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Imperio Carolingio: Consolidación del cristianismo

 
 

Cristianismo

Minado por los conflictos internos, por la rivalidad hegemónica entre la Ciudad de los Césares y Constantinopla y por el aco­so constante de los pueblos germánicos que avanzaban sobre Europa occidental, el Imperio Romano ya era una glo­ria con más pasado que futuro.

La fórmu­la de consolidar el poder con la pujanza económica, la fuerza militar y la cohesión ideológica (en este caso, religiosa) no pu­do ser aplicada. Quizás fue a partir de es­ta experiencia que la dinastía carolingia, que se proclamaba continuadora del Im­perio Romano, se apresuró a sellar una sólida alianza entre la Iglesia de Roma y el nuevo imperio forjado por Carlomagno. Nadie como el emperador sabía que, sin una cohesión espiritual, de tipo reli­gioso, el Imperio Carolingio no se sosten­dría en pie. Carlomagno, convertido en protector del Papado, se empeñó tanto en expandir sus fronteras como en cristiani­zar a los pueblos sojuzgados.

La naturaleza de Cristo

A partir del edicto de Constantino I el Grande en el año 313 y, en es­pecial, después del Concilio de Nicomedia, celebrado en el año 317, la Iglesia caracterizó al dogma como incuestionable, bajo pena de excomunión. El dogma fue definido como norma de "fe verdadera". Más tar­de, en el primer Concilio de Nicea, se definió como herética a toda doctrina diver­gente de la enseñanza oficial de la Iglesia. El obispo, por principio de autoridad, era el depositario de la verdad de las Escritu­ras, considerada fuente primigenia por ser revelada por Dios.

Jesús
La naturaleza de Jesús, considerada desde la relación del Hijo de Dios, fue el tema que absorbió la mayor parte de las controversias de los primeros siglos del cristianismo, por eso llamadas "dis­putas cristológicas".

Algunas corrientes doctrinales consi­deraban que Jesús era un ser mortal, que había sido elegido por Dios para reali­zar sus designios. Sólo por esta razón, más metafórica que teológica, podía llamár­sele Hijo de Dios. Esta doctrina fue cono­cida por el nombre de "adopcionismo". En la Iglesia romana, sin embargo, se abrió paso la teoría de que Cristo había preexistido como Hijo de Dios a su encar­nación en Jesús de Nazaret, y que había descendido a la Tierra para redimir a los seres humanos. Esta nueva doctrina se denominó "encarnacionismo".

Esta concepción de la naturaleza de Cristo generó intensos debates teológicos acerca de si en Cristo existía una natu­raleza divina o una humana, o bien am­bas. Si esto último era cierto, se discutía a continuación el tipo de relación entre ambas naturalezas: ¿estaban fundidas en una sola?, ¿ambas naturalezas estaban completamente separadas?; y de ser así ¿qué relación mantenían entre sí?.

Arrianismo

En este contexto surgió el "arrianismo", corriente teológica desarrollada por Arrio (256-336), sacerdote de Alejandría, quien consideraba que Jesús de Nazaret no era Dios o parte de Dios, sino una criatura creada por él.

Arrio
Fresco que representa al fundador del arrianismo: Arrio.

Discípulo de Luciano de Antioquía, el obispo Arrio, sostuvo que Dios (el Padre) había creado de la nada al Logos (su Hijo). Según él, al existir un tiempo previo en que el Hijo no había existido, el Hijo era una criatura de Dios y no era Dios mismo. Cristo era divino, pero su divinidad no era de la magnitud de la del Padre y, por lo tanto, no se le podía llamar Dios Verdadero. Su obra principal fue "Talía", hoy desaparecida, al igual que el resto de sus libros, que fueron quema­dos y prohibidos. El arrianismo fue condenado como herejía por el Concilio de Nicea, en 325, pero pervi­vió entre los godos y otros pueblos germánicos.

Finalmente, en el Concilio de Nicea de 325 se aprobó el credo propuesto por Atanasio, y la cerrada defensa del encarnacionismo hecha por Atanasio culminó con el destierro de Arrio. Si bien el "obispo hereje" fue perdonado por Roma en 336, al poco tiempo murió envenenado.

