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Imperio Bizantino: Organización política

 
 

Organización política del Imperio Bizantino

El jefe supremo del Imperio Bizantino era el “basileus” palabra griega que significa rey. Este término fue adoptado en 629 por el emperador Heraclio, en sustitución del antiguo título romano de Augusto. A partir de Heraclio, la denominación de basileus se uso para nombrar al emperador. La forma femenina “basilissa” se refería a la emperatriz. Ésta también era denominada “Eusebestati Augusta” que significaba “La más Pía Augusta”. La denominación “basileopator” era un título de honor reservado para el padre del emperador.

El emperador estaba relacionado directamente con la Iglesia, uno de los títulos del emperador era Isapóstolos (“Igual a los Apóstoles”), esta subjetiva coalición entre el Estado y la Iglesia, y el sostén de la autoridad apoyada en la voluntad de Dios, convirtió a este Imperio en un estado teocrático.

SIGLOS DE GRAN POTENCIA

El Imperio Bizantino (395 -1453) o Imperio Romano de Oriente alcanzó su apogeo durante el reinado de Justiniano I (527- 565), cuya extensión territorial no tuvo nada que envidiar al antiguo imperio de las épocas de Augusto. Consciente de que la religión era el galvanizador más idóneo para las distintas entidades culturales que su poder abarcaba, Justiniano invirtió en la construcción de numerosos templos e iglesias entre los cuales sobresalía, sin duda, la Basílica de Santa Sofía, levantada en la misma ciudad de Constantinopla.

Imperio bizantino en 550 d.C. bajo el reinado de Justiniano
Imperio bizantino en 550 d.C. bajo el reinado de Justiniano

En 1054, el cisma entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente produjo que el Papa de Roma, jefe del catolicismo, alentara las cruzadas, campañas militares que, bajo el pretexto de devolver a la cristiandad los lugares sagrados según el Evangelio, implicaron el avance de Occidente sobre el Oriente. En 1453 los turcos otomanos toman Constantinopla, y la Basílica de Santa Sofía se convierte en mezquita.

Política imperial

Un territorio tan extenso como el del Imperio Romano de Oriente no podía dejar de abarcar una gran multiplicidad de etnias y culturas. La situación cambiante de las fronteras imperiales y el acoso constante al que se vieron sometidas convirtieron la persistencia del imperio en un hecho sorprendente. La centralización del poder se mantuvo relativamente firme por siglos y la burocracia de Constantinopla mantuvo un satisfactorio nivel de eficiencia. Distintos factores, de tipo contradictorio, exigían el constante perfeccionamiento de la maquinaria del Estado. Por un lado, el emplazamiento geográfico de Constantinopla la convertía en un centro estratégico del comercio mediterráneo, lo que requería una correcta administración.

Esta situación convertía a la ciudad en un objetivo tentador para otros imperios y reinos, lo que llevó a un estado de guerra casi permanente. Los gastos militares ponían a prueba la economía bizantina, lo que planteaba mayores exigencias a la administración. Gracias a esta cuidadosa burocracia, entre otras razones, hay abundante información sobre las circunstancias que debió sortear el Imperio Bizantino.

Panorámica de Constantinopla, obra de Thanassis Bakogiorgos.
Panorámica de Constantinopla, obra de Thanassis Bakogiorgos.

El "eparca"

Se llamaba “eparca” de Constantinopla al gobernador de la capital. Era el cargo más alto de la carrera administrativa y estaba investido de autoridad casi sin límite. Su principal misión consistía en garantizar la seguridad y el orden, para lo cual contaba con una institución llamada "Secretum". El prefecto tenía jurisdicción sobre los gremios de mercaderes y artesanos, controlando a la vez el cumplimiento de las obligaciones impositivas.

La potencia militar de Bizancio

Durante siglos, el ejército bizantino fue el más poderoso de la cuenca mediterránea. Heredero de las legiones romanas y moldeado en su horma, en los siglos III y IV fue reformado, centrando su capacidad ofensiva en la denominada “caballería pesada” (en griego, “catrafacta”). La armada bizantina tuvo un papel preponderante en la hegemonía marítima del imperio gracias a sus ágiles embarcaciones llamadas “dromos” y al uso de armas de su propia inventiva, como el “fuego griego”. La superioridad naval de Bizancio le proporcionó el dominio del Mediterráneo oriental hasta el siglo XI, cuando empezó a ser desplazada por las flotas de algunas ciudades-estado italianas, especialmente Venecia.

En un principio, Bizancio desarrolló dos tipos de tropas: los “limitanei” acantonados en la frontera como cuerpos de gendarmería, y los “comitatenses” que eran cuerpos expedicionarios de gran movilidad. A partir del siglo VII el imperio se organizó en “themata” circunscripciones administrativas y militares al mando de “estrategas”, especie de jefes de estado mayor con plenos poderes.

Caballería bizantina siglos VI y VII. Se ve la división entre arqueros y lanceros.
Caballería bizantina siglos VI y VII. Se ve la división entre arqueros y lanceros.

Además de su gran poderío militar, Bizancio se caracterizó por su hábil capacidad diplomática. Cuando no podía asegurar el triunfo por medio de la fuerza bélica, no dudaba en pagar tributos que mantuviesen alejados a sus enemigos. Igualmente, contaba con un sorprendente servicio de inteligencia, cuyas filtraciones llegaban hasta el mismo Papado de Roma.

