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Imperio Bizantino: Historia

 
 

Constantinopla capital del Imperio Bizantino
Constantinopla capital del Imperio Bizantino

Los herederos de Roma

El Imperio Bizantino fue un imperio cristiano medieval, heredero de la gran cultura helenística, cuya capital fue establecida en Bizancio y luego rebautizada como Constantinopla. Para algunos historiadores, su inicio se da con la fundación de Constantinopla en 330; otros, en cambio, consideran que el surgimiento del Imperio Bizantino coincide con la muerte de Teodosio I, en 395, cuando el Imperio Romano fue dividido en el Imperio de Occidente y el de Oriente. Finalmente, algunos estudiosos sostienen que el Imperio Bizantino nació cuando fue depuesto el último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, en 476. Sin embargo, su fecha de término no deja dudas, todos coinciden en que la desaparición del Imperio Bizantino se produjo con la caída de Constantinopla en poder de los turcos otomanos, en 1453.

Su definición como "Imperio Bizantino" fue un aporte del historiador alemán Hieronymus Wolf, quien lo empleó por primera vez en su obra "Corpus Historiae Byzantinae” publicada en 1557. Wolf procuró resaltar el período de la historia que va desde la caída de Roma en manos de los "bárbaros" hasta la de Constantinopla en manos de los otomanos, distinguiéndolo de las culturas griega y romana de la Antigüedad clásica.

LA PARTICIÓN DEL "IMPERIUM"

Los orígenes del imperio se remontan a la etapa final del Imperio Romano. Inicialmente, abarcaba todo el Mediterráneo oriental, pero, a lo largo de los siglos, fue sufriendo importantes modificaciones territoriales. La partición de Roma no es una coyuntura abrupta en el tiempo que se pueda definir sistemáticamente. Para hacer un análisis podemos ubicarnos cronológicamente a finales del siglo III, cuando para asegurar el control del Imperio Romano y hacer más eficiente su administración, Diocleciano emperador desde 284 a 305, en medio de las "invasiones germánicas" que se acercaban a las puertas de Roma, instituyó el régimen de gobierno conocido como "tetrarquía". Dividiendo el imperio en cuatro partes, que fueron gobernadas por cuatro emperadores augustos. Cada uno de ellos contaba con un "viceemperador” futuro heredero del trono a su muerte. Tras la abdicación de Diocleciano, el sistema perdió su vigencia y se abrió un período de guerras civiles, hasta 324, cuando Constantino I el Grande reunió ambas partes del imperio y restauró la unidad.

tetrarquía: Imperio Romano en el año 311
Imperio Romano en el año 311

Constantino I El Grande

Emperador entre 324 y 337, reconstruyó la ciudad de Bizancio y, en 330, la proclamó nueva capital del Imperio Romano. La llamó "Nueva Roma” aunque se la conoció popularmente como Constantinopla ("la ciudad de Constantino"). La nueva administración imperial tuvo su sede en la ciudad, que gozaba de una envidiable situación estratégica y estaba situada en el nudo de las más importantes rutas comerciales del Mediterráneo oriental, precisamente las que vinculaban el Mare Nostrum con el Lejano Oriente.

Constantino fue también el primer emperador en adoptar el cristianismo, religión que fue incrementando su influencia a lo largo del siglo IV y terminó por ser proclamada por el emperador Teodosio I, a finales de dicha centuria, cómo religión oficial del imperio. La asunción del cristianismo como religión del Estado fue un punto de inflexión, tanto para el Imperio Romano como para los seguidores de la fe cristiana. Para los sectores dominantes del "Imperium” fue la posibilidad de acabar con un largo tiempo de protestas interiores y actualizar su discurso político. Para los fieles cristianos, significó el fin de tres siglos de persecución, pero también la desnaturalización de muchos principios del Evangelio, al quedar identificadas sus creencias con los complejos y contradictorios avatares del poder político.