La disputa entre encarnacionistas y arríanos se mantuvo durante todo el si­glo IV, llegando incluso a haber emperadores arríanos. El mismo Constantino el Grande fue bautizado antes de morir por el obispo arriano Eusebio de Nicomedia. Ulfilas, obispo y misionero, propa­gó el arrianismo entre los pueblos germánicos, particularmente los hérulos, ostrogodos y vándalos. Después del Con­cilio de Calcedonia, celebrado en 381, el arrianismo fue definitivamente condena­do y considerado como herejía en el mundo católico. Sin embargo, el arrianismo se mantuvo como religión oficial entre los germanos hasta el siglo VI. El último rey germano en mantener el arrianismo fue Leovigildo, rey de los visigodos.

Valeriano de Abbensa
Valeriano de Abbensa

VALERIANO DE ABBENSA: Obispo del Imperio Romano en África proconsular, fue víctima de los gobernantes vándalos, quienes practicaban el arrianismo. Genserico rey vándalo entre 428 y 477 toleró en algunos momentos el catolicismo, pero exigió la conversión a la doctrina arriana, que profesaba, a sus consejeros más cercanos y procedió a numerosas confiscaciones de bienes de la Iglesia. Fue en este ámbito en el que a Valeriano se le exigió la entrega de los utensilios sagrados de la iglesia a lo que se negó repetidas veces. Genserico ordenó, mediante un edicto, su expulsión de la ciudad y prohibió que se le diera cobijo y alimento. Vivió largo tiempo a la intemperie hasta su muerte alrededor de 460 a la edad de unos 90 años.

Las otras disidencias

Como reacción contra el arrianismo sur­gió el llamado "apolinarismo", pero esta doctrina también fue considerada heré­tica por la ortodoxia romana. Inspirada por Apolinar de Laodicea, esta tendencia afirmaba que el espíritu de Cristo no era humano, sino divino al encarnarse en un cuerpo sin alma que era sustituida por el mismo Verbo. De este modo, para el gus­to de Roma, la naturaleza humana del Re­dentor era distorsionada: al negarle un alma humana, su figura quedaba reducida a un cuerpo carnal manipulado por Dios. La negación del dogma católico de la íntegra naturaleza humana de Cristo hizo que las enseñanzas de Apolinar fue­ran condenadas por el papa Dámaso I en los concilios de Roma de 374 y 377, al igual que por el primer Concilio de Constantinopla de 381. Los dirigentes apolinarios fueron ejecutados.

Los nestorianos

Las disputas cristológicas se encresparon con otra "here­jía", la doctrina del "nestorianismo", así denominada porque fue postulada por Nestorio (381-451), mon­je oriundo de Alejandría, al poco tiempo de ser entronizado obispo de Constantinopla. Esto lo llevó a enfrentarse con Cirilo de Alejandría, que defendía la tesis de la unicidad humana y divina de la figura de Cristo.

Nestorianos
Nestorianos

Tanto los nestorianos como los parti­darios de Cirilo fueron llamados al Con­cilio de Éfeso, en 431. Las discusiones te­ológicas se centraron fundamentalmente en torno al título con el cual debía tratar­se a la Virgen María. Si, como sostenían los nestorianos, la figura de la Virgen Ma­ría era considerada sólo como "christotokos" -palabra griega que significa "ma­dre de Cristo"-, Jesús quedaba reducido a un ser humano y mortal. Si, como de­fendían los partidarios de Cirilo, la Vir­gen María era Madre de Dios, su natura­leza también era divina. Finalmente, los nestorianos fueron considerados herejes y, desterrados del Imperio Romano, ha­llaron refugio en el Imperio Sasánida, don­de conformaron una iglesia propia.

El movimiento Cátaro

Si bien todas las corrientes religiosas te­nían que ver con diferentes sectores e intereses políticos y sociales, fue la doctri­na de los cátaros la que tuvo mayor carácter masivo. Fue un movimiento reeligioso de carácter gnóstico que se propagó por Europa occidental a mediados del siglo X, logrando asentarse hacia el si­glo XIII en tierras de Languedoe, donde contaba con la protección de algunos señores feudales, vasallos secesionistas de la corona de Aragón y dotados de una gran reivindicación de autonomía.

