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Mentalidades y costumbres en el siglo XIX en Colombia

 
 

Personajes neogranadinos
Personajes neogranadinos. Acuarela del Álbum de José María Domínguez Roche, 1840. Museo Siglo XIX, Bogotá.

Tras la revolución de Independencia y durante el siglo XIX, se presentó una evolución en la mentalidad y las costumbres de la población y la sociedad colombiana, producto del paso de la vida colonial a la modernización y el desarrollo.

Apertura de la sociedad republicana

La revolución de Independencia no alteró sustancialmente la estructura social conformada durante la época colonial. Sin embargo, dio lu­gar a una apertura paulatina, desarrollada a lo largo del siglo XIX y con mayor acento en el siglo XX. Una de las causas de esta apertura social fue el traspaso del poder político entre los grupos dominantes de la sociedad. Los peninsulares o “chapetones” en su mayor parte emigraron a la península u otras regiones de América. En su remplazo los criollos, quienes ya desde el siglo XVII eran los dueños de las haciendas, la rique­za y la cultura, ocuparon los cargos políticos.

Pero quizá el factor de cambio más significa­tivo fue la cada vez mayor difusión de las ideas de igualdad social, libertad y ascenso social en virtud del trabajo y la riqueza. Gracias a ellas, fueron ca­yendo las barreras de una sociedad conformada principalmente por mestizos y negros esclavos que luchaban por la abolición de la esclavitud. Y así, la sociedad estamental y estratificada de la época colonial, con grandes discriminaciones raciales y sociales y sin ninguna movilidad social, gradual­mente fue dando paso a una sociedad de clases, en donde primaba la riqueza sobre la nobleza.

¿Aristócratas o burgueses?

 
Notables de la capital de la provincia de Santander (El Socorro), acuarela de Carmelo Fernández. 1850. Comisión Corografía, Biblioteca Nacional. Bogotá.

Los sectores superiores de la sociedad grana­dina eran aristócratas y burgueses. Conservaban actitudes sociales propias de la aristocracia al tiempo que manejaban la economía con la men­talidad de un burgués. No existía una clara distinción entre los grandes comerciantes y los te­rratenientes descendientes de familias colonia­les, como los Olayas, Lozanos, Caicedos y Ricaurtes. El hacendado se hacía comerciante, y a su vez, el comerciante se convertía en terrate­niente.

En la mentalidad de estos hombres primaba lo financiero, comercial y terrateniente. Consi­deraban que para el desarrollo era indispensable facilitar la apertura co­mercial, el librecambismo y eliminar la estructu­ra colonial del régimen fiscal y tributario. Ante el agotamiento de las minas y la libertad de los es­clavos, lucharon por el fortalecimiento de la agricultura del tabaco, la quina y el café, y por intensificar el comercio externo e interno.

Paralelamente, conservaron una cultura e ideología que emulaba los modelos europeos, principalmente ingleses y franceses. Viajaban a Europa y enviaban a sus hijos a estudiar a las universidades de este continente. Además, importa­ban pianos, paños ingleses, telas, joyas, libros y nuevas modas de Europa. Estas costumbres y mercancías se convirtieron así en símbolo de su refinamiento.

Héroes y pensadores


Uniforme militar, modelo para formación, 1824. Archivo General de la Nación. Bogotá.

Durante el siglo XIX el poder político pasó a manos de una nueva generación de dirigentes. No pertenecían a la aristocracia colonial ni tampoco eran terratenientes. Eran, en cambio, ideólogos y militares que habían participado activamente en la revolución emancipadora.

La "herocracia" o gobierno de los héroes de la patria tuvo su auge durante la guerra de Independencia. El valor en la guerra ofreció el ascenso militar y la promoción social a algunos militares, muchos de ellos pertenecien­tes a los sectores inferiores de la sociedad. Se convirtieron en caudillos, terratenientes, comerciantes, y aquellos con grandes atribu­tos, ascendieron al poder político. Estos últi­mos tenían una convicción de su papel provi­dencial en el establecimiento del orden y la consolidación nacional. Entre los militares que adquirieron poder político se cuentan Francisco de Paula Santander, Tomás Ci­priano de Mosquera y Jo­sé María Obando. Estos dos últimos son quizá los que mejor ilustran este fenómeno. Ambos generales participaron en las luchas civiles y fue­ron personajes decisivos en la política granadina de mediados del siglo XIX.