Constantino I el GrandeConstantino I el Grande

La disputa por el legado
 
Constantino I el Grande, fue el último emperador del imperio unificado. Tiempo después tras la muerte de Teodosio I, en 395, la pretensión de Roma de mantenerse como sede de la Iglesia Católica se tradujo en un cisma que partió al antiguo "Imperium" en dos: el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente. Honorio, su hijo mayor, heredó la mitad occidental, con capital en Roma, mientras que su otro hijo, Arcadio, asumió el gobierno de la parte oriental, con capital en Constantinopla.

Mientras que el Imperio Romano decaía en su parte occidental de manera drástica, en el oriente, los herederos de Arcadio lograron resistir las constantes invasiones de los pueblos ''bárbaros'' que, generalmente a través de los Balcanes, amenazaban al Imperio. Su sucesor, Teodosio II, reforzó las murallas de Constantinopla y la ciudad adquirió fama de ser inexpugnable.

Imperio Romano de Occidente e Imperio Romano de Oriente
Imperio Romano de Occidente e Imperio Romano de Oriente

Constantinopla no sólo se mantuvo firme mediante las armas, sino también a través de la habilidad política y la sensatez diplomática. Logró evitar la invasión de los hunos mediante el pago de tributos, hasta que se disgregaron y dejaron de representar un peligro tras la muerte de Atila, en 453. Por su parte, Zenón, emperador entre 474 y 491, evitó la invasión del ostrogodo Teodorico mediante artilugios, haciendo desviar el grueso de sus tropas hacia Italia.

En este período se inició también la estrecha asociación entre la Iglesia y el imperio: León I (457-474) fue el primer emperador coronado por el patriarca de Constantinopla. La Iglesia de Oriente terminó por subordinarse al poder político. A finales del siglo V, el peligro que suponían las invasiones "bárbaras" pareció conjurado. Sin embargo, Roma nunca se mostró tan interesada en restaurar el antiguo "Imperium" como Bizancio.

Justiniano I y el esplendor de Bizancio

Durante el imperio de Justiniano I (527-565), el Imperio Bizantino llegó a su apogeo. El emperador se propuso restaurar las fronteras del antiguo Imperio Romano. Pero Roma continuó observando a los bizantinos como un injerto extraño, indigno de los ancestros de Rómulo y Remo.

Bajo el reinado de Justiniano I el Grande, el Imperio Bizantino
El imperio Romano de Oriente logró recuperar grandes territorios perdidos a causa de las invasiones bárbaras en Occidente durante el reinado de Justiniano.

Bajo el reinado de Justiniano I el Grande, el Imperio Bizantino fue objeto de avanzadas reformas legales, que agilizaron las tareas de gobierno y la administración del vastísimo territorio. Emprendió una gran expansión militar hacia Occidente, sobre todo gracias a las campañas de Belisario, su comandante en jefe y hombre de confianza. El fortalecimiento económico y político y la consolidación del cristianismo como religión oficial de Bizancio fueron puestos al servicio de un proyecto de restauración y unificación del Imperio Romano -"renovatio imperii romanorum"-, por el cual Justiniano es considerado por muchos historiadores como "el último emperador romano". La Iglesia Ortodoxa lo venera como santo el día 14 de noviembre.

Tanto el "Codex" como las "Novellae" de Justiniano fijan numerosas normas sobre donaciones, fundaciones y la administración de la propiedad eclesiástica: la elección y derechos de los obispos, sacerdotes y abades; la vida monástica; las residencias del clero; las ceremonias; la jurisdicción episcopal, etc. Justiniano también reconstruyó la iglesia de Santa Sofía, cuyo edificio original había sido destruido.

Santa Sofía
La nueva Santa Sofía, con sus capillas y altares, su gran cúpula dorada y sus extraordinarios mosaicos, se convirtió en el centro y en el monumento más visible de la ortodoxia oriental en Constantinopla.