Los llamados "cátaros" -también co­nocidos como "albigenses"- constituye­ron un poderoso movimiento religioso- cultural, propulsor de un nuevo orden social, más justo en materia de la propiedad de la tierra. Sus planteamientos se extendie­ron entre las masas campesinas, que pa­saron a ejercer el reparto de tierras, y también en el bajo clero, que vivía en es­trecho contacto con los sectores pobres. Se oponían a los métodos autoritarios y represivos de la Iglesia y reivindicaban la posibilidad humana de alcan­zar un estado de desarrollo espiritual independientemente de la Iglesia.

Acto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán
“Acto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán” por Pedro Berruguete. La escena representa el castigo por parte de la iglesia católica a dos herejes cátaros antes de ir a la hoguera.

Según los cátaros, el Reino de Dios de­bía ser reconocido en este mundo, pues todo lo creado por Dios partici­paba de la naturaleza divina. La tierra, por tanto, era antes propiedad de Dios que de los hombres y no cabía ningún cri­terio propietario. En 1147, ante el incre­mento del catarismo, el papa Eugenio III terminó por invocar el uso de la fuerza, especialmente con el apoyo de la Coro­na de Francia. Para lograr la erradicación definitiva de la "herejía", en 1207 el Pa­pado convocó a la llamada "Cruzada albigense", que arrasó a sangre y fuego nu­merosas comunidades cátaras.

El igualitarismo de fray Dulcino

Dulcino (1250-1307), conocido también como fray Dulcino o Dulcino de Novara, fue un líder religioso italiano del siglo XIV, fundador de la secta de los Herma­nos Apostólicos o “dulcinitas”. Predicó la proximidad del fin de los tiempos y el descenso del Espíritu sobre los apostóli­cos. El papa Clemente V decretó contra él y sus seguidores una cruzada, durante la cual fue capturado, torturado y que­mado vivo.

Dulcino anunció un inminente fin de los tiempos, en el cual el orden y la paz serían restablecidos. Criticó a la Iglesia por la acumulación de riquezas y predicó la austeridad como esencia del cristianismo. Considerado un precursor del utopismo moderno, insistía en la oposición a la jerarquía eclesiástica y exigía el retorno de la Iglesia de Roma a sus ideales origi­nales de pobreza y humildad. Se oponía al sistema feudal, exigiendo la entrega de la tierra a los campesinos y la libera­ción de los hombres de cualquier restricción.

Dulcino
Dulcino postulaba la organización de una sociedad igualitaria, basada en la ayuda y el respeto mutuo, la pro­piedad comunitaria y la igualdad de los hombres y las mujeres.

La humildad de los Jerónimos

Ante las abrumadoras críticas que proliferaban contra la opulencia de la curia romana, en el seno mismo de la Iglesia sur­gieron movimientos en pro de la austeridad. A mediados del siglo XIII se formaron espontáneamente varios gru­pos de eremitas que deseaban imitar la vida de San Jerónimo. Entre ellos sobresalieron Pedro Fernández Pecha y Fer­nando Yáñez de Figueroa, que deciden organizarse como orden. El 18 de octubre de 1373 el papa Gregorio XI emitió una bula que concedió a estos ermitaños el carácter de orden religiosa, emuladora de la espiritualidad de San Jerónimo.

El Sacro Imperio, nación de naciones

Formado en 962, el Sacro Imperio tiene sus orígenes en la parte oriental de las tres en que se dividiera el Imperio Carolingio. Desde entonces se mantuvo como la entidad predominante en Europa cen­tral durante casi un milenio. La denomi­nación del Sacro Imperio varió enorme­mente a lo largo de los siglos. En 1034 se utilizaba la fórmula Imperio Romano pa­ra referirse a las tierras bajo dominio de Conrado II, y no fue hasta 1157, durante el reinado de Federico I Barbarroja, que se empezó a usar el término Sacro Impe­rio.

