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Evolución del ser humano

 
 


Paranthropus (Australopithecus) y Homo Sapiens. Reconstrucción comparativa

A partir de las excavaciones y del estudio de los restos fo­silizados, la ciencia ha podido establecer que hace unos sesenta y cinco millones de años (en la era Terciana) sur­gieron unos seres llamados primates, que fueron los ante­cesores de los monos actuales y de la especie humana, a la cual se llegó después de un lento proceso de cambio, llamado hominización.

Curiosamente, los primates lograron sobre­vivir y evolucionar en el Terciario debido a que no eran especializados, pues sabían hacer de todo un poco: correr, nadar, trepar y cavar, aunque no muy bien. En especial, contaban con manos ágiles y hábiles, indis­pensables para adaptarse al medio forestal del cual se alimentaban.

Vida de los primates

 Paranthropus Aethiopicus

Los primeros primates subían a los árboles en busca de comida y de refugio y tenían grandes habilidades trepa­doras. Su alimentación eran insectos, frutas y hierbas, los cambios climáticos influyeron sobre el medio y la vida, pues permitieron que amplios espacios de selva tropical se transformaran en sabana. Esto trajo como consecuencia que la mayoría de primates cambiaran sus hábitos arborícolas y buscaran alimento en la tierra, empezando así una compe­tencia para obtener la comida.

El factor determinante de la evolu­ción de la especie humana primitiva fue la reestruc­turación de la anatomía para permitir la postura erguida (bipedación). En Laetoli, Tanzania septen­trional, se ha comprobado que esta adaptación fun­damental ya se había desarrollado en África hace cuatro millones de años, tras ser descubierta, en 1978, la existencia de huellas que conservaban los trazos inconfundibles del pie humano. Estas huellas fosilizadas de dos adultos que medían entre 1,1 y 1,4 metros de altura con un peso de 27 kg cada uno y de un niño, se remontan a unos 3.700.000 años. Las huellas indican que los tres caminaban juntos, probablemente tomados de la mano. Su rastro se extien­de en una longitud aproximada de 30 metros, y se preservaron hasta hoy gracias a la protección de cenizas volcánicas.

 
Huellas de homínido con 3,8 a 3,5 millones de años de antiguedad descubiertas en Leatoli, Tanzania septentrional. Las huellas se marcaron sobre cenizas volcánicas blandas que se endurecieron. Ellas revelan el trazo inconfundible del pie humano.

La separación de los homínidos de las de­más especies se debió a la modificación del aparato locomotor, los homínidos tendieron a enderezar el cuerpo y a moverse apoyados en las piernas, dejando libres los brazos y las manos. Sin embargo, este proceso no se presentó de un día para otro, se necesitaron varios millones de años para que estas espe­cies abandonaran los árboles.

El hombre se pone de pie

Las consecuencias de este proceso de bipedación fueron enormes para el ser humano; liberó sus manos, con lo que pudo realizar nuevas ta­reas, tales como cargar materiales, manipular objetos y, eventualmente, construir otros nuevos. Asimismo, la mandíbula, ya innecesaria para buscar y agarrar la comida, se tornó menos prominente. También la cavi­dad craneana se incrementó y cambió de forma. Las capacidades manuales, la forma de caminar en posición vertical y la expansión de las habilidades intelectuales habrían de contribuir significativamente a la adapta­ción y éxito de la especie humana.


La estructura del esqueleto humano puede compararse sólo con la del gorila. Los humanos están especialmente adaptados para andar erguidos sobre los dos pies (bipedación). Las vértebras sufrieron modificaciones para adaptarse a la posición erecta de la espina dorsal; la pelvis se acortó y se hizo más ancha para poder soportar el peso del cuerpo superior y los musculos de las piernas se articularon de forma que permitieran la marcha.

El género más antiguo es el Sahelanthropus tchadensis, que data de hace seis o siete millones de años. Otros géne­ros son el Ardipithecus, el Kenyantropus, el Australopithe­cus y el Homo. Se debe tener en cuenta que para ser con­siderados humanos, los restos óseos encontrados deben demostrar que corresponden a seres bípedos.

¿Por qué Lucy es tan especial?

La mayor parte de los fósiles con 3 a 4 millones de años de antigüedad son fragmentados, y su trascen­dencia sería difícil de interpretar a no ser por el descubrimiento de un esqueleto humano casi com­pleto: Lucy. Los huesos de Lucy fueron descubiertos el 24 de noviembre de 1974 y perte­necen a uno de los fósiles humanos más antiguos que se conocen. Se encontró no sólo el 40% de los huesos de un esqueleto de homínido, sino que desenterró, en total, los restos de 16 hombres, mujeres y niños.

Parece que, hace unos tres millones de años, un grupo de seres humanoides primitivos fue sorprendido y se ahogó por una avenida repentina en el lecho de un arroyo. La fosa común prehistórica permitió sacar más conclu­siones sobre el aspecto y la vida de los miembros más primitivos de la familia humana que todos los hallazgos de los siete millones de años anteriores juntos. El esqueleto mejor conservado fue llamado «Lucy», por la canción de los Beatles Lucy in the Sky with Diamonds, que en aquel momento sonaba en el magnetófono del campamento. En el momento de su muerte, Lucy era una hembra adulta que, con toda seguridad, andaba erguida, no llegaba a 1,20 m de estatura y padecía de artritis. En proporción a sus piernas, sus brazos eran algo más largos que los de los hombres actuales, pero no tanto como entre los monos antropoides. La mano, esa herramienta todo-uso humana, se parecía mucho a la de los hombres modernos; el pulgar incluso se podía oponer al índice, lo que permitía la «maniobra de precisión».


Restos del esqueleto de una Australopitecus afarensis hallado en Afar (Etiopía). El investigador norteamericano Donald Johanson llamó "Lucy" al esquelto de una hembra adulta, que muestra una clara adaptación para andar de forma erguida.

La dentadura de Lucy, al igual que los otros dientes y mandíbulas hallados, también tenían ya mucho más parecido con las dentaduras de los hombres actuales que con los antropoides. Es probable que Lucy y sus contemporáneos comieran carne además de la alimenta­ción vegetal recolectada, y puede ser que cazaran en grupo y usaran piedras y palos encontrados, sin elabo­rar, como herramientas. En cualquier caso esos homínidos vivían ya en grupos familiares de hombres, mujeres e hijos, lo que se suele considerar una característica típicamente humana. Es cierto que Lucy, según nuestras ideas, no era todavía un ser humano, pero mucho menos era un mono antropoide. No obstante, los científicos la denominaron a ella y los miembros de su horda Australopithecus afarensis («mono meridional de Afar»), a pesar de que habían sobrepasado claramente la demarcación hacia el Homo. Hay una razón: los restos de seres parecidos, que, eso sí, vivieron cerca de un millón de años más tarde que Lucy, habían sido encontrados por el sudafricano Raymond Dart en 1924 en una cueva en el actual estado de Botswana y denominados Australopithecus («mono me­ridional»), Y el primer nombre que se da a una especie recién descubierta es de imposición obligatoria para todos los demás miembros de esa especie que se encuen­tren más tarde. Así lo mandan las severas normas de la denominación científica, la taxonomía.

 
 
 
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