Bajo el reinado de Justiniano, Constantinopla se convirtió en el mayor centro del comercio entre Oriente y Occidente. La ciudad fue embellecida a costa de otras ciudades del imperio. En el foro se colocó una columna donde se emplazó una estatua de Apolo, a la que Constantino hizo quitar la cabeza para colocar una réplica de la suya. La ciudad de Constantinopla contaba con un hipódromo, construido en tiempos de Septimio Severo, que podía albergar más de 50.000 personas y era la sede de las fiestas populares y de homenaje a los generales victoriosos del imperio.

BELISARIO: Flavio Belisario (505-565) fue el más famoso general de la historia de Bizancio y el principal protagonista militar de la expansión que durante el reinado de Justiniano llevó a cabo el imperio Bizantino sobre el Mediterráneo occidental. Desempeñó un papel muy importante en la reconquista de gran parte del Imperio de Roma, que se había perdido aproximadamente hacía un siglo. Fue comandante de una gran expedición terrestre y marítima contra el reino de los vándalos, que libró exitosamente entre 533 y 534. Por sus grandes méritos, recibió a su regreso el título de "magister militum per Oriente”.

TEODORA: Emperatriz bizantina (501-548), fue esposa de Justiniano I y gozó de gran popularidad y poder. Hija de una familia que trabajaba en el circo y prostituta en su juventud, se destacó por su valentía y sangre fría en los momentos más difíciles. Fue un apoyo indispensable para el emperador. Ella misma, que contaba con un gran poder político, aconsejaba al general Belisario en las campañas más complejas.

La emperatriz Teodora y el emperador Justiniano
La emperatriz Teodora y el emperador Justiniano

Política religiosa de Justiniano

La política religiosa de Justiniano se reflejó necesariamente en la unidad de la fe, que sólo podía ser la cristiana. Las fuentes contemporáneas hablan de graves persecuciones contra los no cristianos. Los judíos vieron restringidos sus derechos civiles, prohibiéndose el uso de la lengua hebrea durante la celebración del culto, bajo amenaza de castigo corporal y destierro. Justiniano se encontró con una gran resistencia entre los samaritanos y maniqueos, que se rebelaron muchas veces.

La recuperación territorial lograda en Occidente por Justiniano I no se mantuvo mucho tiempo. El avance de los pueblos germánicos minaba constantemente las fronteras romanas. La pérdida de Ravena marcó el fin del dominio de Bizancio en la Italia central. Poseedora de una gran flota, Bizancio mantuvo su control en Sicilia, pero el resto de la península cayó en manos de los lombardos.

Tiempos de crisis

Mapa del Imperio Romano de Oriente en tiempos de Justiniano
Mapa del Imperio Romano de Oriente en tiempos de Justiniano

Justiniano murió sin dejar herederos. Lo sucedió en el trono su sobrino Justino II (565-578), quien no pudo impedir que los lombardos ocuparan una gran parte de Italia. Tampoco que los eslavos avanzaran por los Balcanes y los sasánidas, acaudillados por Cosroes II, hicieran suyo todo el territorio de Siria y Capadocia. Los siglos VII y VIII fueron un período de crisis, del cual, sin embargo, pese a las pérdidas territoriales, el imperio de Bizancio salió reforzado. Heraclio, considerado uno de los grandes emperadores bizantinos, tras veinte años de reinado logró consolidar una fuerte reforma administrativa, reforzar la economía y recomponer el aparato militar.

A las puertas de Jerusalén

Heraclio (575-641) fue emperador de Bizancio desde 610 hasta su muerte. En 626, mientras Heraclio se encontraba ausente, Constantinopla fue asediada por los ávaros, pero los intentos de los persas por ayudar a estos últimos, con quienes se habían aliado atravesando el Bósforo, fueron rechazados por la armada bizantina. Heraclio consiguió la ayuda de los jázaros y otros pueblos turcos y se dedicó a fomentar las divisiones internas existentes entre los persas. En Nínive, en 627, las fuerzas bizantinas derrotaron al ejército persa. Pero los sasánidas se rehusaron a firmar la paz. Heraclio avanzó hasta Ctesifonte, la capital persa, y los sasánidas se rindieron. La dinastía de los sasánidas nunca se recuperó de esta derrota. EI 14 de septiembre de 628 Heraclio entró triunfante en Constantinopla.