 Federico Barbarroja
Federico I Barbarroja

Por otro lado, el uso del término Em­perador Romano hacía referencia a los gobernadores de las tierras europeas del norte y comenzó a emplearse con Otón II el Sanguinario (emperador entre 973 y 983). Los emperadores anteriores, desde Carlomagno (muerto en 814) hasta Otón I el Grande (emperador entre 962 y 973), ha­bían utilizado simplemente el título de "Em­perador Augusto". El término Sacro Imperio Romano comenzó a ser usado a partir de 1254. Desde sus inicios, estuvo constituido por diversos pueblos, y una parte sustancial de su nobleza y cargos electos procedía de fuera de la comunidad germano hablante.

En su apogeo, el imperio englobaba la mayor parte de las actuales Alemania, Austria, Sui­za, Liechtenstein, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, República Checa y Eslovenia, así como el este de Francia, norte de Italia y oes­te de Polonia. Y con ellos sus idiomas, que comprendían multitud de dialectos y varian­tes de lo que formarían el alemán, el italia­no y el francés, además de las lenguas esla­vas. Por otro lado, su división en numerosos territorios gobernados por príncipes seculares y eclesiásticos, obispos, condes, caballeros imperiales y ciudades libres hací­an de él un territorio mucho menos cohesionado que los Estados modernos.

Coronación de Otón III
Coronación de Otón III

Como indicaba el prefijo "sacro", el con­cepto de imperio no sólo implicaba el gobierno de un territorio específico, sino que tenía fuertes connotaciones religiosas. Durante mucho tiempo mantuvo un fuerte ascendente sobre otros gobernan­tes del orbe cristiano. Hasta 1508, los re­yes alemanes no eran considerados co­mo emperadores hasta que el papa, vicario de Cristo en la tierra, los hubie­se coronado formalmente como tales. El imperio, por tanto, podría describirse co­mo una conjunción entre un Estado y una confederación de carácter religioso. No en vano su matriz fue la alianza estraté­gica entre el emperador Carlomagno y el Papado romano.

Santísima trinidad

Uno de los temas teológicos más canden­tes, durante los primeros siglos del cristianismo, era el de la Santísima Trinidad: la unicidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Otro punto conflictivo era el de la naturaleza de la Virgen María como Madre de Dios. Al calor de estas discusiones se generaban diferentes tendencias que eran condenadas por la Iglesia como herejías. Estos enfrenamientos culminaron con el cisma de la Iglesia de Roma y la Iglesia de Oriente, con sede en Constantinopla, en 1054.

La Inquisición

En los primeros tiempos de la Iglesia cristiana, la pena habitual por herejía era la excomunión. Cuando los emperadores romanos asumieron el cristianismo como religión estatal en el siglo IV, los herejes se convirtieron en enemi­gos del Estado.

La Inquisición o “Santo Oficio” fue la encargada de extremar el castigo de las "herejías". El "edicto de fe" obligaba a los fieles, bajo pena de excomunión, a denunciar a los herejes y cómplices. El "edic­to de gracia" daba al hereje un plazo de quince a treinta días para confesar su culpa sin que se le aplicase la confiscación de sus bienes, la prisión perpetua o la pena de muerte. Esto generaba autoinculpaciones, pero también numerosas delaciones.

Inquisición
Inquisición: Escena de «Los archivos secretos de la Inquisición»

La Inquisición medieval, de la que derivan todas las demás, fue fundada por la Iglesia de Roma en 1184 en Languedoc, en el sur de Francia, para combatir la herejía de los cátaros o albigenses. En 1249, se implantó también en el reino de Aragón, pero, esta vez, también a título de la Corona, por lo que asumió carácter esta­tal. Con la unión de Aragón y Castilla, la Inquisición, también conocida como Santo Oficio, pasó a estar bajo el control directo de la monarquía hispánica de los Habsburgo, cuyo ámbito de acción se extendió después a América. Fue una de las instituciones represivas más crueles de la historia. El Santo Oficio de Roma recién fue suprimido en 1965.