Los civilistas, por su parte, eran en su mayor parte abogados, leguleyos, letrados, si bien algu­nos también eran comerciantes y terratenientes. Muchos fueron catedráticos de las universidades y lectores de las obras que influyeron en las gran­des transformaciones sociales y políticas, y se convirtieron en los pensadores de la consolida­ción nacional. Conformaron los partidos y de­fendieron la creación de un Estado democrático y republicano. Participaron en los congresos y convenciones, y algunos hasta llegaron a la Presi­dencia, como José Ignacio de Márquez, Mariano Ospina Rodríguez y los presidentes del periodo radical. Otros fueron ideólogos, como Vicente Azuero y José Eusebio Caro.

La mentalidad eclesiástica


Jesuitas

Durante todo el siglo XIX, las diferentes medidas gubernamentales en detrimento de la Iglesia Católica enfriaron las relaciones político-religio­sas. Este enfriamiento tuvo su antecedente en la guerra de Independencia con la oposición del alto clero al movimiento emancipador y su de­fensa del orden colonial. Después de la revolución, el Gobierno colombiano estableció el Pa­tronato Republicano, mediante el cual asumió el derecho político sobre la organización ecle­siástica en Colombia, considerándolo un dere­cho inalienable del Estado, y no una concesión de la Santa Sede. Posteriormente, la supresión del fuero eclesiástico en 1850, la expulsión de los jesuitas en 1851 y la separación entre la Igle­sia y el Estado, consagrada en la Constitución de 1853, contribuyeron a deteriorar aún más las relaciones.

El problema religioso se intensificó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando los radicales determinaron la desamortización de bienes de manos muertas, la tuición de cultos, la persecución de prelados y establecieron legisla­ciones especiales sobre el matrimonio civil en varios estados soberanos. Como consecuencia de lo anterior, en la mentalidad del clero y los laicos católicos se fue desarrollando la idea de una Iglesia perseguida. Los religiosos se valieron de pastorales, hojas volantes, panfletos y otro tipo de medios para de­nunciar esta situación. Las sociedades católicas, las cofradías religiosas, los padres de familia y los periódicos católicos y tradicionales también ele­varon sus protestas. El conflicto político-religio­so repercutió incluso en algunas guerras civiles, como la de 1876, en la que los conservadores lucharon contra el anticlericalismo y las medidas de los radicales.

Comerciantes y artesanos


Artesanos del siglo XIX

A mediados del siglo XIX aparecieron otros grupos de presión, como los de los comerciantes y artesanos. Los comerciantes defendie­ron el librecambismo y una refor­ma tributaria que suprimiera los impuestos coloniales, considerados un obstáculo para el libre desarrollo del comercio. Los artesanos lucharon por la protección de la industria nacional, y a su alrededor se conformaron las sociedades democráticas, con sus ideas de progreso y el apoyo de las comunidades locales. Estas socieda­des estaban conformadas por obreros y jóvenes románticos y radicales y se difundieron en varias ciudades. Nacieron como una reacción al anti­nacionalismo surgido en la Constitución de 1847. Su influencia llegó a ser tan grande que cumplieron un papel decisivo en la elección del presidente José Hilario López en 1849.

También surgieron las sociedades populares, orga­nizadas por los jesuitas para la ayuda y protec­ción de los gremios de trabajadores. Además, se organizaron las escuelas republicanas entre los grupos dirigentes, las cua­les se destacaron por su anticolonialismo, anti­hispanismo y anticlericalismo.

Los negros y la abolición de la esclavitud


“Recolección de caña de azúcar”, grabado publicado por W. Clark, 1823.