 

El emperador Heraclio portando un icono de Cristo en la Batalla de Nínive
El emperador Heraclio portando un icono de Cristo en la Batalla de Nínive

En 630, llegó a la cumbre de su poder cuando marchó triunfalmente hasta Jerusalén, donde repuso la Vera Cruz en la iglesia del Santo Sepulcro. Sin embargo, al poco tiempo, el profeta Mahoma acabó de unificar a las tribus nómadas de la península arábiga y, pocos años después, el islam se lanzó contra el imperio en una implacable ofensiva. Cuando los musulmanes invadieron Siria y Palestina en 634, Heraclio, que había caído enfermo, no pudo combatirlos personalmente. En la batalla de Yarmuk, en 636, el ejército bizantino, superior en número, fue derrotado por los árabes y los territorios de Siria y Palestina se perdieron para siempre.

La batalla de Yarmuk tuvo lugar a las orillas de este río, afluente del Jordán al Sur del mar de Galilea. La pesada caballería imperial se enfrentó a la caballería ligera de los árabes. Mahoma había sembrado en ellos la idea de la guerra santa: todo musulmán que muriera defendiendo el islam iría al séptimo cielo, la parte más selecta del paraíso. Los ejércitos musulmanes podían ser más toscos que los romanos y los persas, pero eran más numerosos y sus hombres desconocían el miedo a la muerte.

Cuando el ejército de campaña Bizantino formado por contingentes griegos, sirios, mesopotámicos, armenios y árabes cristianos gasánidas, se alineó frente a los musulmanes en Yarmuk el 20 de agosto de 636, no tenía enfrente una masa desordenada de fanatizados guerreros beduinos, sino organizada, al mando de oficiales y generales que pocos años antes habían combatido a su lado en tierras persas. Esta vez, la suerte les fue desfavorable a los bizantinos. Después de horas de batalla, la victoria para el bando musulmán era indiscutible. El ejército imperial fue aniquilado. Los bizantinos son derrotados y los árabes irán tomando el control de Siria, Palestina, Armenia, Egipto y Mesopotamia. Esta victoria supondrá el inicio del rápido avance del islam fuera de Arabia.

La política iconoclástica

León III el lsaurio (680-741) fue emperador bizantino desde 717 hasta su muerte. Acabó con el período de inestabilidad producido desde la muerte de Heraclio, defendió con éxito al imperio ante el ataque constante de los árabes y adoptó la iconoclasia -rechazo de las imágenes y los íconos religiosos- como política oficial del imperio.

Tras un intento de obligar al bautismo de todos los judíos del imperio y decretar la guerra a muerte contra ciertas herejías (722), León III decretó una serie de edictos contra el culto de las imágenes (726-729). Esta prohibición se justificó con el propósito de combatir el paganismo y obtuvo el apoyo de la aristocracia oficial y de un sector del clero. Pero una gran mayoría de los teólogos y casi todos los monjes se opusieron a estas medidas con firme hostilidad, pues su culto tenía un fuerte arraigo popular. El clero romano acusó al bizantino de herejía y, concretamente, de sostener las ideas del nestorianismo, doctrina que consideraba a Cristo separado en dos personas, una humana y otra divina.

Iconoclastas e iconódulos

Iconoclastas e iconódulos

Entre 726 y 843, el Imperio Bizantino fue desgarrado por las luchas entre los iconoclastas, opuestos al culto de las Imágenes religiosas, y los iconódulos, partidarios de dicha tradición cristiana. La primera época iconoclasta se prolongó desde 726, año en que León III (717-741) suprimió el culto a las Imágenes, hasta 783, cuando fue restablecido por el II Concilio de Nicea. La segunda tuvo lugar entre 813 y 843. En este año fue restablecida definitivamente la ortodoxia. El conflicto iconoclasta refleja también la división entre el poder estatal -los emperadores, en su mayoría partidarios de la iconoclasia- y el Patriarcado de Constantinopla, en general, iconódulo. A la vez, la iconoclasia expresaba una influencia del islam, que, continuador de la tradición judía, prohibía adorar las imágenes por considerarlo un rito pagano.