España se ensañó especialmente con los judíos, incluso después de su expulsión masiva, en 1492. Llegó al extremo de exigir certificados de "pureza de sangre" para perseguir a los cristianos sospechosos de ser descendien­tes de judíos.

Giordano Bruno

Giordano Bruno Giordano Bruno

El italiano Giordano Bruno (1549-1600), a los dieciséis años, ingresó a la Orden de los Dominicos, donde estudió filosofía aristotélica y tomismo. Rechazó venerar imágenes de santos aceptó sólo el crucifijo. En 1566 tuvo lugar el primer procedimiento en su contra por sospechas de herejía. Tras haber pasado ocho años en la cárcel, el 17 de febrero de 1600, en Campo de Fiori, Roma, Italia, Giordano Bruno muere quemado en la hoguera, por orden del papa Clemente VIII, al no retractarse de sus convicciones acerca del Universo y de Dios, en las que establece un panteísmo con exaltación de la naturaleza, equiparando universo y divinidad. Según él, el Universo se halla penetrado de vida divina y no es distinto de Dios. Uno de sus discípulos, Mocenigo, ha sido quien lo ha denunciado a la Congregación del Santo Oficio (Inquisición) que lo ha encontrado culpable de herejía.

Galileo Galilei

Astrónomo, filósofo, matemático y físi­co italiano, Galileo Galilei (1564-1642) fue uno de los grandes protagonistas de la revolución científica del Renacimien­to. Su convicción de que, contrariamen­te a lo que sostenía la Iglesia (teoría geocéntrica), la Tierra giraba alrededor del Sol (teoría heliocéntrica), lo enfren­tó con la Inquisición. Fue acusado de ser partidario de la Reforma protestante y condenado por la Inquisición a vivir recluido durante muchos años.

El 12 de abril de 1633, en Italia; el Tribunal de Inquisición inicia oficialmente el proceso de herejía contra el astrónomo Galileo Galilei, que concluirá con la condena a prisión perpetua, pese a la renuncia de Galileo a defenderse y a su retractación formal. La pena será suavizada en cierta medida, al permitírsele que la cumpla una de sus propiedades recreativas cercana a la villa de Arcetri. A los 69 años de edad, Galileo debe dar explicaciones ante el Tribunal de Santo Oficial por el libro que había publicado un año atrás: “el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo”; en el que defiende el modelo heliocéntrico propuesto por Copérnico, en el cual la Tierra y los planetas giran alrededor del Sol. Esta teoría dejaba expuestas las carencias científicas del geocentrismo defendido por la Iglesia, que colocaba a la Tierra en el centro fijo del universo y que estaba basado en el modelo ptolemaico de la antigüedad que era el que mejor encajaba con las Sagradas Escrituras. En junio de 1633, Galileo fue obligado a pronunciar de rodillas la retractación de todos sus dichos, dejando en debate abierto una de las peleas más antiguas de la historia entre Ciencia y Religión. Muchos dicen que al momento de arrodillarse Galileo dijo: “Eppur si muove” (que traducido significa; “Y sin embargo, se mueve”).

                               Galileo Galilei Galileo Galilei

La amenaza del Islam

En los siglos IX y X Europa occidental se vio asolada por una nueva ola de invasiones de distintos pueblos no cristianos. A la amenaza de los mu­sulmanes se añadió la de los magyares. La primera gran oleada de la invasión árabe terminó a comienzos del siglo VIII. Poco a poco, los mu­sulmanes construyeron una serie de bases navales en los territorios ocu­pados del norte de África, España y el sur de la Galia. En el siglo IX, el Islam pasó a dominar casi todo el Mediterráneo. Hicieron incursiones en las costas del sur de Europa, sobre todo en Italia, e incluso amenazaron Roma en el año 843.

Los magyares eran un pueblo procedente de Asia occidental. A finales del siglo IX, presionados por otros pueblos, los magyares emigraron hacia Europa occidental y central. Se estable­cieron en las llanuras de Hungría, y desde ahí hacían correrías por toda Europa Occidental. A fines del siglo X se convirtieron al cristianis­mo, se dedicaron a la agricultura y se sedentarizaron en el reino de Hungría.

 
 
 
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