La política no es sólo poder instaurado; es también potencia constitutiva, es decir, capacidad de construir una nueva realidad diferente a una anterior establecida. No es sólo poder constituido, sino poder constituyente. Si no es así, entonces, ¿qué hace distinta a la política antigua con respecto a la moderna? ¿Acaso el ser humano liberal, individualista y egoísta, consumidor y ambicioso existió siempre? ¿No fue también lentamente moldea­do por una historia, donde fuerzas humanas reales lo construyeron y edificaron?

En general la política como convivencia termina encerrando el significado de poder cons­tituido, es decir, una autoridad, dominación o gobierno político, que como su nombre lo indica, es un poder ya determinado, con principios y fundamentos difícilmente invariables.

Pero política también es transformación activa, creación. Cuando la política aparece como acto creativo de realidad, deja ver la multiplicidad humana y su fuerza imaginativa. El poder constituyente transforma radicalmente la política y el mundo humano en general. A esta faceta podríamos denominarla como la dimensión viva, edificante, éticamente abundante de la política.

 

Fuente: Economía y Política. Pachón Orjuela, Efraín. Editorial Norma 2002. Bogotá.

 
 
 
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