La decadencia del Imperio


Nicéforo I fue emperador de Bizancio entre 802 y 811. Amenazado por el califato de los abásidas y los búlgaros, suprimió los privilegios fiscales del estamento eclesiástico para incrementar los ingresos del imperio. También aumentó las cargas militares del campesinado y obligó a los soldados pobres a enrolarse, siendo sufragados por sus vecinos. Esta política sólo sirvió para fomentar grandes rebeliones y minar el poder imperial.

El fin de las "guerras iconoclastas" impulsó una fuerte recuperación del imperio, en especial a partir del reinado de Miguel III (842-867), último emperador de la dinastía amoriana. Esta tendencia positiva se acentuó del siglo IX al XI, bajo la dinastía macedonia. Tras el período de esplendor que supuso el llamado "renacimiento macedónico” hacia la segunda mitad del siglo XI comenzó una época de crisis arcada por la disgregación paulatina que, de hecho, marcó la creciente feudalización del imperio y determinó su debilidad ante la aparición de dos nuevos y poderosos enemigos: los turcos selyúcidas y los reinos cristianos de Europa occidental.

Entrada del emperador Manuel I Comneno en Antioquía
Entrada del emperador Manuel I Comneno en Antioquía (1159) tras el sometimiento de Reinaldo de Chatillón. Autor Georgio Albertini.

Desde el siglo XI se destacaron los emperadores Comneno, apellido de una importante familia dinástica. Alejo I Comneno, emperador bizantino entre 1081 y 1118, fue amante de la emperatriz María Bagrationi, hija del rey Bagrat IV, de Georgia, célebre ella por su belleza. De esos amores nació la princesa Ana Comnena, cuya vida escandalosa interfirió gravemente en la sucesión del trono bizantino.

La caída


Los intentos de los emperadores Comneno por restaurar el imperio fracasaron. Manuel I Comneno fue aniquilado por los selyúcidas en Myrioke­phalon, en 1176. Desde Occidente, las Cruzadas tampoco dejaban de minar el poder bizantino. Tomar Constantinopla era un objetivo desestimado por todos debido a sus poderosas defensas, pero, con el advenimiento de los cañones, las murallas dejaron de inspirar respeto.

Los cañones barren las murallas

Cuando Miguel VIII Paleólogo (emperador bizantino entre 1259 y 1261) recuperó Constantinopla, que estaba en manos de los cruzados, el Imperio Bizantino entró en una prolongada decadencia. El avance turco redujo sensiblemente los dominios asiáticos de Bizancio. En los Balcanes, el imperio debió competir con los Estados griegos y latinos que habían surgido en 1204 y, en el Mediterráneo, la superioridad naval veneciana terminó por afectar el poder comercial marítimo de Constantinopla. Además, durante el siglo XIV, Bizancio debió afrontar la terrible ofensiva de los almogávares financiados por la corona de Aragón.

Durante un tiempo, el imperio sobrevivió simplemente porque los enemigos selyúcidas, mongoles y persas safáridas estaban enfrentados entre sí, pero, finalmente, fueron unificados a la fuerza por los turcos otomanos, que invadieron todo lo que quedaba de las posesiones bizantinas. El imperio apeló a Occidente en busca de ayuda, pero los diferentes Estados ponían como condición la subordinación de la Iglesia Ortodoxa al poder de Roma. La caída definitiva de Constantinopla finalmente se produjo el 29 de mayo de 1453, después de un sitio de dos meses llevado a cabo por el turco-otomano Mohamed II.

Constantinopla 1453. Ilustración de José Daniel Cabrera Peña.
Constantinopla 1453. Ilustración de José Daniel Cabrera Peña.