Una de las debilidades del ejército bizantino fue la necesidad de recurrir a tropas mercenarias, de dudosa lealtad. Entre los cuerpos mercenarios más conocidos resalta la famosa guardia vikinga varega, que llegaba desde las estepas de Rusia, y que protagonizó sangrientas revueltas. Finalmente, el estudio de la estrategia militar alcanzó un gran auge en el imperio Bizantino. Varios emperadores, como Mauricio, escribieron tratados sobre doctrina de guerra. La estrategia bizantina basaba el éxito militar en el sigilo operacional, la capacidad de sorpresa y el firme liderazgo de los comandantes.

El artilugio del "fuego griego"

La flota de Constantinopla era la más poderosa del Mediterráneo. Estaba dotada de los barcos más grandes y mejor armados Una de las armas más temibles de la escuadra imperial era el llamado “fuego griego” una sustancia incendiaria y explosiva capaz de arder sobre el agua, inventada hacia el 650 por Calínico, un griego oriundo de Siria. Aunque se desconoce su composición exacta, se cree que estaba compuesta, entre otras cosas. por petróleo, resina y azufre. El fuego griego era arrojado por medio de sifones lanzallamas emplazados en la proa de los buques bizantinos. La técnica de esta arma fue mantenida en secreto por Bizancio y fue decisiva en la victoria sobre las flotas árabes que asediaron Constantinopla en 668-669 y 674-678, pero sobre todo durante el gran sitio de 717-718. El fuego griego fue empleado desde entonces con frecuencia, incluso contra las naves que transportaban a los cruzados.

El fuego griego
La flota bizantina en tiempos de Justiniano disponía de 12.000-18.000 hombres y 50-60 barcos. El barco de guerra más común era el dromón.

El mundo de la corte

Si bien el basileus era el epicentro del poder, éste emanaba de una maraña de fuertes intereses y cambiantes alianzas que se entretejía a su alrededor. La corte era la caja de resonancia de esta situación, que fácilmente derivaba hacia graves crisis. Por lo general, éstas se saldaban de forma expeditiva: ya sea mediante la conjura y el crimen planificado o, directamente, por la guerra. El alto clero, los mandos superiores del ejército, los fuertes comerciantes y los propietarios de la tierra eran los sectores que animaban la corte. Allí se decidían las medidas políticas, los grandes negocios, las campañas militares y, también, los rumbos teológicos, por supuesto, en medio de interminables "discusiones bizantinas".

La expresión Imperio Bizantino (de Bizancio, antiguo nombre de Constantinopla) es una creación del historiador alemán Hieronymus Wolf, a mediados del siglo XVI. El término no se hizo de uso frecuente hasta el siglo XVII, cuando fue popularizado por autores como Montesquieu. Reducto de las corrientes cristianas consideradas heréticas por la Iglesia de Roma, Bizancio se caracterizó por una mayor tolerancia. Es así como la 
corte de Bizancio se convirtió en escenario de interminables discusiones teológicas, que confirieron al término "bizantino" un toque de decadencia. Sin embargo, los testimonios de estas discusiones constituyen una apasionante radiografía del cristianismo de la época. 

Corte Bizantina con la emperatriz Teodora, esposa de Justiniano I, al mando de la palabra.
Corte Bizantina con la emperatriz Teodora, esposa de Justiniano I, al mando de la palabra.

Dinastías bizantinas

Las dinastías bizantinas destacadas dentro de la historia del Imperio, del 272 al 1453 fueron:

DINASTÍA CONSTANTINOPLA O CONSTANTINIANA: Esta dinastía fundacional comprende los reinados de Constantino I el Grande (306-337), Constantino II (337-361), y Juliano el Apóstata (361-363).

DINASTÍA TEODOSIANA: Fue fundada por Teodosio I basileus del Imperio Romano de Oriente (379-395) y Occidente (394-395) quien impuso el cristianismo como religión oficial del Imperio.

DINASTÍA DE LOS HERÁCLIDAS: Sobresalieron Heraclio (610-641), Constantino III Heraclio (641), Heracleonas Constantino (641), y Constante II Pogonato “el Barbado”.

DINASTÍA MACEDÓNICA: Basilio II (963-1025) condujo al Imperio Bizantino al máximo de su poder en cinco siglos. Fue apodado “Bulgaróctono” que significa “matador de búlgaros”.

DINASTÍA COMNENO: Juan II Comneno emperador bizantino entre 1118 y 1143, hijo y sucesor de Alejo I Comneno, fue ponderado por sus contemporáneos como un verdadero humanista.

DINASTÍA PALEÓLOGA: Juan VIII Paleólogo (1392-1448), el más destacado de la dinastía, ante la amenaza otomana, visitó al Papa de Roma y aceptó la unión de las iglesias griega y romana. El último emperador bizantino, Constantino XI Paleólogo, murió defendiendo la capital del Imperio. La caída de Constantinopla se produjo finalmente el 29 de mayo de 1453.

La caída de Constantinopla aconteció el 29 de mayo de 1453
La caída de Constantinopla aconteció el 29 de mayo de 1453, cuando el gran cañón otomano abrió brecha en las, hasta entonces, inquebrantables murallas bizantinas.

 
 
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