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Malí: un reino negro

 
 

El término Malí significa: tierra donde viven los reyes. Malí fue un Estado islámico que existió entre los siglos XIII y XVI, y se constituyó en el imperio más grande de su tiempo después del mongol. Esto se debió al monopolio crea­do por sus reyes que lograron controlar la producción y el comercio del oro, la sal e importantes rutas comerciales. Sus gobernantes construyeron varios centros de enseñanza islámica que se volvieron célebres, entre ellos Tombuctú.


Malí es un reino negro desde un principio y práctica­mente sucedió como Imperio a Ghana en la región suda­nesa.

El Imperio Malí, se originó en la región de los Man­dingas, grupo étnico negro del África Occidental, en la orilla norte del macizo Futa Djalón, comarca fértil y rica en minas de oro. Su capital era Niáni, convertida hoy en una aldea situada entre la frontera de la actual Guinea y Malí.

Hacia el año 1230, los Mandingas invadieron y se apoderaron del rico territorio de Ghana y en su lugar crearon el Imperio de Malí que fue ampliando sus fron­teras mediante la anexión de los reinos vecinos. El inicia­dor de la grandeza del Imperio fue Sundiata, quien después de recibir una larga educación de los magos de su pueblo, tomó el nombre de Mari Dajata," El león de Malí" y venció al asesino de toda su familia, Samangu-ru, quien se había apoderado del gobierno. Fue precisa­mente Mari Dajata quien se apoderó de Ghana en 1240, haciéndose dueño de las regiones auríferas del Uangara y del Bambuk. Con él empezó a incrementarse la agri­cultura. Durante su reinado, gracias a la paz reinante en su territorio, la población creció rápidamente.

Su hijo Mansa Ulé (1255-1270), fue un soberano pia­doso y prudente que incluso amplió la herencia paterna. Pero sus sucesores, débiles, crueles y viciosos, se granjea­ron la antipatía del pueblo y de los demás dirigentes, dando lugar a la formación de grupos antagónicos y estallando revueltas contra el gobierno.


Recreación artística de Mansa Musa, el poderoso señor del Imperio de Malí a comienzos del siglo XIV.

Ya en el siglo XIV (1332-1337), reinó Kankan Muza, llamado también Mansa Muza, considerado por algunos historiadores, como el soberano más importante de la raza negra, tanto por su inteligencia, personalidad y actividad, como por el lujo exagerado de su corte. El territorio que abarcaba su Imperio era inmenso: desde el desierto hasta la selva tropical, de norte a sur; y desde el Atlántico hasta el Níger, por el oriente.


Mansa Musa, emperador de Malí, fue en peregrinación a La Meca en 1324. Él se dice que viajó con un séquito de 60.000 hombres.

Mantenía relaciones amistosas y comerciales con Egip­to. Realizó una peregrinación a la Meca acompañado de numeroso séquito, muchos esclavos y gran cantidad de oro. En 1375 se levantó por primera vez en Europa un mapa de África Occidental, donde se menciona a Malí y al "Señor de los Negros", cuyas liberalidades eran fabulosas, repartiendo oro entre todos los personajes amigos. Sin embargo, su generosidad no se prodigó solamente en regalos, sino que también empleó su dinero para atraer a su país a sabios y escritores blancos que llevaron los conocimientos del mundo árabe. Aprovechó su viaje a la Meca para hacerse acompañar por el poeta y arquitecto Sahelí, que renovó la arquitectura sudanesa.


En este mapa del este de África, se muestra a Mansa Musa en su trono, sosteniendo simbolos de poder y riqueza
 

Reconstruyó Tombuctú, levantó mezquitas y palacios de ladrillo con techos de ma­dera y con amplias terrazas. Kankan Muza no sólo abrió sus fronteras a una civili­zación más avanzada, sino que además impulsó y amplió el comercio a través del Sahara, monopolizándolo.

Entre los sucesores de Kankan Muza sobresale Soli­mán, que reinó durante diecinueve años. En Malí, lo mismo que en algunos pueblos Amerindios, el heredero del trono no era el hijo del Monarca sino el sobrino, hijo de la hermana.

 

La agricultura estaba muy desarrollada y el comercio era muy activo. Las caravanas llegaban a Tombuctú, cargadas de mercancías desde los cuatro puntos cardinales. En Malí reinaba el orden y la justicia; ni los nacionales ni los extranjeros tenían que temer el robo o la violencia. El viajero era siempre bienvenido.

Con la muerte de Solimán (1360), comenzó la decaden­cia de Malí: una serie de guerras civiles fue minando su poder hasta el punto que Songhai, un país sometido a Malí, se apoderó de Tombuctú, imponiendo su suprema­cía. El país siguió dependiendo de otras naciones, hasta que finalmente en 1960 se proclamó su independencia con el nombre de República de Malí, cuya capital es Bama­ko.

 
 
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