Los negros esclavos lucharon en el siglo XIX por alcanzar la definitiva abolición de la esclavi­tud. Los antecedentes de esta lucha fueron las tensiones sociales de los cimarrones y pueblos de palenques en la segunda mitad del siglo XVIII. Los esfuerzos de Simón Bolívar y de ideólogos antiesclavistas como Juan del Corral y José Félix de Restrepo culminaron en las leyes de libertad de partos y manumisión de los esclavos en el Congreso de Cúcuta en 1821. Sin embargo, estas leyes tuvieron muchos enemigos, principalmen­te entre los amos de las haciendas y algunos sec­tores políticos, por lo cual fracasaron. Los esfuerzos de los abolicionistas sólo se verían re­compensados a mediados del siglo. En 1851, el presidente José Hilario López decretó oficial­mente la libertad absoluta de los esclavos. Poste­riormente, en la Constitución política de 1853 se declaró oficialmente que en Colombia no habría esclavos.

Los indígenas


Indias salivas haciendo casabe. Acuarela de Manuel María Paz, 1856. Álbum de la Comi­sión Corografía. Biblioteca Nacional de Colombia. Bogotá.

La ley del 2 de octu­bre de 1821 había establecido la igualdad del indígena colombiano, con todos los derechos y deberes de los demás ciudadanos libres. Por esta ley, también se hizo la repartición de tie­rras de los resguardos entre las familias indígenas. Pero a pesar de este reco­nocimiento, el siglo XIX fue una época oscura para ellos. La lucha por sus territorios los condujo a enfrentamientos permanentes con criollos y nuevos colonos.

La integridad de los resguardos y la defensa de su tierra fueron las banderas principales de la lucha indígena. Dicha integridad fue reconocida oficialmente en las disposiciones de 1820, 1832 y 1890. A su vez, en los años 1821 y 1850 se permitió la propiedad privada dentro de los res­guardos. Los esfuerzos indígenas culminaron en la ley básica 89 de 1890, mediante la cual se re­guló la organización interna de los resguardos y se adoptó la conservación de sus formas tradicio­nales: cabildos indígenas, elección de caciques-alcaldes y adjudicación de parcelas.

La colonización antioqueña

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, los antioqueños se desplazaron a las tierras baldías del sur de Antioquia que habían sido dadas en concesiones a terratenien­tes por la Corona española. Se inició así uno de los movi­mientos internos de pobla­ción de mayor significación en la historia de Colombia: la colonización antioqueña. Gra­cias a ella se pobló el sur de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, norte del Tolima, norte del Valle del Cauca, Chocó y otras regiones.

La consigna de los primeros colonos era construir vías de comunicación que unieran a Antioquia con el resto del país; abrir las tierras baldías e inhóspitas a la economía nacional y apropiarse de ellas en calidad de cultivadores. Dichas consignas fueron el resultado de factores socio-económicos que sirvieron como fuerzas iniciales de empuje. La decadencia de la minería y la agricultura en Antioquia, el crecimiento demográfico de la población, el estado miserable de grandes núcleos de población y la presión de los comerciantes antioqueños, colonizadores y constructores de caminos, se cuentan entre las principales causas de la colonización.


Grabado de “Historia naturalis palmarum”, de Cari F. Ph. von Martins, Leipzig, 1850.

En una primera etapa, los colonos llegaron hasta las tierras de la Concesión Villegas, en las cua­les surgieron los primeros pueblos, años en que corría la guerra de Independencia. Una segunda etapa se realizó en la primera mitad del siglo XIX, se colonizaron las tierras de la Concesión Aranzazu, y se fundaron los pueblos de Salamina, Pacora, Aranzazu, Neira, Manizales y Santa Rosa de Cabal. La tercera etapa abarcó la segunda mitad del siglo XIX, cuando se colonizó el Quindío, y fue estimu­lada por la búsqueda de las guacas quimbayas, el caucherismo, la cría de cerdos, las guerras civiles y el cultivo del café. Así surgieron las ciudades de Pereira, Armenia, Calarcá, Circasia, Montenegro, Caicedonia y Sevilla. Una cuarta etapa, a finales del siglo XIX, incluyó el norte del Tolima, Valle, Chocó y las áreas de los ríos Sinú y San Jorge. El proce­so de colonización continuó en el siglo XX hacia el golfo de Urabá y los llanos orientales.

La colonización antioqueña dio lugar a una nueva mentalidad y a un grupo social emprende­dor. Con el hacha, el machete y el trabajo este grupo desmontó selvas, fundó prósperas ciuda­des en la cordillera andina, estimuló el desarro­llo de las ya existentes y creó en el occidente del país un nuevo eje agrícola e industrial.