Constantino XI Paleólogo (1405-1453) fue el último emperador del Imperio Bizantino. El jefe turco otomano Mohamed II le aseguró la vida si le franqueaba las puertas de Constantinopla, pero éste prefirió luchar y morir en defensa de la ciudad. Tras caer en combate, su cabeza fue cortada por los otomanos y exhibida por días en una pica sobre las murallas. Algunos cristianos ortodoxos lo consideran un santo, pero no ha sido oficialmente reconocido como tal. Después de tomar Constantinopla, el sultán Mohamed II tomó el título de emperador de Roma, ya que Bizancio pertenecía al sucesor del Imperio Romano. Luego, quiso tomar Belgrado, pero fracasó.

Imperio Latino

En 1204, Ia Cuarta Cruzada estableció un Estado conocido como Imperio Latino o Romania, con base en Constantinopla, a la que habían saqueado. Se proclamaban como los sucesores cristianos del Imperio Bizantino. Balduino IX, conde de Flandes, fue su primer emperador. El Imperio Latino finalizó en 1261 cuando Miguel VIII Paleólogo retomó Constantinopla, derrocando al último emperador latino, Balduino II. Los herederos de Balduino II siguieron utilizando el título de emperador de Constantinopla durante un siglo.

Imperio Latino
Imperio Latino

Bizancio, un crisol cultural

En el complejo proceso de la evolución histórica, el Imperio Bizantino desempeñó un papel decisivo. Puede afirmarse, sin duda, que debido a su presencia en la cuenca oriental del Mediterráneo y a su prolongado mantenimiento en el tiempo, Bizancio ofició de puente de comunicación entre Oriente y Occidente, echando las bases de lo que hoy globalmente se reconoce como cultura universal.

En este sentido, hizo suya y desarrolló la aventura que, en el siglo IV a.C., había iniciado Alejandro Magno, quien, por primera vez, pudo unificar bajo un mismo imperio, el Macedónico­, vastos territorios que iban desde el este de Europa y el norte del África hasta la India. En este singular alambique, en el cual confluían las culturas y etnias más diversas, se gestó el helenismo, abigarrado crisol de filosofías, conocimientos y creencias muy disímiles y distantes unos de otros, tanto en el tiempo como en la geografía. Esta inmensa fusión cultural fue el sustrato sobre el cual se construyó el Imperio Bizantino.

Por otra parte, esta civilización intentó ser heredera del Imperio Romano, del cual se empeñó en formar parte, por más que el maltrecho Imperio Romano de Occidente, hegemonizado por la Iglesia Católica de Roma, se empeñaba en negarlo. Si bien los bizantinos no podían ser catalogados por Roma como "bárbaros” eran observados con cierta subestimación y hasta desconfianza por el clero romano y las nuevas castas dirigentes de Europa occidental. Para muchos autores, este recelo forma parte de la tradicional superioridad con que Occidente aborda a Oriente, en el clásico -e insostenible- esquema de "civilización" vs "barbarie". En el fondo, este recelo sólo encubre una gran incapacidad para reconocer la riqueza cultural en la diversidad.

Contantinopla en su época de esplendor
Contantinopla en su época de esplendor

Sin embargo, del Imperio Bizantino le interesaba fundamentalmente algo más que la riqueza cultural, sino otras riquezas, más económicas y gananciales. En efecto, por su ubicación geográfica, controlar Bizancio significaba controlar las llaves del creciente comercio con el Lejano Oriente. De una u otra forma, todas las rutas comerciales pasaban por Constantinopla. Por cierto, tampoco Bizancio era ajena al interés comercial, y prueba de ello era que su flota mercante y de guerra era la más poderosa del momento y controlaba toda la cuenca del Mediterráneo.

Por cierto, así como Bizancio era para Occidente la puerta que conducía a Oriente, para los reinos e imperios orientales Bizancio era la vía de acceso a Occidente. El avance persa, árabe musulmán y turco contra el Imperio Bizantino fue constante y, finalmente, exitoso. La caída de Constantinopla en manos de los otomanos, en 1453, marcó el fin del Imperio Bizantino, pero también cambió el destino de Europa occidental.